DE PRIMERA MANO
En un país donde ejercer el periodismo
puede costar la vida, eso no es poca cosa. Es un acto de valentía. Es, acaso,
el acto más político que existe.
No celebramos con ingenuidad; no hay
fiesta donde las cifras gritan, pero sí hay algo que celebrar: la terquedad de
quienes insisten en contar la verdad, en documentar el abuso, en darle nombre y
rostro al poder que se cree invisible e invencible.
Las cifras son brutales y hay que
decirlas sin eufemismos.
Reporteros Sin Fronteras señala que
México es el país más peligroso para periodistas en zonas sin conflicto bélico.
Según el Observatorio de Periodistas
Asesinados de la UNESCO, México registró siete asesinatos de periodistas en
2024, misma cifra que en 2023.
Ese número nos coloca como el tercer
país más letal del mundo para ejercer el periodismo, sólo superado por
Palestina —devastada por una guerra— y Pakistán. México, en cambio, no tiene
conflicto bélico declarado. Y aun así, mata periodistas.
El Comité para la Protección de los
Periodistas (CPJ) es todavía más contundente: en 2025, México ocupó nuevamente
el tercer lugar mundial con seis periodistas asesinados, en un año que marcó el
segundo récord consecutivo global de muertes —129 en total.
Artículo 19 agrega que entre 2024 y 2025
los homicidios prácticamente se duplicaron: de cuatro casos documentados en 2024
a siete en 2025, más una desaparición.
Veracruz, por supuesto no se abstrae a
esta terrible realidad, con 31 asesinatos desde el año 2000, figura entre los
estados más peligrosos del país para ejercer el noble trabajo de informar.
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La impunidad es el combustible de esta
violencia. Más del 95 por ciento de los asesinatos de periodistas en México
permanecen sin resolver. Los crímenes se cometen sabiendo que no habrá
consecuencias. Y en esa oscuridad, cada reportero que publica es un desafío al
silencio.
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Para documentar el optimismo, existe un
lugar común —cómodo y falso— que localiza toda la violencia contra la prensa en
el crimen organizado, es una verdad incompleta que sirve de coartada.
Los datos de organismos internacionales apuntan
en otra dirección, y es urgente señalarla con claridad:
El Estado mexicano, en sus distintos
niveles de gobierno, es el principal agresor de la prensa. No la excepción. El
principal.
Artículo 19 documentó que en 2024 el
Estado mexicano fue responsable de 287 agresiones contra comunicadores, lo que
representa el 44.91 por ciento del total de los 639 ataques registrados ese año
—una agresión cada 14 horas.
En 2025, los funcionarios públicos
encabezaron la lista de perpetradores con un 31 por ciento de los ataques,
seguidos por particulares (21 por ciento) y fuerzas de seguridad civil (17 por
ciento).
El crimen organizado, tan invocado como
chivo expiatorio, aparece apenas con el 7 por ciento.
En el acumulado del sexenio anterior, el
Estado mexicano concentró mil 559 agresiones —casi la mitad de todas las
documentadas—, protagonizadas por funcionarios públicos civiles, fuerzas de
seguridad y fuerzas armadas.
Estos ataques se concentran
principalmente en gobiernos estatales (más del 54 por ciento) y municipales
(28.6 por ciento).
La violencia institucional no es un
accidente: es un método de control.
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Veracruz es una muestra particularmente
dolorosa: en el sexenio anterior, la entidad acumuló 199 agresiones a la
prensa, con la intimidación, el hostigamiento y las amenazas como principales
formas de ataque. Y en todos los casos, señala Artículo 19, las autoridades son
el principal agresor. Esta es nuestra realidad cotidiana. La que muchos
prefieren no nombrar.
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Ante ese panorama —que no es estadística
sino nombre, rostro, familia, redacción vacía y silencio forzado— el 7 de junio
podría parecer una fecha para el lamento. Y sería comprensible.
Pero yo prefiero otra lectura.
Si estás leyendo esto, alguien decidió
escribirlo. Y esa decisión —en este país, con estas cifras, con este contexto—
es un gesto de dignidad extraordinaria. Cada columna publicada, cada nota
redactada, cada investigación que sale pese a las amenazas, es una pequeña
victoria sobre el miedo. Escribimos porque creemos que la verdad importa.
Porque el silencio no nos pertenece.
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Ninguna reflexión sobre la libertad de
expresión estaría completa sin un llamado urgente, directo e incómodo:
necesitamos unidad gremial, y la necesitamos ahora.
No hay mecanismo federal de protección
que sustituya la solidaridad entre colegas.
No hay declaración institucional que
reemplace la organización colectiva. Cuando un periodista es amenazado, su
primera línea de defensa no es una ventanilla de gobierno —que ya ha demostrado
su lentitud e ineficacia, con al menos ocho periodistas asesinados mientras
estaban inscritos en el Mecanismo Federal de Protección entre 2017 y 2024— sino
sus colegas de oficio.
El aislamiento es la estrategia favorita
del poder para acallar voces críticas. La dispersión del gremio, la competencia
mezquina entre medios, el individualismo que nos hace creer que cada quien
puede sobrevivir solo: esas son las condiciones que aprovechan quienes nos
quieren callados. La fragmentación es funcional al silenciamiento.
La unidad gremial no significa
unanimidad ideológica. Significa un pacto mínimo: cuando se ataca a un
periodista, se ataca a todos. Significa redes de alerta, solidaridad ante la
intimidación judicial, respaldo público ante las amenazas, y la construcción de
espacios colectivos donde la información sobre riesgos se comparta y no se
oculte.
Significa también exigir, con una sola
voz, que el Estado mexicano deje de ser el principal agresor de la prensa que
supuestamente protege.
Un periodista amenazado que está solo es
una presa fácil. Un gremio organizado es una fuerza que ningún funcionario
puede ignorar.
Veracruz, con 31 asesinatos de
periodistas desde el año 2000 y una tradición de hostigamiento institucional a
la prensa, necesita más que nunca esa articulación colectiva. Las
organizaciones gremiales deben dejar de ser espacios de fotografías en eventos
y convertirse en trincheras reales de defensa.
A quienes hoy escriben, fotografían,
graban, transmiten y publican en las condiciones más adversas: gracias... por seguir.
¡Qué barbaridad!
deprimera.mano2020@gmail.com
