Por Miguel Ángel Cristiani
“Que dice mi mamá que siempre no”. Así, con la
misma seriedad con la que un niño corrige una travesura descubierta, el
secretario de Educación Pública, Mario Delgado Carrillo salió este lunes a
recular sobre el cambio del calendario escolar. Lo que hace apenas unos días
era una decisión “técnica”, “responsable” y “necesaria”, ahora resulta que debe
revisarse porque “México no cabe en un solo calendario”.
Vaya revelación. ¡Descubrimiento nacional!!
Después de décadas de centralismo burocrático, de
calendarios uniformes impuestos desde un escritorio climatizado en la capital y
de gobiernos que jamás entendieron las diferencias regionales del país, ahora
descubrieron la diversidad climática, cultural y social de México. Apenas en
2026. Qué prodigio de iluminación política.
Pero detrás del discurso pseudo pedagógico de la
Nueva Escuela Mexicana hay otra verdad menos elegante y mucho más terrenal: el
gobierno teme el costo político de las movilizaciones magisteriales,
particularmente de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación en
Oaxaca y otras entidades del sur del país. El calendario escolar no se movió
por el Mundial de futbol ni por la “salud emocional” de los docentes. Se movió
porque el gobierno quiere evitar bloqueos, marchas, plantones y caos social
durante un periodo políticamente delicado.
Lo demás es envoltura discursiva.
Porque si realmente les preocupara la calidad
educativa, el debate no comenzaría por recortar días efectivos de clase, sino
por responder preguntas incómodas: ¿por qué millones de niños siguen sin
comprender lo que leen?, ¿por qué México continúa rezagado en matemáticas y
ciencias?, ¿por qué las escuelas públicas carecen de infraestructura básica
mientras el discurso oficial presume una transformación educativa inexistente?
La propia Ley General de Educación establece entre
185 y 200 días efectivos de clase. Y sí, puede debatirse si cantidad equivale a
calidad. Desde luego que no. Francia y Bélgica, como menciona Mario Delgado,
tienen menos días escolares y mejores resultados. Pero omite un pequeño
detalle: allá existen sistemas educativos funcionales, infraestructura digna,
formación docente sólida y políticas públicas estables. Aquí seguimos
discutiendo si hay agua en los baños, techos sin goteras y electricidad en las
aulas rurales.
Comparar a México con Bélgica en materia educativa
es como comparar un triciclo oxidado con un tren europeo de alta velocidad.
Además, el secretario incurre en una contradicción
monumental. Por un lado, sostiene que después del 15 de junio las escuelas caen
en una “inercia burocrática” sin propósito pedagógico. Y tiene razón
parcialmente. Pero si eso ocurre, entonces el problema no es el calendario: es
la incapacidad institucional para darle contenido académico útil al cierre del
ciclo escolar. El fracaso administrativo ahora quieren maquillarlo como
innovación educativa.
La realidad es más cruda. La SEP lleva años
atrapada entre la improvisación política, la presión sindical y el adoctrinamiento
ideológico disfrazado de humanismo pedagógico. La llamada Nueva Escuela
Mexicana todavía no logra demostrar resultados tangibles, pero sí ha conseguido
convertir cualquier debate educativo en propaganda gubernamental.
Resulta incluso irónico escuchar al secretario
hablar de “honestidad” y “humanismo” cuando la educación pública mexicana vive
una de sus peores crisis estructurales. Según evaluaciones nacionales e
internacionales, millones de estudiantes arrastran rezagos históricos agravados
tras la pandemia. La deserción escolar continúa golpeando a las familias más
pobres y la brecha educativa entre regiones sigue ampliándose.
Pero en lugar de asumir responsabilidades, el
gobierno prefiere construir narrativas emocionales: que si la convivencia
familiar, que si el calor en Sonora, que si la carga doméstica de las mujeres,
que si el estrés docente. Todos son problemas reales, sí. Pero utilizados aquí
como cortina de humo para ocultar la falta de planeación y la subordinación
política de la educación a los conflictos gremiales.
Porque ése es el fondo del asunto: en México la
educación dejó de ser prioridad académica para convertirse en moneda de
negociación política.
Y mientras el gobierno improvisa calendarios,
discursos y justificaciones, millones de estudiantes siguen atrapados en un
sistema que presume inclusión mientras condena generaciones enteras a la
mediocridad educativa.
La tragedia no es que cambien el calendario
escolar; la tragedia es que quienes destruyeron la calidad educativa ahora quieran
vender el desorden como si fuera pedagogía revolucionaria.
