Del
petróleo al plato: la diplomacia del susto
Por Miguel Angel Cristiani G.
Hay decisiones de Estado que no se anuncian con
fanfarrias porque delatan miedo, cálculo y, a veces, subordinación. Cambiar
petróleo por frijoles no es una anécdota logística: es un mensaje político. Y
cuando el mensaje se manda en voz baja, conviene escuchar con atención.
Durante años, México envió millones de litros de
petróleo a Cuba bajo el paraguas de la “ayuda humanitaria”. No era un secreto
ni un acto aislado: formaba parte de una relación histórica, ideológica y
estratégica que sobrevivió a cambios de gobierno y a presiones externas. Hoy,
sin reconocimiento oficial, el guion cambia. El crudo deja de fluir; en su
lugar, salen buques con alimentos, enseres e insumos esenciales desde el puerto
de Veracruz. La presidenta Claudia Sheinbaum lo anunció con cuidado: ayuda sí,
petróleo no.
¿Casualidad? En política exterior, las casualidades
suelen tener pasaporte. Versiones persistentes —que no desmentidos
contundentes— señalan que la administración de Donald Trump advirtió a México
que debía cesar los envíos de crudo a la isla. No es una orden escrita; es una
advertencia entendida. Washington no necesita levantar la voz cuando basta con
fruncir el ceño.
El operativo es visible. La Secretaría de Marina
carga ayuda humanitaria en Veracruz con destino a Cuba. Buques zarpan esta
misma semana. El discurso es noble: alimentos para quien los necesita. El fondo
es menos romántico: evitar fricciones con el vecino incómodo. Como diría Pancho
López, el filósofo ateniense xalapeño, no conviene jalar la cola al gato. El
problema es que, al cambiar petróleo por frijoles, no dejamos de jalarla: la
misma gata, solo que revolcada.
La diplomacia del susto suele vestirse de
pragmatismo. “No es claudicación, es realismo”, dirán. Pero el realismo sin
principios termina siendo servilismo con agenda. México tiene derecho a ayudar
a Cuba sin pedir permiso, del mismo modo que Estados Unidos tiene derecho a
incomodarse. La diferencia la marca la dignidad con la que se sostienen las
decisiones.
El contexto importa. Veracruz no es cualquier
puerto. Por ese mismo malecón desembarcaron tropas estadounidenses en 1914,
bajo el pretexto de un agravio diplomático menor y con el verdadero objetivo de
presionar al gobierno mexicano en plena Revolución. La historia no se repite
como farsa; a veces vuelve como advertencia. Que hoy salgan buques con ayuda
humanitaria desde el mismo punto no es irrelevante: la geografía también tiene
memoria.
A ese simbolismo se suma un dato inquietante,
comentado en corrillos políticos y periodísticos: el sobrevuelo reciente de una
aeronave estadounidense sobre territorio veracruzano. No hay versión oficial
que explique motivos, ni obligación de hacerlo si se trata de operaciones
rutinarias. Pero en el clima actual, el silencio alimenta suspicacias. La
política exterior no se conduce con guiños ambiguos cuando la historia pesa
tanto.
Conviene distinguir hechos de interpretaciones.
Hecho: México envía alimentos y deja de enviar petróleo. Hecho: el anuncio lo
hace la presidenta y lo ejecuta la Marina. Hecho: la relación Washington–La
Habana sigue siendo un tema sensible para Estados Unidos. Interpretación:
México ajusta su política para evitar un conflicto mayor. Juicio de valor: ese
ajuste debilita la noción de soberanía energética y de autonomía diplomática
que tanto se presume en el discurso.
Nadie pide imprudencias. Nadie propone desafíos
inútiles. Pero la política exterior de un país no puede moverse al ritmo de
advertencias extraoficiales ni de miradas torvas desde el norte. Menos aún
cuando se trata de decisiones que comprometen recursos estratégicos y mensajes
simbólicos. Si la ayuda a Cuba es humanitaria, lo era también el petróleo que
alimentaba plantas eléctricas y hospitales. Cambiar la forma no cambia el
fondo; solo tranquiliza a quien vigila.
El rigor exige preguntar: ¿hubo presión formal? ¿Se
evaluaron alternativas? ¿Qué se gana y qué se pierde? ¿Quién decide y con qué
criterios? El silencio oficial no es prudencia; es opacidad. Y la opacidad, en
democracia, siempre se cobra intereses.
México tiene una tradición diplomática de
principios: no intervención, autodeterminación de los pueblos, solución
pacífica de controversias. No son consignas de museo; son herramientas para
navegar aguas turbulentas sin perder el rumbo. Usarlas selectivamente equivale
a renunciar a ellas.
Al final, el problema no es mandar alimentos a Cuba
—eso honra—, sino hacerlo como sustituto forzado de una decisión soberana,
porque cuando un país cambia petróleo por frijoles para no incomodar, termina
pagando el plato con su dignidad.































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