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martes, 19 de mayo de 2026

La república de los intocables

 

Por Miguel Ángel Cristiani G.

La corrupción ya no escandaliza Lo verdaderamente alarmante es la descarada normalización de la impunidad. El saqueo dejó de esconderse; ahora presume relojes caros, residencias blindadas, camionetas de lujo y viajes internacionales exhibidos con insolencia en las benditas redes sociales que el propio obradorismo convirtió en tribunal popular… hasta que comenzaron a juzgar a los suyos.

Por eso es que todos son inocentes, aunque se muestren las pruebas.

Porque hay algo profundamente podrido en un régimen donde todos los acusados resultan milagrosamente inocentes, aunque las evidencias los persigan como moscas sobre carne descompuesta.

Ahí están los videos, las propiedades, los contratos, los vínculos familiares, los operadores financieros y las fortunas imposibles de explicar con salarios públicos. Ahí están los testimonios, las filtraciones, las investigaciones periodísticas y los expedientes internacionales. Pero en la narrativa oficial todo termina reducido a “golpeteo político”, “campaña mediática” o “ataques de los conservadores”. La vieja receta priista reciclada con propaganda morenista.

Y mientras el discurso presidencial sigue hablando de honestidad valiente, la realidad exhibe un gobierno incapaz —o peor aún, poco dispuesto— a tocar a los suyos.

Porque la impunidad en México no desapareció: simplemente cambió de uniforme partidista.

El caso de Sinaloa es especialmente delicado. No por el escándalo político en sí, sino por lo que representa geopolíticamente. La información sobre solicitudes de extradición y señalamientos internacionales contra funcionarios ligados al gobierno sinaloense coloca al país en una situación extremadamente vulnerable frente a Estados Unidos. Y aquí conviene hablar sin ingenuidad: Washington no mueve piezas militares ni agencias de inteligencia por capricho diplomático.

Cuando la DEA, el FBI y la CIA comienzan a coincidir públicamente en diagnósticos sobre infiltración criminal, el problema deja de ser mediático y se convierte en asunto de seguridad hemisférica.

México ya vivió algo parecido en los años más oscuros del narcotráfico colombiano. Primero fueron las advertencias. Después las listas negras. Luego las sanciones financieras. Finalmente llegaron las operaciones de presión internacional. La historia enseña algo brutal: cuando Estados Unidos percibe que un gobierno perdió capacidad o voluntad para enfrentar al crimen organizado, deja de confiar en las instituciones locales y comienza a diseñar escenarios unilaterales.

Por eso resulta inquietante el silencio oficial.

Mientras en redes sociales circulan versiones sobre movimientos navales estadounidenses en aguas internacionales del Pacífico —incluyendo portaaviones y fragatas asociadas anteriormente a operaciones de presión geopolítica—, el gobierno mexicano parece atrapado entre el cálculo político y el miedo diplomático. Nadie explica. Nadie aclara. Nadie fija postura contundente.

Y el silencio, en política, casi siempre termina oliendo a debilidad.

Donald Trump, con toda su brutalidad verbal y su estilo pendenciero, entiende perfectamente cómo explotar el miedo de la sociedad estadounidense frente al narcotráfico. Cuando lanza frases como “o acaban con los cárteles o lo hacemos nosotros”, no habla únicamente para México: habla para su electorado, para el aparato militar y para los sectores duros de seguridad nacional que consideran a los cárteles una amenaza terrorista regional.

Lo grave es que México parece no comprender la magnitud del deterioro institucional que proyecta hacia el exterior.

Porque mientras aquí seguimos discutiendo si tal funcionario es “compañero del movimiento” o “víctima de persecución política”, allá observan otra cosa: rutas del fentanilo, lavado de dinero, control territorial criminal y autoridades sospechosamente incapaces de actuar contra estructuras que todos conocen.

Y eso tiene consecuencias.

Consecuencias económicas, diplomáticas, financieras y hasta militares.

La soberanía no se defiende con discursos patrioteros en conferencias mañaneras. Se defiende construyendo instituciones creíbles, fiscalías autónomas y gobiernos capaces de castigar a los corruptos, aunque militen en el partido oficial. Porque un país donde nadie poderoso pisa la cárcel termina convertido en territorio administrado por pactos, favores y silencios.

Hoy Morena enfrenta exactamente aquello que juró combatir: una élite política intoxicada de poder, rodeada de sospechas y protegida por un sistema de impunidad cada vez más descarado.

Y mientras el gobierno siga tratando la corrupción propia como simple daño mediático, México continuará acercándose peligrosamente a una verdad devastadora: cuando un Estado protege más a sus funcionarios cuestionados que a sus ciudadanos honestos, deja de gobernar una República y comienza a administrar un encubrimiento institucional permanente.

Porque el verdadero problema ya no es que existan políticos vinculados con corrupción o crimen; el verdadero desastre nacional es que el poder haya decidido convertir la impunidad en política oficial de gobierno.