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lunes, 18 de mayo de 2026

Bienestar Electoral: la ayuda social que se convierte en propaganda personal


Por Miguel Ángel Cristiani

El poder tiene una vieja costumbre: disfrazar la promoción personal de “compromiso social”. Cambian los partidos, cambian los colores y cambian los discursos, pero la tentación de usar los programas públicos como plataforma política sigue siendo la misma. Y en Veracruz, esa enfermedad parece gozar de excelente salud.

La alcaldesa del puerto de Veracruz, Rosa María Hernández Espejo, quien se supone conoce perfectamente las leyes electorales y los límites constitucionales de la promoción gubernamental, ha decidido caminar peligrosamente sobre la línea de la ilegalidad. Y lo más grave es que no puede alegar ignorancia.

No estamos hablando de una improvisada llegada de última hora al servicio público. Hernández Espejo fue catedrática de la Facultad de Comunicación de la Universidad Veracruzana, periodista radiofónica y hasta figura pública en Bienestar durante años. Es decir, sabe perfectamente cómo opera la comunicación política, cómo se construye una narrativa de posicionamiento y cuáles son las restricciones legales para los funcionarios públicos en materia de propaganda personalizada.

Por eso resulta imposible creer que la constante aparición de su imagen en eventos de entrega de apoyos sociales sea producto de la casualidad o del entusiasmo administrativo. No. Aquí hay cálculo político. Hay estrategia de posicionamiento. Y hay un intento evidente de asociar programas federales con la imagen de una autoridad municipal.

La semana pasada ocurrió nuevamente durante la entrega de tarjetas de Bienestar para personas con discapacidad. Recursos federales. Programas financiados por la Federación. Operación institucional bajo reglas federales. Pero el evento terminó convertido en escaparate político municipal disfrazado de “coordinación” entre órdenes de gobierno.

Ahí estuvo la alcaldesa, acompañada del todavía delegado federal Juan Javier Gómez Cazarín, hablando de Bienestar, de respaldo institucional y de programas impulsados “desde su administración”, como si el dinero saliera de las arcas municipales o de la generosidad personal de algún funcionario en campaña permanente.

Y ese es precisamente el problema: la perversión del sentido público de los programas sociales. Porque los apoyos no son favores políticos. No son regalos personales. No pertenecen a ningún alcalde, delegado o gobernador. Son recursos públicos provenientes de los impuestos de los ciudadanos y están protegidos por disposiciones constitucionales y electorales que prohíben su utilización con fines de promoción personalizada.

Habrá que recordarle a la alcaldesa de Veracruz y de paso a su jefe de prensa, que el artículo 134 de la Constitución es clarísimo: la propaganda gubernamental debe tener carácter institucional y fines informativos, educativos o de orientación social, sin incluir nombres, imágenes, voces o símbolos que impliquen promoción personalizada de cualquier servidor público. Más claro imposible. Pero en Veracruz pareciera que muchos políticos leen la Constitución como quien hojea un menú: solo escogen lo que les conviene.

Lo verdaderamente preocupante es que este tipo de conductas se han normalizado. Hoy cualquier entrega de despensas, becas, apoyos sociales o tarjetas bancarias termina convertida en sesión fotográfica institucional. Funcionarios sonriendo y posando frente a cámaras, colocando logos, pronunciando discursos y construyendo capital político con recursos públicos. El bienestar convertido en escenografía electoral.

Y no se trata de un asunto menor ni de un tecnicismo jurídico para abogados electorales. La utilización propagandística de programas sociales erosiona la equidad democrática, manipula la percepción ciudadana y confunde deliberadamente al beneficiario haciéndole creer que el apoyo depende de la voluntad del político en turno y no de un derecho constitucional.

Más aún cuando Veracruz tiene una larga historia de clientelismo político, manipulación electoral y uso faccioso de la pobreza. Durante décadas, los programas sociales fueron herramientas de control político. Cambiaron las siglas, pero muchos vicios sobrevivieron cómodamente reciclados en nuevos discursos de transformación.

La presidenta municipal tiene derecho a gobernar, comunicar y rendir cuentas. Lo que no tiene derecho es a convertir programas públicos en plataforma de autopromoción política anticipada. Porque una cosa es informar y otra muy distinta es construir imagen personal aprovechando la vulnerabilidad social de quienes reciben apoyos.

En política también existe la obscenidad institucional: esa donde algunos funcionarios creen que repartir recursos públicos les otorga derecho automático a posar como benefactores de un dinero que no es suyo.

Porque cuando un político utiliza la pobreza para promocionarse, deja de servir al pueblo y empieza a servirse de él.