Por Miguel Ángel Cristiani G.
No se trató de un militante cualquiera ni de un operador de
segunda línea. Hablamos de Américo Zúñiga Martínez, exalcalde de Xalapa,
exdiputado local, exdirigente estatal y uno de los personajes más
representativos del priismo veracruzano de las últimas décadas. Después de más
de treinta años de militancia decidió cerrar la puerta detrás de sí.
La imagen es devastadora.
Mientras la dirigencia invita a nuevos ciudadanos a ingresar
al partido, quienes todavía conservan peso político, experiencia electoral y
reconocimiento público continúan abandonándolo. Es como inaugurar una campaña
para llenar un barco al mismo tiempo que los oficiales y la tripulación corren
hacia los botes salvavidas.
La salida de Américo no puede analizarse como un hecho
aislado. Forma parte de una cadena de renuncias que desde hace meses viene
desmantelando lo que alguna vez fue la estructura política más poderosa de
Veracruz. La pregunta ya no es quién se fue. La pregunta es quién queda.
Durante décadas el PRI fue mucho más que un partido
político. Fue una maquinaria electoral, una escuela de cuadros, una red de
poder territorial y una organización capaz de construir acuerdos, formar
gobiernos y administrar conflictos. Se puede cuestionar buena parte de su
historia, y con razón, pero nadie puede negar que poseía una estructura sólida
y una capacidad operativa que hoy parece un recuerdo lejano.
Lo paradójico es que la crisis actual no se explica
únicamente por las derrotas electorales. Todos los partidos pierden elecciones.
Lo verdaderamente letal es la pérdida de identidad política.
Cuando Américo afirma que el partido tomó un rumbo con el
que ya no se identifica, en realidad está verbalizando una sensación que muchos
militantes han expresado en privado durante años. Existe la percepción de que
el PRI dejó de ser una organización con proyecto propio para convertirse en una
estructura administrada desde la supervivencia burocrática.
Y la diferencia es enorme.
Un partido puede perder una elección y reconstruirse. Puede atravesar
una mala racha y reinventarse. Lo que difícilmente puede superar es la pérdida
de sentido. Cuando los propios militantes ya no encuentran razones para
permanecer, las campañas de afiliación terminan pareciendo ejercicios de
optimismo administrativo más que estrategias políticas serias.
La situación resulta todavía más preocupante porque Veracruz
fue durante décadas uno de los principales bastiones priistas del país. Desde
aquí se construyeron liderazgos nacionales, gobernadores, legisladores y operadores
políticos que influyeron en la vida pública mexicana. Hoy, en cambio, el
partido parece reducido a administrar nostalgias y recordar glorias pasadas.
Mientras tanto, sus adversarios observan cómodamente cómo la
erosión continúa haciendo el trabajo.
La renuncia de Américo también deja una lección para todo el
sistema político mexicano. Ninguna organización es eterna. Ningún partido tiene
asegurada la permanencia. Las instituciones políticas sobreviven cuando son
capaces de renovarse, abrir espacios a nuevas generaciones, corregir errores y
mantener una identidad reconocible. Cuando eso desaparece, comienza un proceso
lento pero inexorable de descomposición.
Por eso la pregunta que circula en los cafés políticos de
Veracruz no es una simple curiosidad periodística. Es un síntoma de una crisis
más profunda.
¿Quién sigue?
Porque a estas alturas ya no parece una cadena de renuncias
aisladas. Parece una estampida cuidadosamente escalonada.
Cuando los dirigentes celebran afiliaciones mientras sus
figuras históricas abandonan el partido, ya no están construyendo futuro: están
organizando el inventario de una liquidación política.
