Por Miguel Ángel Cristiani G.
Hay una pregunta incómoda que nadie en el gobierno
parece dispuesto a responder: ¿cómo fue posible que una ciudad reconocida por
sus manantiales, arroyos y lagunas terminara convirtiendo prácticamente todos
sus cuerpos de agua en receptores de aguas negras?
La respuesta, aunque incómoda, es sencilla: décadas
de negligencia, indiferencia institucional y simulación ambiental.
Hoy, especialistas de la Universidad Veracruzana,
organizaciones ambientalistas y ciudadanos coinciden en un diagnóstico
alarmante. Casi el cien por ciento de los ríos, lagos, lagunas y manantiales de
la zona urbana de Xalapa presentan algún grado de contaminación. No existe
evidencia de que alguno pueda considerarse completamente limpio.
La noticia debería provocar una movilización
política inmediata. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Las
autoridades parecen haber normalizado lo que en cualquier sociedad responsable
sería considerado una emergencia ambiental.
El caso del río Sedeño es emblemático. A su paso
por el fraccionamiento Lucas Martín, lo que alguna vez fue un afluente natural
forma parte hoy de una extensa red de desechos líquidos y sólidos que atraviesa
la ciudad. Lo mismo ocurre con los ríos Carneros, Sordo, Santiago, Zapotillo,
Castillo y Coapexpan, además de numerosos arroyos urbanos convertidos en
colectores clandestinos de drenaje.
Lo más grave es que nadie puede alegar
desconocimiento.
Los estudios existen. Los diagnósticos existen. Las
denuncias vecinales existen. Las fotografías existen. Las evidencias son
visibles incluso para quien recorre la ciudad durante unos cuantos minutos.
Lo que no existe es una política pública eficaz
para revertir el problema.
La contaminación de los Lagos de El Dique
representa otro ejemplo de una crisis anunciada. Mortandad de peces,
proliferación de algas y deterioro constante de la calidad del agua son
fenómenos documentados desde hace años. El lago de Las Ánimas registra cambios
de color y olores insoportables provocados por la saturación de drenajes. La
laguna de Casa Blanca permanece atrapada entre el abandono gubernamental y la
acumulación de basura.
Mientras tanto, los discursos oficiales suelen
concentrarse en campañas de reforestación, jornadas simbólicas de limpieza o
actividades conmemorativas cada Día Mundial del Medio Ambiente.
Es la diferencia entre administrar fotografías y
resolver problemas.
Resulta más sencillo organizar eventos
protocolarios que enfrentar el costo político de invertir en infraestructura
hidráulica, sancionar descargas clandestinas o modernizar plantas de
tratamiento.
La realidad es que el agua contaminada no distingue
colores partidistas.
Los gobiernos municipales pasan. Las
administraciones estatales cambian. Los funcionarios se relevan unos a otros.
Pero la contaminación permanece, se acumula y se profundiza.
El problema ya no es exclusivamente ambiental.
También es sanitario.
Monitoreos realizados por organizaciones como
Global Water Watch han detectado presencia de bacterias como E. coli y
coliformes fecales en diversos manantiales comunitarios. En términos simples,
eso significa que fuentes naturales utilizadas por la población muestran
evidencias de contaminación asociada a residuos humanos y animales.
La pregunta ya no es si existe contaminación.
La pregunta es cuánto tiempo más puede soportar la
ciudad antes de enfrentar consecuencias mayores para la salud pública y para
sus ecosistemas.
Xalapa construyó durante décadas una identidad
vinculada al agua. La capital de las flores, la ciudad de los manantiales, la
región de la niebla y los bosques mesófilos. Esa narrativa sigue apareciendo en
folletos turísticos y discursos oficiales.
Pero la realidad se empeña en desmontar la
propaganda.
No puede presumirse riqueza natural mientras los
afluentes reciben descargas clandestinas. No puede hablarse de sustentabilidad
cuando los lagos se convierten en depósitos de materia orgánica. No puede
invocarse el compromiso ecológico mientras los sistemas de tratamiento resultan
insuficientes o ineficaces.
La solución requiere inversión, vigilancia,
planeación urbana y voluntad política. Requiere asumir responsabilidades y
dejar de administrar excusas.
Porque el verdadero problema no es que los ríos de
Xalapa estén muriendo; el verdadero escándalo es que quienes tenían la
obligación de protegerlos parecen haberse acostumbrado a verlos morir todos los
días.
























































