Por Miguel Ángel Cristiani G.
En política hay momentos que revelan más de lo que
aparentan. Las sesiones del Consejo Político Nacional de Morena son uno
de esos episodios donde la liturgia partidista —discursos, acuerdos, aplausos y
resoluciones— suele esconder la verdadera pregunta de fondo: ¿el partido
gobernante sigue siendo un movimiento plural o se está convirtiendo, poco a
poco, en una maquinaria disciplinada de poder?
Los acuerdos emanados del más reciente Consejo
Político Nacional no son menores. Morena gobierna la Presidencia de la
República, controla la mayoría en el Congreso y dirige un número creciente de
gobiernos estatales y municipales. Por ello, cualquier decisión interna del
partido tiene inevitablemente efectos en la vida pública del país. Lo que allí
se resuelve no se queda en la esfera partidista; termina reflejándose en la
conducción del Estado.
Entre los puntos más destacados del Consejo aparece
la reafirmación de la llamada “unidad del movimiento”. Una frase aparentemente
inocua, pero profundamente política. En términos prácticos, esa unidad
significa cerrar filas en torno al proyecto gubernamental encabezado por la
presidenta Claudia Sheinbaum y consolidar una estructura partidista que
funcione como respaldo político permanente de su administración.
Nada extraño en un partido que gobierna. Todos lo
hacen. El problema comienza cuando la unidad deja de ser un acuerdo político y
se convierte en una exigencia disciplinaria. La historia de los partidos
dominantes en México —desde el antiguo Partido Revolucionario Institucional
hasta las alianzas coyunturales de la transición— demuestra que la disciplina
excesiva suele terminar asfixiando la deliberación interna.
Otro de los acuerdos relevantes es el
fortalecimiento organizativo del partido rumbo a los próximos procesos electorales.
Morena busca consolidar comités territoriales, ampliar su padrón de militantes
y reforzar su presencia en entidades donde aún enfrenta competencia real. En
lenguaje político simple: el partido se prepara para seguir ganando elecciones.
Esto, desde luego, forma parte del juego
democrático. Pero también plantea un desafío ético y político: cuando un
partido controla simultáneamente el gobierno federal, buena parte de los
congresos locales y una vasta estructura territorial, la frontera entre Estado y
partido se vuelve peligrosamente difusa.
El Consejo también abordó —aunque con prudente
discreción— la necesidad de fortalecer los mecanismos internos de selección de
candidaturas. No es un asunto menor. Morena ha enfrentado en los últimos años
tensiones internas derivadas de procesos poco transparentes o de encuestas cuya
metodología no siempre resulta clara para la militancia.
En teoría, el partido nació con la promesa de
democratizar la política mexicana y romper con las prácticas cupulares de los
viejos partidos. En la práctica, la tentación del poder suele llevar a
reproducir las mismas dinámicas que antes se criticaban. Las decisiones tomadas
en el Consejo Político apuntan a ordenar ese proceso, pero la pregunta sigue
abierta: ¿habrá verdadera participación interna o simplemente se administrará
el reparto político?
Otro acuerdo que merece atención es el llamado a
fortalecer la formación política e ideológica de la militancia. Morena se
define como un movimiento transformador, heredero de luchas sociales y promotor
de un cambio de régimen. Pero gobernar exige más que consignas. Requiere
cuadros preparados, instituciones sólidas y una ética pública coherente.
El riesgo de cualquier partido dominante es que la
ideología termine sustituyéndose por la simple administración del poder. Cuando
eso ocurre, los principios se convierten en retórica y las decisiones se toman
con criterios pragmáticos, no necesariamente democráticos.
En este contexto, el Consejo Político Nacional se
convierte en un espejo de la etapa que vive Morena. Ya no es el movimiento
insurgente que desafiaba al sistema político. Hoy es el sistema político. Y esa
transformación exige una madurez institucional que todavía está en proceso de
consolidación.
México necesita partidos fuertes, pero también
democráticos. Necesita mayorías, pero también contrapesos. Y necesita gobiernos
respaldados por estructuras políticas, pero no subordinados a ellas.
El verdadero reto para Morena no es ganar
elecciones —eso ya lo ha demostrado— sino demostrar que puede ejercer el poder
sin repetir los vicios históricos del presidencialismo mexicano.
Porque en política, el problema nunca ha sido
llegar al poder, sino lo que los partidos hacen cuando descubren que el poder
ya es suyo.

























