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jueves, 21 de mayo de 2026

Las tienditas escolares: el pequeño negocio de la gran corrupción

 

Por Miguel Ángel Cristiani

A veces la corrupción no necesita millones de dólares en paraísos fiscales ni sofisticadas triangulaciones financieras. A veces basta una cooperativa escolar, una tiendita de refrescos y frituras, y una cadena de funcionarios acostumbrados a ordeñar todo lo que huela a dinero público. En Veracruz, hasta el pan con mayonesa termina convertido en botín burocrático.

Por eso llamó la atención —y hay que decirlo con claridad— la advertencia lanzada por la gobernadora Rocío Nahle García durante su visita a Tuxpan: “Quien se quede con el dinero, lo corro”. La frase no fue casual ni producto del entusiasmo discursivo. Fue el reconocimiento explícito de una práctica añeja, vergonzosa y perfectamente normalizada dentro del sistema educativo mexicano: el saqueo hormiga de los recursos escolares.

Porque las famosas “tienditas escolares” nunca han sido un tema menor. Durante décadas operaron como cajas chicas, negocios particulares, cuotas disfrazadas y espacios donde siempre aparecía alguien “administrando” recursos sin transparencia ni vigilancia. Dinero que debía regresar a las escuelas terminaba diluyéndose entre directorios escolares, supervisiones, intermediarios y la tradicional cultura mexicana del “moche”.

La gobernadora puso el dedo en una llaga que muchos conocen, pero pocos se atreven a tocar. El dinero de las cooperativas escolares pertenece a los planteles. Punto. No es patrimonio personal de directores, inspectores ni funcionarios administrativos que históricamente han tratado las escuelas públicas como feudos privados.

El problema es mucho más profundo de lo que parece. La descomposición administrativa del sistema educativo mexicano no comenzó con las grandes reformas ni con los pleitos sindicales. Empezó hace décadas en las pequeñas corruptelas cotidianas que terminaron convirtiéndose en “costumbre”. La cuota para el ventilador. El cobro “voluntario”. La cooperación obligatoria. El negocio de uniformes. La papelería condicionada. Y, por supuesto, la renta de cafeterías escolares convertidas en minas de efectivo sin auditoría real.

Por eso resulta importante recordar que el Congreso local ya reformó el artículo 230 Bis del Código Financiero Estatal para establecer con claridad que el 80 por ciento de los ingresos de las tiendas escolares debe destinarse al mantenimiento de los planteles y el 20 por ciento restante a supervisión educativa y apoyo docente. Es decir, la ley ya existe. Lo que faltaba era voluntad política para aplicarla.

Porque en Veracruz abundan reglamentos impecables que terminan archivados en cajones donde también duermen la ética pública y la rendición de cuentas.

Nahle fue más allá al advertir que no permitirá cobros ilegales dentro de las escuelas. Y ahí tocó otro nervio sensible del sistema educativo. Miles de padres de familia conocen perfectamente el viacrucis económico de cada ciclo escolar. Aunque la educación pública es constitucionalmente gratuita, muchas escuelas sobreviven gracias a cuotas disfrazadas de “aportaciones voluntarias” que, en la práctica, tienen muy poco de voluntarias.

La realidad es brutal: durante años el abandono presupuestal obligó a directivos y asociaciones escolares a buscar recursos como pudieran. Pero entre la necesidad legítima y la corrupción oportunista se abrió un terreno fértil para abusos, discrecionalidad y negocios particulares.

Y hay que decir algo incómodo: no toda la responsabilidad recae en los gobiernos. También existe una red de silencios cómplices dentro de algunas estructuras escolares donde nadie pregunta, nadie fiscaliza y nadie transparenta cuánto entra y cuánto sale de las cooperativas. Mientras haya opacidad, siempre aparecerá el “listo” que meta mano al dinero creyendo que nadie lo notará.

Por eso el verdadero reto no es lanzar advertencias mediáticas ni amenazar con despidos frente a las cámaras. El reto es construir mecanismos reales de supervisión, auditoría y transparencia pública dentro de cada plantel. Publicar ingresos. Transparentar gastos. Fiscalizar contratos. Romper la vieja cultura del efectivo administrado “de palabra”.

Porque en México la corrupción rara vez empieza robando millones: normalmente comienza cuando alguien descubre que puede quedarse con el dinero de los niños… y no pasa absolutamente nada.

Y si hasta las cooperativas escolares terminan convertidas en negocio político y administrativo, entonces el problema ya no está en las aulas: está en la moral podrida de quienes dicen administrarlas.