DE PRIMERA MANO
Por Omar
Zúñiga
Cuando
Claudia Sheinbaum tuvo que explicar en la mañanera por qué el boleto número 001
del partido inaugural terminó en manos de una atleta indígena de Veracruz y no
en las de un comprador cualquiera, dijo en voz alta lo que millones de
aficionados ya sabían en silencio: un boleto en el Estadio Azteca alcanza los
120 mil pesos, una cantidad equivalente a lo que muchos mexicanos tardarían
meses en ganar.
No fue una
denuncia opositora ni una nota de investigación filtrada.
Fue la jefa
del Ejecutivo Fedral, micrófono en mano, confirmando que el Mundial de México
2026 se construyó para un público que no es, mayoritariamente, mexicano.
El dato no
es anecdótico, es estructural; el precio promedio de un boleto para ver a la
Selección Mexicana en el Mundial 2026 asciende a 31 mil 949.79 pesos, cifra que
equivale a casi cuatro meses de ingreso completo para un trabajador con el
salario promedio en el país, estimado en 9 mil 500 pesos mensuales.
Hablamos de
la diferencia entre acudir al estadio y endeudarse para hacerlo.
México
encabeza la lista de las naciones con los boletos más costosos para el
desarrollo de la justa mundialista, superando de manera significativa los
promedios de costos registrados para selecciones de Europa y Sudamérica, lo
cual resulta una paradoja brutal: el país anfitrión —el que prestó estadios,
calles, policías y hospitales— termina cobrándole más caro a su propia gente
que lo que le cuesta a un europeo ver a su selección en casa.
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Las cifras
oficiales, además, conviven con un mercado paralelo todavía más voraz.
Para el
partido inaugural ante Sudáfrica, el costo de los boletos en un inicio rondó
entre los 370 dólares en categoría 4, hasta los mil 825 dólares en categoría 1,
pero eso fue solo el punto de partida.
En la
reventa las entradas llegaron a encontrarse desde los 7 mil dólares hasta los
77 mil dólares, es decir, hasta 1.37 millones de pesos por un solo asiento.
Y para
quien quisiera la vía "segura" de la zona Hospitality, las entradas
disponibles rondaban entre los 10 mil 895 y los 14 mil 050 dólares, entre 190
mil y 245 mil pesos.
Los otros
dos partidos de la fase de grupos no se quedaron atrás en exclusividad, aunque
cambió el envoltorio: ya no se habla de categorías numeradas sino de paquetes
con nombre de tarjeta de crédito premium.
En el
encuentro ante Corea del Sur en el Estadio Guadalajara, las zonas disponibles
eran la Champions Club Suite, en 74 mil 690 pesos, y la Trophy Lounge, en 90
mil 200 pesos.
Para el
duelo ante Chequia, las opciones van de la FIFA Pavilion en 88 mil 500 pesos,
pasando por la Champions Cup en 97 mil 700, hasta la VIP Lounge en 168 mil
pesos y la Pitchside Lounge+ en 224 mil 759 pesos.
Si la
selección avanzara hasta la final con un primer lugar de grupo, seguir a México
costaría hasta poco más de 70 mil pesos solo en CAT1, sumando los cinco
partidos que jugaría: cuatro en el Estadio Azteca y uno en Guadalajara.
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Para
entender la dimensión del despojo basta mirar cuarenta años atrás, al otro
Mundial que México organizó en el mismo Estadio Azteca.
En 1986,
entrar a ver el partido de apertura formaba parte de un paquete que arrancaba
en 8 mil 125 pesos por los 13 juegos completos, es decir, poco más de cinco
días de trabajo para ver todo el torneo, no un solo partido: el torneo entero.
La serie
más económica costaba 8 mil 125 pesos, unos 625 pesos por partido, mientras que
la más cara llegaba a 135 mil pesos, unos 10 mil 300 pesos por encuentro.
La
comparación con el salario de la época es lo que termina de desnudar la
diferencia.
El salario
mínimo diario en 1986 rondaba los mil 844 pesos, lo que significaba que ver un
partido del Mundial costaba apenas una tercera parte de un día de trabajo.
Un
esfuerzo, sí, pero totalmente alcanzable para miles de familias mexicanas. Y
todo esto ocurría, vale la pena recordarlo, apenas un año después del terremoto
de 1985, con el país todavía de luto y en plena reconstrucción.
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Hoy, el
contraste es matemático y despiadado: en 2026, el boleto oficial más barato
para la inauguración entre México y Sudáfrica cuesta 7 mil pesos, el
equivalente a 22 días de salario mínimo por un solo partido, contra los cinco
días de trabajo que costaba ver los trece partidos completos en 1986.
En la
reventa, ese mismo partido llegó a superar el millón de pesos, más de lo que
una persona comçin, como usted y como yo, gana en tres años con ese salario.
La misma
fuente lo resume con precisión quirúrgica: en 1970 y 1986 bastó uno o dos días
de salario para vivir un Mundial desde la grada; en 2026, en cambio, se
necesitarían meses —e incluso años— de ingresos para aspirar a una entrada.
No es
inflación. Es un cambio de modelo de negocio, y de público objetivo.
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México 86
era un espectáculo popular que también generaba ganancias.
El Mundial
de 2026 es un negocio que también admite, como concesión, algo de espectáculo
popular —y solo para quien gane la lotería o se conforme con verlo en una
pantalla pública instalada por el gobierno, como hizo la propia presidenta el
día del debut—.
Ahí está la
imagen que sintetiza la época: mientras el Tri goleaba a Sudáfrica dentro del
Azteca ante una grada salpicada de turistas y ejecutivos con boleto
Hospitality, millones de mexicanos celebraban afuera, frente a una pantalla, en
la calle, como quien mira un Mundial ajeno que por casualidad se juega en su
propio país.
*****
La FIFA no
organizó un torneo para que México lo viviera; organizó un torneo para que el
mundo pagara por verlo, en las calles de su propio país.
El estadio
dejó de ser una grada y se convirtió en un activo financiero con asientos
numerados; el aficionado dejó de ser el destinatario del espectáculo para
convertirse en el segmento de mercado menos rentable.
Cuarenta
años después de que un boleto costara lo mismo que dos días de trabajo, el
Mundial regresó a casa convertido en un producto de lujo que sólo entiende un
idioma: el del dinero, el de quien puede pagarlo.
El negocio,
como siempre, ganó por goleada.
El público,
como siempre, se quedó viendo desde fuera.
¡Qué barbaridad!
deprimera.mano2020@gmail.com
