Interoceánico del Istmo: El tren de las ocurrencias
Por Miguel Ángel Cristiani G.
Como diría Pancho López el filósofo ateniense xalapeño: Ejemplos recientes son muchos y bien conocidos.
La pregunta que lanzó la columna Templo Mayor de Reforma es
tan incómoda como pertinente: ¿Qué resultará más caro, rehabilitar el Tren
Interoceánico o cancelarlo?
La interrogante no es menor. Estamos hablando de una obra estratégica
presentada como uno de los proyectos insignia del actual modelo de desarrollo
para el sureste mexicano. Una infraestructura llamada a competir con rutas
comerciales internacionales, generar inversión, crear empleos y transformar la
economía regional. Sin embargo, detrás de los discursos triunfalistas emerge
una realidad mucho menos alentadora.
Según las cifras conocidas, se destinaron alrededor de 18
mil millones de pesos para la rehabilitación de la Línea Z. A pesar de ello,
ocurrió un descarrilamiento que dejó un saldo trágico de 14 personas
fallecidas. Más allá de la investigación técnica que corresponda realizar a las
autoridades, el accidente abrió una pregunta inevitable: ¿qué tan efectiva fue
realmente la inversión realizada?
Cuando una obra pública consume miles de millones de
pesos,-el aeropuerto, el tren maya, la refinería y ahora también el tren del
Ismo- la sociedad tiene derecho a exigir resultados, seguridad, planeación y
transparencia. No basta con cortar listones ni producir videos promocionales.
La infraestructura se mide por su funcionamiento, no por la propaganda que la
acompaña electoral.
Lo más preocupante es que ahora surge la propuesta de
modificar el trazo del recorrido. En cualquier país donde la planeación
gubernamental fuera tomada con seriedad, una decisión de semejante magnitud
estaría respaldada por estudios concluidos, proyectos ejecutivos terminados,
análisis de impacto ambiental, evaluaciones económicas y certeza jurídica sobre
los terrenos involucrados.
Pero aquí aparece el viejo fantasma de la improvisación y
las ocurrencias.
La propia presidenta Claudia Sheinbaum ha reconocido que
todavía no existe un proyecto ejecutivo concluido para el nuevo trazo. Dicho en
términos simples: se está hablando públicamente de una obra cuya ingeniería aún
no está terminada sobre el papel.
Como si eso no fuera suficiente, tampoco está asegurado el
derecho de vía a lo largo de más de 300 kilómetros. Es decir, el gobierno
deberá negociar con comunidades, propietarios y diversos actores sociales para
obtener las autorizaciones necesarias. Cualquier persona con experiencia en
infraestructura sabe que estos procesos pueden tardar meses o incluso años.
La historia reciente de México está llena de proyectos donde
primero se anunció la obra y después se intentó resolver los problemas
técnicos, legales y sociales. El resultado suele ser el mismo: sobrecostos,
retrasos, litigios, conflictos comunitarios y recursos públicos desperdiciados.
Lo más grave es que esta práctica se ha normalizado. Desde
las conferencias oficiales se presentan proyectos como hechos consumados cuando
en realidad apenas son intenciones políticas. Se construye una narrativa de
éxito antes de que existan los elementos técnicos para sostenerla.
La política convertida en espectáculo tiene una
característica peligrosa: confunde los anuncios con los resultados. Y cuando
eso ocurre, los ciudadanos dejan de ser beneficiarios de las obras para
convertirse en patrocinadores involuntarios de experimentos administrativos.
Nadie discute la importancia estratégica del Corredor
Interoceánico. Lo que resulta inadmisible es que una obra de tal dimensión siga
exhibiendo vacíos de planeación que debieron resolverse antes de comprometer
recursos multimillonarios. Gobernar no consiste en lanzar ideas desde un
micrófono mañanero esperando que la realidad se acomode después. Gobernar exige
planeación, responsabilidad y rendición de cuentas.
Porque el dinero invertido no pertenece a ningún partido ni
a ningún gobernante. Pertenece a los contribuyentes que todos los días
sostienen con sus impuestos el funcionamiento del Estado mexicano.
Y cuando se gastan miles de millones sin proyectos
concluidos, sin derechos de vía garantizados y sin certezas técnicas, lo que
avanza no es el desarrollo: avanza la factura que tarde o temprano terminarán
pagando los ciudadanos.
El verdadero descarrilamiento del Tren Interoceánico no
ocurrió sobre los rieles: ocurrió desde el momento en que la propaganda
política sustituyó a la planeación técnica y la ocurrencia desplazó a la
ingeniería.
