Por Miguel Ángel Cristiani G.
La historia tiene un extraño sentido del humor. A
veces, la justicia que no llega por los tribunales emerge desde las entrañas de
la tierra. Eso parece estar ocurriendo con Eric Patrocinio Cisneros Burgos,
mejor conocido como “El Bola”, a quien se le está cayendo el teatro de la
prosperidad inexplicable de la manera más simbólica posible: unas ruinas
prehispánicas terminaron exhibiendo las ruinas éticas de su paso por el poder.
No es un secreto que al exsecretario de Gobierno le
gusta vivir bien. Muy bien. Su vida de lujo en Baja California Sur, sus
frecuentes escapadas a torneos de pesca de marlín en Los Cabos y las versiones
sobre un yate que su círculo cercano se empeñaba en mantener lejos de los
reflectores alimentaron durante años la percepción de un personaje cuya
prosperidad económica difícilmente podía explicarse con el salario de un
servidor público.
Sin embargo, el capítulo más escandaloso parece
haberse escrito en Coatepec.
En la zona de Campo Viejo se desarrolla el
denominado Residencial Bosque San Lucas o Fraccionamiento San Lucas, -nada más
faltó que le pusieran de nombre “Los
Cabos, San Lucas”- un proyecto inmobiliario de aproximadamente doce hectáreas
destinado a vivienda. La información disponible apunta a que el predio está
relacionado con la hermana del exfuncionario, convertida súbitamente en
empresaria inmobiliaria de gran escala.
En México, los milagros económicos suelen tener un
nombre menos poético: tráfico de influencias.
La pregunta es elemental. ¿Cómo una persona sin
antecedentes públicos en el sector inmobiliario termina impulsando un
desarrollo millonario de semejantes dimensiones? La respuesta exige
transparencia documental y explicaciones que hasta hoy brillan por su ausencia.
Pero entonces apareció el verdadero propietario de
esas tierras: la historia.
El Instituto Nacional de Antropología e Historia
descubrió en el predio una estructura cívico-ceremonial y una escultura
monolítica prehispánica de extraordinario valor arqueológico. Los vestigios,
cuya antigüedad oscila entre mil cuatrocientos y mil ochocientos años,
corresponden probablemente al periodo Clásico Temprano.
Los arqueólogos localizaron una plataforma
ceremonial de alrededor de treinta metros de longitud, además de la denominada
Estela de Coatepec, una pieza de piedra con características iconográficas poco
comunes en Veracruz y que podría guardar relación con tradiciones culturales
mayas. También se recuperaron ofrendas de maíz carbonizado, vasijas y
fragmentos de piedra verde.
El cemento tuvo que detenerse.
Y es ahí donde la historia adquiere un carácter
profundamente revelador. Mientras unos veían un negocio inmobiliario, el
subsuelo conservaba un patrimonio cultural de valor incalculable. La ambición
por multiplicar fortunas privadas terminó chocando contra la memoria de una
civilización.
Tampoco puede ignorarse el contexto político. Diversas versiones señalan
que el cambio de uso de suelo fue autorizado durante la pasada administración
municipal de Raymundo Andrade Rivera, en los últimos días del gobierno. La autorización ocurrió el 26 de diciembre de 2025,
pocos días antes de concluir el gobierno municipal anterior. ¡Un regalazo de
fin de año, aprobado al cuarto para las doce para el exsecretario!
Los veracruzanos conocen de sobra esa práctica: los
permisos exprés, los favores de despedida y los obsequios burocráticos que
suelen entregarse cuando los funcionarios ya tienen un pie fuera de la oficina.
El servicio público convertido en agencia
inmobiliaria.
El problema de fondo no es solamente un
fraccionamiento detenido por un hallazgo arqueológico. El problema es la
cultura política que permitió durante años que los cargos públicos fueran
utilizados como plataformas de enriquecimiento personal, de promoción familiar
y de construcción de redes de privilegio.
La hija colocada en el servicio consular sin
trayectoria suficiente; la esposa convertida de pronto en empresaria; la
hermana transformada en desarrolladora inmobiliaria. La repetición de estos
casos no configura una coincidencia estadística, sino un patrón de
comportamiento que la ciudadanía tiene derecho a cuestionar.
Porque la función pública no existe para fabricar
millonarios de ocasión.
Los vestigios descubiertos en Coatepec son una
lección involuntaria de civismo: las piedras antiguas terminaron teniendo más
dignidad que muchos de los políticos que han pasado por el poder.
A Eric “El Bola” Cisneros
no lo derrotó la oposición ni la fiscalización del Estado: lo exhibieron unas
ruinas prehispánicas que, después de mil ochocientos años bajo tierra,
resultaron mucho más sólidas que su patrimonio, su discurso y su moral pública.

