Por Miguel Ángel Cristiani G.
¿De qué sirve anunciar la defensa del patrimonio
histórico si éste se cae a pedazos frente a la mirada —y la indiferencia— de
las autoridades? La pregunta no es menor ni retórica: es el retrato fiel del
doble discurso que hoy se pasea, cómodo, por el puerto de Veracruz.
Hay que decirlo con claridad: es positivo —y
necesario— que la presidenta municipal, Rosa María Hernández Espejo, haya
informado sobre su reunión con el titular del Centro INAH Veracruz, Fernando
Molina Herbert, para “fortalecer el trabajo coordinado en favor del rescate y
la conservación del patrimonio”. Nadie puede oponerse a ese propósito. Cuidar
la historia no es un lujo, es una obligación moral, legal y política.
Pero también hay que decir lo que no se dijo.
Porque entre la foto institucional y la realidad urbana hay un abismo. Una cosa
es publicar un mensaje en redes sociales, cuidadosamente redactado, y otra muy
distinta es explicar con precisión qué acuerdos se tomaron, qué acciones
concretas se van a implementar, con qué presupuesto, en qué plazos y bajo qué
mecanismos de rendición de cuentas.
La transparencia no es un accesorio: es el corazón
de la función pública.
El problema de fondo no es la reunión. Es la
opacidad. Cuando la comunicación gubernamental se reduce a una imagen y un
párrafo ambiguo, lo que se construye no es confianza, sino sospecha. Y en
materia de patrimonio histórico, la ambigüedad es sinónimo de abandono.
Ahí están los hechos. Hace apenas unos días
señalamos en este mismo espacio el estado deplorable del histórico Faro de
Benito Juárez. No se trata de una exageración: el deterioro es visible,
documentado, alarmante. El techo en riesgo, la estructura olvidada, el
mantenimiento inexistente. Un símbolo de la historia nacional reducido a una
pieza en ruinas.
Y no es un caso aislado.
Habría que recordar —porque la memoria
institucional suele ser frágil— que justo frente a ese Faro se encontraba la
histórica puerta del puerto, aquella por donde durante décadas entraron y
salieron viajeros, mercancías, historias. Hoy ya no está. Fue derribada.
Desapareció sin que mediara una defensa firme, una explicación convincente o
una sanción ejemplar.
Así se borra la historia: no con discursos, sino con
omisiones.
El centro histórico del puerto es otro testimonio
incómodo. Edificios abandonados, casonas en ruinas, estructuras que representan
un riesgo real para peatones y vecinos. Propiedades privadas, sí, pero dentro
de un marco legal que obliga a su conservación cuando se trata de patrimonio
histórico. ¿Dónde están las acciones del municipio? ¿Dónde la intervención del
INAH? ¿Dónde las sanciones a propietarios negligentes?
La ley existe. Lo que falta es voluntad para
aplicarla.
No es casual que el primer cuadro de la ciudad vaya
perdiendo vitalidad. Donde debería haber restauración, hay deterioro. Donde
debería haber inversión, hay desinterés. Y donde debería haber planeación
urbana, hay improvisación. El resultado es visible: un centro histórico que se
vacía, que envejece, que se desmorona lentamente.
Comparar esta realidad con ciudades que han sabido
rescatar su patrimonio no es un exceso: es una evidencia. Mientras en otros
lugares el patrimonio se convierte en motor turístico, cultural y económico, en
Veracruz parece ser una carga incómoda que nadie quiere asumir con seriedad.
Y sin embargo, las herramientas están ahí. La Ley
Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos
establece claramente las obligaciones de conservación. Existen mecanismos de
coordinación entre niveles de gobierno. Hay incluso modelos exitosos en otras
entidades que podrían replicarse. Lo que no hay es continuidad ni compromiso
real.
Porque rescatar el patrimonio no es organizar
reuniones: es intervenir, invertir, supervisar y sancionar.
La ciudadanía no necesita más fotografías
oficiales. Necesita resultados. Necesita ver el Faro restaurado, no mencionado.
Necesita caminar por un centro histórico vivo, no por un catálogo de ruinas.
Necesita autoridades que expliquen, que informen, que rindan cuentas.
Y también necesita algo más: una visión de ciudad.
Porque el patrimonio no es un elemento aislado, es parte de un proyecto urbano
integral. Sin esa visión, cualquier esfuerzo será parcial, insuficiente, condenado
al olvido.
Ojalá que esta reunión no quede en el archivo
digital de las buenas intenciones. Ojalá que se traduzca en acciones medibles,
en obras visibles, en resultados tangibles. Porque Veracruz no puede seguir
perdiendo su historia a cambio de discursos vacíos.
Porque cuando un gobierno presume reuniones pero no
rescata monumentos, lo que está en juego no es el pasado: es la credibilidad
del presente.








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