Las noticias de Veracruz en Internet


miércoles, 24 de junio de 2026

Interoceánico del Istmo: El tren de las ocurrencias

 

Interoceánico del Istmo: El tren de las ocurrencias

 

Por Miguel Ángel Cristiani G.

 Hay obras públicas que nacen como proyectos de desarrollo y terminan convertidas en monumentos a la improvisación. El llamado Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec corre el riesgo de convertirse en uno de los ejemplos más costosos de una enfermedad que ha perseguido históricamente a los gobiernos mexicanos: anunciar primero, improvisar después y corregir sobre la marcha con dinero ajeno.


Como diría Pancho López el filósofo ateniense xalapeño: Ejemplos recientes son muchos y bien conocidos.

 

La pregunta que lanzó la columna Templo Mayor de Reforma es tan incómoda como pertinente: ¿Qué resultará más caro, rehabilitar el Tren Interoceánico o cancelarlo?

 

La interrogante no es menor. Estamos hablando de una obra estratégica presentada como uno de los proyectos insignia del actual modelo de desarrollo para el sureste mexicano. Una infraestructura llamada a competir con rutas comerciales internacionales, generar inversión, crear empleos y transformar la economía regional. Sin embargo, detrás de los discursos triunfalistas emerge una realidad mucho menos alentadora.

 

Según las cifras conocidas, se destinaron alrededor de 18 mil millones de pesos para la rehabilitación de la Línea Z. A pesar de ello, ocurrió un descarrilamiento que dejó un saldo trágico de 14 personas fallecidas. Más allá de la investigación técnica que corresponda realizar a las autoridades, el accidente abrió una pregunta inevitable: ¿qué tan efectiva fue realmente la inversión realizada?

 

Cuando una obra pública consume miles de millones de pesos,-el aeropuerto, el tren maya, la refinería y ahora también el tren del Ismo- la sociedad tiene derecho a exigir resultados, seguridad, planeación y transparencia. No basta con cortar listones ni producir videos promocionales. La infraestructura se mide por su funcionamiento, no por la propaganda que la acompaña electoral.

 

Lo más preocupante es que ahora surge la propuesta de modificar el trazo del recorrido. En cualquier país donde la planeación gubernamental fuera tomada con seriedad, una decisión de semejante magnitud estaría respaldada por estudios concluidos, proyectos ejecutivos terminados, análisis de impacto ambiental, evaluaciones económicas y certeza jurídica sobre los terrenos involucrados.

 

Pero aquí aparece el viejo fantasma de la improvisación y las ocurrencias.

 

La propia presidenta Claudia Sheinbaum ha reconocido que todavía no existe un proyecto ejecutivo concluido para el nuevo trazo. Dicho en términos simples: se está hablando públicamente de una obra cuya ingeniería aún no está terminada sobre el papel.

 

Como si eso no fuera suficiente, tampoco está asegurado el derecho de vía a lo largo de más de 300 kilómetros. Es decir, el gobierno deberá negociar con comunidades, propietarios y diversos actores sociales para obtener las autorizaciones necesarias. Cualquier persona con experiencia en infraestructura sabe que estos procesos pueden tardar meses o incluso años.

 

La historia reciente de México está llena de proyectos donde primero se anunció la obra y después se intentó resolver los problemas técnicos, legales y sociales. El resultado suele ser el mismo: sobrecostos, retrasos, litigios, conflictos comunitarios y recursos públicos desperdiciados.

 

Lo más grave es que esta práctica se ha normalizado. Desde las conferencias oficiales se presentan proyectos como hechos consumados cuando en realidad apenas son intenciones políticas. Se construye una narrativa de éxito antes de que existan los elementos técnicos para sostenerla.

 

La política convertida en espectáculo tiene una característica peligrosa: confunde los anuncios con los resultados. Y cuando eso ocurre, los ciudadanos dejan de ser beneficiarios de las obras para convertirse en patrocinadores involuntarios de experimentos administrativos.

 

Nadie discute la importancia estratégica del Corredor Interoceánico. Lo que resulta inadmisible es que una obra de tal dimensión siga exhibiendo vacíos de planeación que debieron resolverse antes de comprometer recursos multimillonarios. Gobernar no consiste en lanzar ideas desde un micrófono mañanero esperando que la realidad se acomode después. Gobernar exige planeación, responsabilidad y rendición de cuentas.

 

Porque el dinero invertido no pertenece a ningún partido ni a ningún gobernante. Pertenece a los contribuyentes que todos los días sostienen con sus impuestos el funcionamiento del Estado mexicano.

 

Y cuando se gastan miles de millones sin proyectos concluidos, sin derechos de vía garantizados y sin certezas técnicas, lo que avanza no es el desarrollo: avanza la factura que tarde o temprano terminarán pagando los ciudadanos.

 

El verdadero descarrilamiento del Tren Interoceánico no ocurrió sobre los rieles: ocurrió desde el momento en que la propaganda política sustituyó a la planeación técnica y la ocurrencia desplazó a la ingeniería.