Ruan Ángel Badillo Lagos
¡Hermosa
la pluma del mensajero que trae buenas nuevas!
La política puede sostenerse con dos lógicas
distintas. Una es la del servicio público excelente. Esta se refiere a la continuidad,
la capacidad institucional y los resultados verificables. La otra es la del
control político, la cual prioriza la lealtad, la movilización emocional y el
manejo del debate público. En el país —y en particular en Veracruz—el análisis
mediático apunta hacia un fortalecimiento del control que no pasa por la
excelencia administrativa, sino por mecanismos como el clientelismo, el
populismo y la manipulación de la atención pública.
¿Por qué funcionan tan bien estos mecanismos y
qué le hacen a la democracia? Cuando el servicio público se convierte en favor
deja de garantizar derechos y pasa a administrar voluntades, es decir, programas
sociales, apoyos comunitarios, gestiones repartidas como premios y
condicionadas a la afiliación, la asistencia, el reconocimiento político o el
compromiso territorial. Todo eso va cambiando la manera en que la ciudadanía
entiende sus propios derechos. Dejan de ser derechos y empiezan a sentirse como
oportunidades concedidas.
En Veracruz, donde las desigualdades son
profundas, el riesgo se duplica. Cambia el incentivo del servidor público quien
ya no busca maximizar resultados, sino preservar relaciones de dependencia. Por
ende, la administración termina dedicando menos esfuerzo a resolver problemas
estructurales y más a sostener redes que, por definición, no necesitan
confianza cívica.
El populismo trabaja distinto, con una promesa
emocional y una lectura moral del conflicto. El pueblo contra sus adversarios.
En vez de discutir cómo funciona una política pública —costos, prioridades,
metas, indicadores— privilegia lo no necesariamente correcto, lo indigno o lo esperanzador.
En Veracruz, esto va desplazando poco a poco los criterios con los que se
evalúa a un gobierno, en otras palabras, la gente termina valorando más la
capacidad de sostener una narrativa de pertenencia y confrontación que la
competencia real para ejecutar soluciones. A eso se suma la manipulación de la
atención pública, esta rara vez se ve como propaganda explícita; casi siempre
opera desde algo más discreto, o sea, la simple administración de la agenda.
El beneficio para quien busca consolidar el
control queda claro, una vida pública saturada de emociones, incapaz de
sostener una evaluación racional, crítica y constante del desempeño
gubernamental.
¿Estos
mecanismos suelen imponerse a la excelencia?
La
excelencia administrativa —trámites eficientes, planeación, obra pública bien
ejecutada, políticas sociales con seguimiento— tiene un valor indiscutible. El
problema es el tiempo, pues sus resultados tardan, se ven a mediano o largo
plazo. El clientelismo, en cambio, crea vínculos inmediatos. El populismo
moviliza emociones en cuestión de días. La manipulación de la atención define
de entrada el escenario donde va a darse el debate.
El
centro de Xalapa da un ejemplo claro. Cuando los eventos y espectáculos se
multiplican y el entretenimiento gana terreno sobre la deliberación, la
atención ciudadana termina desviándose de los asuntos públicos que en realidad
importan. Esos espacios dejan de ser solo culturales y empiezan a moldear
también la agenda pública.
Así,
la competencia política corre el riesgo de premiar no a quien resuelve mejor
los problemas colectivos, sino a quien maneja con más habilidad los incentivos,
los símbolos y la conversación pública.
Conclusión
En Veracruz, la advertencia filosófico-política
sobre las formas de control da una clave útil para entender varias de las
tensiones que hoy atraviesan el espacio público. Cuando la política se
convierte en intercambio de lealtades, narrativa moral y administración del
debate, la democracia cambia su forma de funcionar y pierde capacidad de
evaluar por resultados.
El reto para la vida pública veracruzana es
reconstruir un marco en el cual los servicios vuelvan a entenderse como
derechos, la política se evalúe por lo que logra —no solo por el discurso o el
espectáculo— y el debate público recupere espacio para la escucha, la
deliberación y la atención informada. Así, la transformación reciente de la
plaza Lerdo en Xalapa invita a pensar en algo más amplio, el desplazamiento de
un espacio tradicionalmente ligado a la manifestación ciudadana hacia uno cada
vez más orientado al espectáculo y a capturar la atención pública.
Abstract
The tension between excellence in public
service and political control helps explain much of democratic life in
Veracruz. The former prioritizes institutional capacity and results; the latter
is consolidated through practices such as patronage, populism, and the
manipulation of public attention—practices capable of turning rights into
favors, supplanting rational evaluation, and reshaping public debate. In light
of this, we need to strengthen a political culture in which government action
is judged by what it actually achieves, rather than by how well it tells its
own story.























































