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lunes, 11 de mayo de 2026

¿Caminito de la escuela? (Segunda parte)

 


Desde el Café 

Bernardo Gutiérrez Parra 

Ayer te comenté en este espacio lector, el sainete que armó la SEP con su ocurrencia del calendario recortado, y cómo el rezago educativo sigue siendo el elefante en la habitación que nadie en la federación quiere ver. Pues bien, siguiéndole la pista al tema me topé con algo que vale la pena contar, porque en medio de tanto desastre nacional hay una historia que merece atención.


Resulta que Veracruz lleva un año haciendo algo diferente en materia educativa. Y los números lo están empezando a demostrar.


En Veracruz el abandono escolar en primaria disminuyó hasta su nivel más bajo en un cuarto de siglo. De cada diez mil niños, solo 36 dejan la escuela, una cifra que coloca al estado por debajo del promedio nacional. El dato cobra más valor si se recuerda que después de la pandemia el abandono venía en franca escalada —llegó casi a triplicarse entre 2021 y 2024— siguiendo una tendencia que se replicó en todo el país. 


Revertir esa inercia en un solo ciclo escolar es, con todo y las reservas que uno pueda tener, un resultado que merece reconocerse. Estos números provienen del Prontuario Estadístico 2025-2026 publicado por la propia Secretaría de Educación del estado, construido a partir de los registros que cada director de escuela captura al inicio del ciclo en los 212 municipios de Veracruz.


Pero además de esos resultados, el gobierno de Rocío Nahle tiene algo que también vale la pena contar: una propuesta de trabajo estructurada, con un cambio de fondo que toca donde más duele.


Lo que encontré es un programa de trabajo académico llamado PORTI —Programa de Organización y Reorientación Técnico Pedagógica con énfasis de Inclusión— que la Secretaría de Educación viene implementando desde el inicio de esta administración. La idea de fondo no es menor: convertir a supervisores, jefes de sector y directivos en guías pedagógicos que acompañen a los maestros, en lugar de ser lo que han sido históricamente en este país: una cadena de mando para el control político del gremio.


Quien haya vivido de cerca el mundo de la educación pública sabe perfectamente de lo que hablo. El supervisor que aparece en la escuela solo para hacer política, el jefe de sector que tramita favores, el director que administra lealtades. Cambiar esa cultura de raíz es lo más difícil que puede intentar cualquier gobierno, porque implica tocar intereses muy arraigados y muy bien organizados.


PORTI apuesta por transformar esa figura: que el supervisor salga del escritorio, camine las escuelas, escuche a las comunidades y funcione como apoyo técnico real para los maestros. Ya van dos grandes reuniones de trabajo con cerca de mil 500 autoridades escolares y la tercera está programada para finales de mayo. Son casi 90 mil docentes de educación básica los que participan mes a mes en procesos de formación paralelos a los Consejos Técnicos.


¿Que todo eso se traduce automáticamente en calidad educativa? No, y sería deshonesto decirlo así. Los problemas de fondo que señalé en mi columna de ayer —niños que salen de primaria sin saber leer, maestros mal preparados, liderazgos sindicales que medran con la ignorancia— son males de décadas que ningún programa resuelve en doce meses. Pero sí es justo decir que hay una dirección, que hay trabajo estructurado y que los primeros indicadores apuntan a que algo está funcionando.


Y aquí viene lo que me parece el punto más importante de todo esto.


Si Veracruz ha logrado colocarse, en apenas un año, por debajo de la media nacional en abandono escolar; si tiene un programa académico serio con fundamento y seguimiento; si su gobernadora se para en las escuelas en lugar de administrar el sector desde la comodidad de un despacho, entonces este estado tiene algo que muy pocas entidades del país tienen hoy: autoridad moral para opinar sobre la política educativa nacional.


Y esa autoridad moral, bien ejercida, podría usarse para algo más que resistir la ocurrencia del calendario recortado —que para eso alcanzó-, y bien hizo Nahle en plantarse firme. Podría usarse para proponer, para exigir que la conversación nacional sobre el calendario escolar, sobre la formación docente y sobre los contenidos educativos se dé con seriedad y no al ritmo de los mundiales de futbol.


Porque al final de cuentas, el problema que planteaba ayer no es solo de Mario Delgado y su ocurrencia. Es de un sistema que lleva años apostando por la ignorancia como estrategia electoral, como lo confesó sin rubor el propio López Obrador antes de irse a Palenque. 


Frente a eso, lo que hace Veracruz no es la solución definitiva. Pero sí es, por lo menos, la dirección contraria. Y en este país, ir en dirección contraria a la ignorancia ya es noticia.


bernagup28@gmail.com