Por Miguel Ángel Cristiani G.
Hay gobiernos que creen que cambiando las palabras
cambian la realidad. Los apagones dejaron de llamarse apagones para convertirse
en "interrupciones del servicio eléctrico". Como si el refrigerador volviera
a enfriar por arte de semántica, el aire acondicionado reiniciara por decreto o
los negocios recuperaran las ventas perdidas porque un funcionario decidió
maquillar el diccionario.
La realidad, sin embargo, tiene la mala costumbre
de imponerse sobre el discurso oficial.
Más de una veintena de estados del país han
padecido fallas recurrentes en el suministro eléctrico durante los últimos
meses. La Comisión Federal de Electricidad insiste en atribuirlas a fenómenos
climatológicos, altas temperaturas o incrementos extraordinarios en la demanda.
Todos esos factores existen. Lo que no se dice con la misma claridad es que un
sistema eléctrico sin mantenimiento termina reaccionando exactamente como
cualquier infraestructura abandonada: colapsando.
Los transformadores no explotan porque sí.
Los equipos de distribución tienen vida útil,
requieren inspecciones, sustitución de componentes, mantenimiento preventivo y
modernización permanente. Cuando esas inversiones se postergan durante años, la
factura termina pagándola el ciudadano, no la burocracia. La paga en alimentos
echados a perder, en negocios cerrados, en hospitales que dependen de plantas
de emergencia y en miles de hogares que viven horas enteras sin electricidad
mientras escuchan explicaciones cada vez menos convincentes.
Por eso resulta revelador lo ocurrido esta semana
en Xalapa durante la reunión entre alcaldes veracruzanos, la gobernadora Rocío
Nahle García y directivos de la CFE.
No porque se haya descubierto el problema.
Sino porque, finalmente, alguien comenzó a hablar
de soluciones concretas.
El alcalde de Alvarado, Alberto Ángel Cobos,
informó que la CFE ejecutará seis obras de infraestructura eléctrica con una
inversión superior a tres millones de pesos. A ello se suma el reemplazo de 78
postes, diez kilómetros de cableado, nuevos transformadores y líneas de
conducción que beneficiarán a comunidades como Mata de Uva, Alto Pizarro,
Bilbao, Paso Nacional, Escolleras y Arbolillo.
La pregunta resulta inevitable.
Si hoy es indispensable cambiar postes, cableado,
transformadores y líneas completas, ¿en qué estado se encontraba realmente esa
infraestructura? Porque nadie sustituye decenas de kilómetros de red eléctrica
cuando todo funciona correctamente.
Las propias obras constituyen, sin necesidad de
discursos, el reconocimiento más contundente de que el sistema requería una
intervención profunda.
Durante años se privilegió el anuncio sobre la
conservación. Es políticamente más rentable inaugurar una obra nueva que cortar
el listón de un programa de mantenimiento. El problema es que los
transformadores no entienden de propaganda. El cobre no distingue colores
partidistas. Las líneas de conducción tampoco votan.
Simplemente se deterioran.
Y cuando se deterioran, el costo alcanza a todos.
El caso de Veracruz ilustra un problema nacional.
La red eléctrica mexicana fue diseñada bajo condiciones de demanda muy
distintas a las actuales. El crecimiento urbano, la expansión industrial y el
aumento sostenido del consumo exigen inversiones permanentes que no pueden
seguir posponiéndose cada sexenio mientras los gobiernos celebran cifras de
generación o anuncian megaproyectos.
La electricidad no depende únicamente de producir
más energía.
Depende, sobre todo, de poder distribuirla de
manera eficiente.
No basta con presumir soberanía energética cuando
miles de familias permanecen horas sin luz cada semana. La verdadera soberanía
comienza cuando el servicio funciona con regularidad y deja de convertirse en
motivo cotidiano de quejas ciudadanas.
Lo ocurrido en Alvarado demuestra otra realidad:
cuando los alcaldes exponen el problema de frente y existe coordinación
institucional, aparecen recursos, cuadrillas y obras. Eso debería ser la regla
y no la excepción.
Porque la ciudadanía no exige privilegios.
Exige un servicio por el que paga puntualmente.
Y merece algo más que comunicados oficiales donde
los apagones desaparecen por decreto para transformarse en simples
"interrupciones temporales".
La electricidad no entiende de eufemismos; cuando
el mantenimiento se sustituye por propaganda, la oscuridad termina iluminando
la verdadera dimensión de la negligencia gubernamental.
