Por Miguel Ángel Cristiani G.
Hay errores de gobierno que pueden corregirse con
dinero. Otros requieren tiempo. Pero existe una clase de decisiones que dejan
cicatrices más profundas, porque afectan algo que no tiene presupuesto ni
decreto que lo reponga: el sentido de pertenencia de una comunidad.
Eso parece estar ocurriendo con las tradicionales
Fiestas de Santa Ana, en Boca del Río.
Desde antes de que iniciaran los festejos ya
circulaba en los cafés políticos una frase que muchos consideraron exagerada: "Nos
robaron la fiesta". Hoy esa expresión abandonó las conversaciones de
sobremesa para instalarse en las redes sociales, donde decenas de boqueños
manifiestan el mismo sentimiento: la celebración sigue existiendo, pero dejó de
sentirse como propia.
Conviene detenerse en esa percepción. No se trata
únicamente de una crítica a la organización del evento ni de una inconformidad
pasajera por la logística. Lo que aflora es una preocupación mucho más
profunda: la pérdida del vínculo entre una tradición centenaria y la comunidad
que la hizo posible.
Las Fiestas de Santa Ana nunca fueron solamente un
programa artístico ni una cartelera de espectáculos. Fueron, durante
generaciones, una manifestación de identidad colectiva. En ellas convivían la
devoción religiosa, la convivencia familiar, la gastronomía, la música popular
y la participación espontánea de un pueblo que encontraba en esos días una
oportunidad para reafirmar su historia.
Las tradiciones sobreviven porque la gente las hace
suyas. No porque las organice el gobierno.
Sin embargo, en los últimos años comienza a
imponerse una lógica distinta. Las festividades populares dejan de concebirse
como patrimonio cultural para convertirse en productos de entretenimiento. El
éxito ya no parece medirse por el grado de participación ciudadana, sino por el
número de visitantes, la derrama económica o el tamaño del espectáculo.
Desde luego que el turismo es importante. Nadie
puede negar el impacto económico que generan eventos de esta naturaleza para
hoteles, restaurantes y comercios locales. Sería absurdo plantear una falsa
disyuntiva entre tradición y desarrollo económico. Ambos pueden convivir.
El problema aparece cuando el equilibrio se rompe y
la lógica comercial termina desplazando a la esencia popular de la celebración.
Los espacios preferentes, las zonas VIP, los
accesos restringidos y la segmentación del público pueden ser herramientas
válidas para financiar un evento, pero también envían un mensaje que no debe
subestimarse: hay quienes participan y hay quienes solamente observan. Poco a
poco, la fiesta deja de ser de todos para convertirse en un espectáculo
administrado.
Y esa percepción pesa.
Porque las tradiciones no son propiedad del
ayuntamiento en turno, ni de un comité organizador, ni de un patrocinador. Son
patrimonio emocional de la comunidad. Cada generación las recibe como herencia
y tiene la responsabilidad de transmitirlas a la siguiente sin despojarlas de
su esencia.
Quizá por eso la inconformidad que hoy se escucha
merece algo más que una respuesta defensiva. No bastará con presentar cifras de
asistencia ni balances financieros. Tampoco con argumentar que el nuevo formato
fue exitoso desde el punto de vista turístico. Hay aspectos que no caben en una
hoja de Excel.
¿Cómo se mide el orgullo de un pueblo? ¿Qué
indicador refleja el sentimiento de quienes crecieron asistiendo a una
celebración que ahora sienten ajena? ¿Qué estadística puede sustituir la
memoria colectiva?
Las autoridades municipales harían bien en escuchar
con atención ese reclamo. Pero también la Iglesia, depositaria de una tradición
que nació alrededor de la figura de Santa Ana, tendría que participar en una
reflexión sobre el rumbo que están tomando estos festejos. Las mejores
decisiones públicas suelen surgir cuando existe disposición para escuchar, no
cuando se descalifica toda crítica como resistencia al cambio.
Modernizar una tradición no significa despojarla de
su alma. Toda celebración evoluciona con el paso del tiempo; lo que no puede
perder es aquello que le da sentido. Si la comunidad deja de reconocerse en
ella, el riesgo no es solamente una baja en la participación. El verdadero
riesgo es que la fiesta sobreviva... mientras la tradición desaparece.
Porque una fiesta puede llenarse de escenarios,
pantallas, artistas y patrocinadores. Lo único que nunca podrá comprarse es el
cariño de un pueblo que siente que aquello que heredó de sus abuelos ya no le
pertenece.
Las tradiciones no mueren
cuando cambia el programa de una fiesta; comienzan a morir cuando el pueblo
deja de reconocerse en ellas.




























