Por Miguel Ángel Cristiani G
Hay obras de teatro que, aunque cambien de
escenografía, conservan exactamente a los mismos actores detrás del telón. En
la política veracruzana ocurre algo parecido: se cambia el discurso, se renueva
la propaganda, se proclama independencia... pero al momento de repartir el
poder reaparecen los mismos apellidos, los mismos operadores y las mismas
lealtades. La función continúa; lo único que cambia es el público al que intentan
engañar.
Durante meses, la presidenta municipal de Boca del
Río, Mary José Gamboa Torales, ha sostenido una narrativa según la cual su
gobierno representa una etapa distinta, desligada del grupo político que
durante años dominó la vida pública del municipio. Ha insistido en que su
administración toma decisiones propias y que las diferencias con el llamado
Clan Yunes son reales. Sin embargo, en política las palabras tienen poco valor
cuando los hechos caminan exactamente en sentido contrario.
La incorporación de Daniel Velasco al equipo de
gobierno constituye un mensaje mucho más poderoso que cualquier conferencia de
prensa o declaración mediática. No se trata únicamente de un nombramiento
administrativo. Se trata de un personaje plenamente identificado con la
estructura política Yunista, cuya llegada a la Dirección de Participación
Ciudadana difícilmente puede interpretarse como una casualidad o como un simple
movimiento técnico. Los gobiernos hablan a través de sus nombramientos. Y éste
dice exactamente lo contrario de lo que la alcaldesa ha venido pregonando.
En el fútbol existe una máxima sencilla: los
refuerzos revelan la estrategia del entrenador. En política ocurre igual. Si el
supuesto adversario termina ocupando posiciones clave dentro del gabinete,
entonces nunca fue realmente adversario. Era, en el mejor de los casos, un
socio temporal obligado por las circunstancias electorales.
La contradicción no es menor. Durante meses se
intentó construir la imagen de una administración emancipada del viejo grupo
político que marcó el rumbo de Boca del Río durante varios sexenios. Incluso en
temas altamente sensibles, como la discusión sobre el futuro del servicio de
agua potable, se buscó proyectar una postura independiente. Pero resulta
difícil sostener semejante discurso cuando las decisiones internas evidencian
exactamente la continuidad del mismo entramado político.
En política existen dos clases de ruptura: la que
se anuncia y la que realmente ocurre. La primera sirve para los discursos; la
segunda implica asumir costos, desplazar operadores, desmontar estructuras y
construir nuevos liderazgos. Nada de eso parece estar sucediendo en Boca del
Río.
Porque el problema no radica únicamente en la
llegada de Daniel Velasco. Lo verdaderamente preocupante es la percepción, cada
vez más extendida en los círculos políticos locales, de que personajes
vinculados históricamente al grupo Yunista continúan ocupando espacios
estratégicos dentro de la administración municipal. Si ello corresponde a la
realidad, entonces la promesa de independencia política termina convertida en
un simple recurso propagandístico.
Desde luego, cualquier persona tiene derecho a
ocupar un cargo público siempre que reúna los requisitos legales y
administrativos correspondientes. Lo cuestionable no es la filiación política
de un funcionario, sino la incongruencia entre el discurso y la práctica
gubernamental. La credibilidad de un gobierno no se mide por lo que dice, sino
por la coherencia entre sus palabras y sus decisiones.
Los ciudadanos no votan únicamente por personas;
votan por proyectos, compromisos y promesas. Cuando esas promesas se
contradicen apenas unos meses después de iniciar el gobierno, lo que se
erosiona no es solamente la imagen de una alcaldesa, sino la confianza pública
en las instituciones democráticas.
La simulación es probablemente el mayor cáncer de
la política mexicana. No porque los ciudadanos desconozcan cómo funcionan las
alianzas, sino porque se les pretende convencer de una realidad que los propios
hechos desmienten. Hoy ya no basta con cambiar el logotipo de un gobierno o
modificar el discurso. La sociedad observa, compara y concluye.
Boca del Río merece gobiernos transparentes,
coherentes y honestos con la ciudadanía. Si existe continuidad política, que se
reconozca; si hay alianzas, que se expliquen; si persisten los mismos
operadores, que no se disfracen de renovación. Lo verdaderamente ofensivo no es
la permanencia de un grupo político, sino el intento de venderla como si fuera
un cambio histórico.
Porque cuando un gobierno
presume haber roto con el pasado mientras entrega las llaves del presente a los
mismos de siempre, ya no administra un municipio: administra una mentira.







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