El Tajín y San Juan de
Ulúa: la reapertura de lo que nunca debió cerrarse
Por Miguel Ángel Cristiani G.
Por eso la noticia de la reapertura de los museos de sitio
de El Tajín y del Fuerte de San Juan de Ulúa merece dos lecturas simultáneas.
La primera, positiva y necesaria: dos de los espacios culturales más
importantes de México volverán a recibir visitantes con mejores instalaciones,
museografía renovada y nuevas propuestas para acercar al público a la riqueza
histórica de Veracruz. La segunda, inevitablemente crítica: ¿por qué tuvieron
que pasar ocho años en el caso de El Tajín y dos años en San Juan de Ulúa para
que las autoridades hicieran lo que estaban obligadas a hacer desde el
principio?
Porque conviene recordar algo elemental: la conservación del
patrimonio histórico no es un favor gubernamental. Es una responsabilidad
constitucional y una obligación moral con las generaciones futuras.
La inversión de 6.6 millones de pesos anunciada por el
Instituto Nacional de Antropología e Historia es bienvenida. Más de cinco
millones destinados a El Tajín permitieron actualizar un museo que permaneció
cerrado durante casi una década, mientras que poco más de un millón y medio
sirvió para rescatar la Casa del Gobernador en San Juan de Ulúa.
La pregunta incómoda es otra.
¿Dónde estuvo esa urgencia durante los años de deterioro?
Porque mientras los edificios envejecían, la humedad
avanzaba, las filtraciones dañaban instalaciones y miles de turistas
encontraban espacios limitados o cerrados, las autoridades culturales parecían
administrar la resignación con una eficiencia admirable.
El Tajín no es cualquier sitio arqueológico. Es una de las
ciudades prehispánicas más importantes de Mesoamérica. Fue un centro político,
religioso y comercial cuya influencia alcanzó amplias regiones del Golfo de
México. Sus relieves, su arquitectura y su extraordinaria concentración de
canchas para el juego de pelota representan un patrimonio único en el mundo.
Por su parte, San Juan de Ulúa no es únicamente una
fortaleza frente al mar. Es un libro de piedra donde se escribieron algunos de
los capítulos más trascendentes de la historia nacional. Fue puerto estratégico
de la Nueva España, prisión, bastión militar y escenario de conflictos que
marcaron la construcción del país.
Sin embargo, durante años ambos espacios fueron víctimas de
un fenómeno profundamente mexicano: la tendencia a considerar la cultura como
un gasto prescindible y no como una inversión estratégica.
Los gobiernos suelen comprender rápidamente la rentabilidad
política de inaugurar carreteras, distribuidores viales o edificios
administrativos. Las obras culturales rara vez producen fotografías
espectaculares para campañas electorales. Por eso suelen quedar atrapadas en la
lista de prioridades secundarias.
El problema es que el abandono cultural termina generando
costos mucho mayores.
Cada año que un museo permanece cerrado representa pérdida
de visitantes, menor actividad económica para las comunidades cercanas, menos
oportunidades educativas para estudiantes y una progresiva desconexión entre la
sociedad y su propia historia.
Por eso resulta especialmente valioso que la reapertura no
se limite a una mano de pintura. La incorporación de las monumentales columnas
del Edificio 42 en El Tajín, la exhibición de las llamadas Joyas del Pescador
en San Juan de Ulúa y la inclusión de una sala dedicada a la afrodescendencia
representan avances significativos en la forma de narrar nuestra historia.
Pero tampoco hay que caer en la tentación del triunfalismo
burocrático.
La verdadera prueba no será cortar el listón ni organizar
ceremonias de reapertura. El reto consiste en garantizar recursos permanentes
para mantenimiento, conservación, investigación y actualización de contenidos.
De nada servirá celebrar hoy si dentro de algunos años volvemos a escuchar los
mismos discursos justificando nuevos cierres por falta de presupuesto.
Veracruz posee una de las mayores riquezas culturales de
América Latina. Desde las culturas madre del Golfo hasta la herencia colonial y
afrodescendiente, pocos estados pueden presumir una diversidad histórica
semejante. Lo que no puede presumir es una política constante de protección
patrimonial.
Porque la cultura no se conserva con discursos ni con
boletines de prensa. Se conserva con planeación, presupuesto y voluntad
política sostenida.
**La verdadera vergüenza no es que hoy reabran El Tajín y
San Juan de Ulúa; la verdadera vergüenza es que un país que presume su historia
haya permitido que dos de sus mayores tesoros permanecieran cerrados y
olvidados durante años.




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