Por Miguel Ángel Cristiani
En Estambul, la vieja capital del Imperio Otomano, hay una puerta que no
conduce a nada. O mejor dicho: conduce a la historia. La Puerta al
Bósforo del Palacio Dolmabahçe se levanta como un arco monumental que
no es acceso ni salida, sino pura contemplación. Fue diseñada en el siglo XIX
para impresionar a los embajadores europeos que navegaban por el estrecho.
Nunca se usó para barcos ni visitantes: su única función era política y
estética, mostrar poder, modernidad y refinamiento. Hoy, esa puerta sigue ahí,
convertida en postal obligada para millones de turistas.
Mientras tanto, en Veracruz, la Puerta del Mar —el umbral
por donde entró la historia a nuestro país durante más de tres siglos— fue
derribada hace más de cien años y nunca reconstruida. En Turquía se preserva y
se capitaliza un símbolo sin utilidad práctica; en México se destruyó un
símbolo cargado de memoria, comercio, cultura y vida cotidiana.
La comparación duele. En Turquía, la Puerta del Bósforo del Palacio
Dolmabahçe no es solo una filigrana de mármol blanco: es una declaración de
identidad, un recurso turístico y una herramienta diplomática que sigue
generando prestigio. Atatürk, el fundador de la República, utilizó ese mismo
palacio como residencia presidencial, y muchos de sus actos públicos quedaron
enmarcados por el mar. Cada año, millones de visitantes viajan a Estambul y se
detienen frente a esa puerta, no porque les dé acceso a algo, sino porque representa
la grandeza de un pueblo que entendió la fuerza de sus símbolos.
En Veracruz, la Puerta del Mar
funcionó entre la Colonia y el Porfiriato. No era ornamental, sino esencial:
por ahí entraban colonizadores, comerciantes, refugiados, artistas y campesinos;
por ahí salían mercancías hacia Europa y llegaban influencias culturales que
forjaron nuestra identidad. Era, como se ha dicho, la Puerta de México.
Pero cuando se amplió el puerto a inicios del siglo XX, se optó por demolerla
en nombre del progreso. Y desde entonces, solo quedan las crónicas y los
bocetos.
No es un caso aislado: en Veracruz solemos ver la historia como estorbo y no
como capital. Derribamos monumentos, dejamos caer edificios, ignoramos nuestro
propio legado, y después nos quejamos de no atraer turismo cultural.
La política turca entendió, desde hace siglos, que la arquitectura puede ser
discurso. Dolmabahçe fue el primer palacio en incorporar alumbrado de gas, agua
corriente y calefacción central. La Puerta al Bósforo fue un gesto calculado:
mostrarle a Europa que el Imperio Otomano no era un rezago medieval, sino un
jugador moderno y poderoso.
En Veracruz, en cambio, nos quedamos sin el gesto y sin la piedra. “La
Puerta del Mar” pudo haber sido el emblema de la apertura de México al mundo,
un sitio histórico comparable a la Puerta de Alcalá en Madrid o al Arco del
Triunfo en París. Pero la demolimos y, lo más grave, nunca la reconstruimos.
El exgobernador Javier Duarte llegó a prometer en 2014, en una entrevista de
café en la Parroquia, que la reconstrucción estaba contemplada dentro del
rescate del centro histórico. Como tantas otras promesas, se quedó en humo. Y
después, nadie más retomó el proyecto.
No se trata de romanticismo ni de nostalgia barata. La Puerta del
Mar sería un atractivo cultural de primer nivel, un punto de encuentro
con la historia y un imán turístico que, bien gestionado, generaría empleo y
desarrollo local. En el mundo, las ciudades compiten por ofrecer experiencias
auténticas; aquí, teniendo la historia en las manos, preferimos esconderla.
En Estambul, millones de turistas hacen fila para tomarse una foto frente a
una puerta que nunca sirvió para nada. En Veracruz, ignoramos la puerta por
donde literalmente entró la historia nacional. ¿No resulta absurdo?
Reconstruir la Puerta del Mar no resolvería los problemas de pobreza,
inseguridad o corrupción, pero sí nos recordaría que somos una ciudad con
raíces profundas y un legado digno de mostrarse. Sería un acto de dignidad
colectiva: reconocer que en Veracruz no todo es improvisación y olvido, que
también sabemos honrar nuestra memoria.
Dejar que símbolos como la Puerta del Mar permanezcan en el abandono es
aceptar que la modernidad solo puede construirse sobre el olvido. Y eso es
falso. Los turcos supieron integrar tradición y modernidad en un mismo gesto
arquitectónico. Nosotros, en cambio, seguimos repitiendo la fórmula del
despojo: destruir lo viejo sin rescatar lo valioso.
Cada piedra que se borra de la memoria es una oportunidad perdida de educar,
de generar identidad y de ofrecer al mundo un rostro auténtico. Veracruz no
necesita inventarse un pasado: lo tiene, lo tuvo. Lo único que falta es la
voluntad política y ciudadana para recuperarlo.
La Puerta del Bósforo sigue en pie, altiva, recordándole al mundo que
Turquía supo reinventarse sin renunciar a sus símbolos. La Puerta del Mar yace
en el olvido, como una metáfora de un país que aún no aprende a valorar lo
propio.
La diferencia no es de historia ni de recursos, sino de visión. Mientras
Turquía exhibe con orgullo una puerta ornamental, Veracruz dejó caer la puerta
que fue el verdadero acceso de México al mundo. Y la pregunta, inevitable, es: ¿seguiremos
derribando nuestra memoria, o tendremos la valentía de reconstruirla?
