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Por Jorge Ramón Rizzo*
Alejandro Gertz Manero es, sin duda, un hombre tocado por la gracia del destino, un virtuoso de la alquimia financiera o, simplemente, el funcionario público más incomprendido y afortunado en la historia moderna de México.
Mientras el ciudadano promedio padece para que su salario mínimo sobreviva a la inflación quincenal, la declaración patrimonial de nuestro ex Fiscal General de la República se lee como un cuento de hadas donde la austeridad republicana se transforma, por arte de magia burocrática, en una opulencia digna de la realeza europea.
No se usted que opine, en lo personal me parece un auténtico misterio de la fe financiera que merece un análisis profundo, o por lo menos, una ceja levantada, e incluso, una inocente creencia de que todo, absolutamente todo lo acumulado es bien habido, versión que nadie tomaría como creíble.
Y es que, analizar los números declarados por el fiscal es adentrarse en un universo donde las leyes de la física económica no aplican. Casas, departamentos, obras de arte, autos, joyas y cuentas bancarias que desafían cualquier lógica de sueldos gubernamentales.
El susodicho asegura que todo es transparente, legal y fruto del noble esfuerzo. Sin duda, debe ser sumamente redituable dedicarse a la academia y al servicio público en México. Tan redituable que permite coleccionar inmuebles de alta gama como quien junta estampitas de un álbum de fútbol.
La pregunta que flota en el aire, densa y persistente como el smog de la capital, es muy simple: ¿cómo se pasa de una vida dedicada a la nómina del Estado a poseer una fortuna que envidiaría cualquier magnate de Silicon Valley?
Hablemos, por ejemplo, de sus propiedades inmobiliarias. Se necesita una dosis masiva de candidez para creer que el origen de estos castillos contemporáneos es puramente el ahorro privado y la herencia legítima. Cada ladrillo de sus residencias parece gritar una historia que la versión oficial prefiere resumir en un frío formulario patrimonial. El departamento en el barrio de Los Jerónimos en Madrid, España, lo adquirió de contado por un valor reportado de 1 millón de euros ó la casa en Estados Unidos, comprada también de contado con un valor de 1.1 millones de dólares.
¿De verdad debemos creer que los ingresos de una vida en la función pública, por más altos que sean los bonos, alcanzan para adquirir propiedades de millones de dólares o millones de euros en las zonas más exclusivas del país y del extranjero? El cuestionamiento sobre la legitimidad de estos bienes no es un ataque político, es una demanda básica de matemáticas elementales. Si las cuentas no cuadran para el ciudadano que paga impuestos, ¿Por qué habrían de cuadrar mágicamente para quien se supone que vigila la justicia?
El asunto se vuelve aún más fascinante cuando revisamos el rubro de los bienes muebles. Las obras de arte y los lujos que adornan el entorno del fiscal no son simples objetos de decoración. Son la manifestación física de un sistema de privilegios que se resiste a morir. Su colección de autos incluye la compra en 2020 de un Rolls-Royce Wraith modelo 2014, adquirido por 2.7 millones de pesos ó colecciones de joyas y relojes por más de 18 millones de pesos.
¿Cuál es el origen real de estas colecciones? ¿Se adquirieron con el sudor de la frente burocrática o son el resultado de esa intrincada red de favores e influencias que históricamente ha alimentado los bolsillos de la alta burocracia mexicana? La legitimidad no solo se demuestra con un papel firmado; se sostiene con la congruencia ética. Y en este caso, la incongruencia es tan grande que apenas cabe en las oficinas de la fiscalía o en la sede diplomática de Reino Unido.
Lo más irónico de esta comedia de equívocos es la posición que ocupa el protagonista. No hace mucho, era el encargado de perseguir la corrupción, de desmantelar los imperios de la ilegalidad y de meter en cintura a los delincuentes de cuello blanco, y resulta ser el poseedor de una fortuna que requiere de malabarismos explicativos para no parecer sospechosa. Es el juez y parte de su propia opulencia. Nos piden confianza ciega, nos exigen que creamos que todo es lícito porque "él es el fiscal". Pero la confianza se gana con coherencia, no con secretismo y sospechosismo.
Al final, la declaración patrimonial de Alejandro Gertz Manero es un monumento al cinismo institucional. Nos demuestra que en el México de las transformaciones, algunas cosas cambian para que los mismos de siempre sigan acumulando igual que antes. Mientras la narrativa oficial nos habla de un país de franciscanos y sacrificios, la realidad del fiscal nos recuerda que el verdadero poder sigue oliendo a opulencia inexplicable, a cuentas cuestionables y a una legitimidad que se sostiene únicamente por el peso del cargo que ostenta. No es creible que sea lícito... ¿Cuál dedo creen que nos chupamos?
* Periodista/Tlaxcala
