Ruan Angel Badillo Lagos
¡Hermosa la pluma del mensajero que trae buenas nuevas!
La inteligencia artificial (IA) no constituye un fin en sí misma, sino una tecnología al servicio de las personas. Desde la convicción de que la persona humana es fundamento de todo, la Carta Encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la IA propone una ética social sustentada en principios universales, es decir, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social. Aplicar estos principios en el desarrollo y despliegue de la IA implica garantizar que la tecnología fortalezca la dignidad humana, reduzca desigualdades y mantenga abierta la deliberación pública junto con la participación ciudadana.
El ser humano no es un objeto ni un dato; es un sujeto con dignidad. Por ello, resulta indispensable considerar, al implementar y regular sistemas de IA, el respeto a la autonomía, la privacidad y la capacidad de decisión de las personas, así como la transparencia y explicabilidad. Esto significa brindar a los individuos la posibilidad de comprender, en la medida de lo posible, el funcionamiento de los sistemas de IA que influyen en sus vidas, de modo que puedan decidir y corregir cuando sea necesario. También exige proteger los datos personales mediante principios de minimización y consentimiento informado.
La IA se reconoce como una herramienta orientada al desarrollo del bien común y al respeto de la dignidad de todas las personas. Por eso, conviene no asumir de manera absoluta todo lo que produce, sino analizarlo e incorporar el criterio propio de cada usuario. Cada persona deberá alcanzar una adecuada formación en el uso de esta herramienta, considerando que el acceso a la tecnología constituye un derecho. Lo verdaderamente importante radica en emplearla de forma responsable y garantizar la protección de los datos personales; no obstante, las grandes corporaciones suelen utilizar dichos datos con fines mercantiles.
Los bienes de la Tierra, incluidos el ámbito digital y la innovación, pertenecen a todos. El beneficio económico no puede convertirse en el único criterio; la tecnología debe disminuir desigualdades, no profundizarlas. Para alcanzar mayor eficiencia, la IA necesita un diseño integral e inclusivo que considere diversidad de género, edad, etnia y capacidades, además de evitar sesgos que limiten la participación de grupos vulnerables.
El destino de cada persona permanece ligado al destino de todos; nadie se salva solo. Los sistemas deben promover interdependencia, cooperación y apoyo mutuo, además de priorizar aplicaciones capaces de mejorar servicios públicos, salud, educación, trabajo decente y justicia social.
¿Cómo humanizar la modernidad y fomentar un desarrollo humano integral? Aunque parezca una aspiración ambiciosa, el diseño de la IA puede centrarse en valores e incorporar principios éticos desde la concepción de productos y servicios tecnológicos.
La IA debe convertirse en una herramienta para la dignidad y el desarrollo humano integral, no en un sustituto de la acción humana. Al articular los principios del bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad y justicia social en prácticas concretas de diseño y gobernanza, será posible construir una IA que fortalezca la libertad, la equidad y la participación. En última instancia, estas ideas sostienen una visión de la modernidad en la cual la tecnología amplía las oportunidades de todas las personas, sin excluir a nadie y bajo una vigilancia constante sobre su impacto social.
