Por Miguel Ángel Cristiani
Hace ya 30 años que la sala de
redacción de El Dictamen quedó en silencio.
Las teclas de aquella máquina
Olimpia del maestro de maestros, Alfonso Valencia Ríos, dejaron de sonar.
Durante tantos años habían
sido parte de la vida cotidiana del Decano de la Prensa Nacional. Sobre ellas
nacieron notas, entrevistas, editoriales y noticias que hoy forman parte de la
historia del periodismo veracruzano.
Pero, sobre todo, de aquellas
teclas surgieron enseñanzas que todavía permanecen en la memoria de cientos de alumnos
que tuvimos la fortuna de pasar por la dirección de la Facultad de Periodismo
de la Universidad Veracruzana y, algunos, también por su redacción.
¡Cómo olvidar aquel sonido!
Parecía que el maestro tocaba
un piano. Sus dedos recorrían el teclado y, casi al mismo tiempo, las ideas se
convertían en palabras y las palabras en noticias.
Pero Alfonso Valencia Ríos no
solamente enseñaba a escribir.
Enseñaba a ser periodista.
Y enseñaba también a ser
humano.
¿Cómo olvidar a todas aquellas
personas que acudían a buscarlo para pedirle una recomendación para conseguir
trabajo, ayuda para inscribir a un hijo en alguna escuela o apoyo para
conseguir medicamentos?
Nunca lo vimos decir: “No
puedo”.
Siempre encontraba alguna
manera de ayudar.
Nosotros tuvimos la fortuna de
ser aceptados como sus alumnos durante los cuatro años de la Facultad y,
además, de acompañarlo en su actividad profesional diaria.
Desde las siete de la mañana,
cuando llegaba a la redacción para comenzar a escribir, hasta bien entrada la
noche.
Y aun después de terminar la
jornada, la escuela continuaba.
En el bar Manolo o en el
Palacio de los Portales, seguía atendiendo a quienes llegaban a saludarlo, a
platicar con él o simplemente a pedirle algún favor.
Así era el maestro.
Generoso con sus alumnos y
generoso también con sus compañeros reporteros del puerto, a quienes compartía
con gusto las entrevistas exclusivas que diariamente le concedían los
funcionarios que llegaban al aeropuerto de Veracruz.
Tenía una memoria
verdaderamente extraordinaria.
Recordaba nombres, fechas,
cifras y acontecimientos con una precisión sorprendente.
Esa memoria, pero sobre todo
su talento periodístico, fueron determinantes para que obtuviera el puesto de
Jefe de Información, que conservó durante toda su vida profesional.
Una de sus grandes entrevistas
fue la que realizó al presidente Adolfo Ruiz Cortines en su casa del puerto de
Veracruz, entrevista que ocupó varias páginas de El Dictamen.
Y había una escena que decía
más que cualquier reconocimiento.
Cuando llegaba el presidente
de la República y alrededor se formaba aquella tradicional pelotera de
periodistas buscando una declaración, el maestro permanecía a un costado.
Pero cuando el mandatario lo
veía, se acercaba personalmente a saludarlo con afecto.
Ese era el respeto que había
ganado.
A Alfonso Valencia Ríos le
ofrecieron cargos públicos importantes. La oficina de Comunicación de la Presidencia,
una embajada en cualquier país e incluso la dirección del periódico.
Nunca aceptó.
Él decía que era, simplemente,
un miembro más de la infantería de reporteros.
Han pasado 30 años desde aquel
día.
Treinta años desde que las
teclas de la Olimpia dejaron de sonar.
Pero quienes aprendimos de él
seguimos escuchando aquella voz.
Seguimos recordando sus
órdenes de “Jefe”.
Seguimos recurriendo a sus
enseñanzas cada vez que nos sentamos frente a una hoja en blanco.
Por eso hoy, al recordar su
partida, vienen nuevamente a la memoria aquellas palabras que publicamos en El
Dictamen:
“Maestro
Alfonso Valencia Ríos.”
“Con lágrimas en los ojos y un
crespón de luto en el corazón, los que suscribimos, reporteros forjados por
usted, en el crisol de su ética, su pasión por el periodismo y su vocación de
servicio, pasamos lista de presente en el momento de su inexorable partida.”
Y hoy, 30 años después,
podemos repetir aquellas palabras con la misma emoción:
Aunque su voz ya no sea
audible para el mundo, nosotros seguimos escuchando al Jefe y al Maestro.
Seguimos escuchando sus
consejos.
Su exigencia.
Su optimismo.
Su fe.
Y ese empuje que nos enseñó
para continuar en la diaria brega del periodismo.
Porque los verdaderos maestros
no mueren cuando dejan de estar físicamente.
Siguen viviendo en lo que
enseñaron, en quienes formaron y en las historias que ayudaron a escribir.
Por eso, maestro Alfonso
Valencia Ríos:
¡Presente!
Treinta años después, la
redacción sigue escuchando sus teclas.
Y nosotros seguimos pasando
lista.
Miguel Ángel Cristiani G.





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