Por Miguel Angel Cristiani G
Hay renuncias que no se explican por lo que dicen,
sino por lo que provocan. La salida de Adán Augusto López Hernández como
coordinador de los senadores de Morena no es un simple movimiento interno ni un
trámite burocrático de partido; es una sacudida política con réplicas claras en
los estados, y en Veracruz, particularmente, el eco es más fuerte, más incómodo
y más revelador.
Desde hace décadas he visto ir y venir
coordinadores, líderes parlamentarios y jefes políticos. Algunos se van con
discreción; otros, dejando incendios. Adán Augusto se va dejando una estela de
preguntas, tensiones internas y reacomodos que exhiben la fragilidad de un
movimiento que se vendió como monolítico, pero que hoy cruje por dentro.
En Veracruz, la renuncia no es anecdótica. Adán
Augusto fue —y sigue siendo— un referente de poder dentro de Morena. Su
influencia no se limitaba al Senado: alcanzaba a gobernadores, operadores
políticos, estructuras territoriales y aspirantes que, en voz baja o abierta,
lo veían como un árbitro confiable y un eventual factor de equilibrio.
Su salida del liderazgo parlamentario rompe ese
eje. ¿Consecuencia inmediata? Un vacío de interlocución. Los senadores
veracruzanos de Morena pierden a un coordinador con oficio político probado,
con línea directa con Palacio Nacional y con capacidad de contención interna.
Lo que viene es una etapa de mayor fragmentación, donde los grupos locales —ya
de por sí confrontados— buscarán imponer agenda, posiciones y candidaturas sin
un mando claro que ordene la tropa.
No es un secreto que en Veracruz Morena no es un
bloque homogéneo. Conviven ahí el morenismo fundacional, los recién llegados,
los pragmáticos reciclados del viejo régimen y los operadores regionales con
intereses propios. Adán Augusto, con todos sus claroscuros, funcionaba como un
dique. Su renuncia abre la compuerta.
En términos legislativos, la consecuencia será una
menor capacidad de gestión para el estado. Menos acuerdos, menos prioridad
presupuestal y más ruido interno. En política, la ausencia de liderazgo no se
llena con discursos, sino con disputas. Y esas disputas suelen cobrarse factura
en recursos, obras y atención federal.
En el plano electoral, el impacto es aún más
delicado. Veracruz se encamina a un proceso sucesorio complejo, con aspirantes
adelantados, encuestas amañadas y una militancia cada vez más escéptica. La
salida de Adán Augusto debilita a un grupo y fortalece a otros, pero sobre todo
acelera la lucha interna sin reglas claras. Morena corre el riesgo de repetir
lo que tanto criticó del PRI: fracturas internas disfrazadas de unidad
discursiva.
Hay también una lectura nacional que no debe
soslayarse. La renuncia envía un mensaje: el poder en Morena ya no se
concentra, se dispersa. Y cuando el poder se dispersa sin institucionalidad
sólida, surgen los caudillismos locales, las decisiones improvisadas y los
errores estratégicos. Veracruz, con su historial de crisis políticas y
gobernantes erráticos, no está para experimentos.
Desde la ética pública, el tema exige algo más que
grilla. La ciudadanía veracruzana no votó por pugnas internas ni por ajustes de
cuentas entre corrientes. Votó por resultados, estabilidad y congruencia. Cada
renuncia de alto nivel debería explicarse con claridad y asumirse con
responsabilidad, no esconderse tras comunicados ambiguos y silencios
calculados.
Adán Augusto se va del Senado, pero deja un
problema abierto. La pregunta no es solo quién ocupará su lugar, sino si Morena
tiene la madurez política para procesar esta salida sin dañar al país y a los
estados. En Veracruz, la respuesta aún no se ve clara, y cuando la política se
vuelve opaca, el ciudadano siempre pierde.
Porque al final, más allá de nombres y cargos, lo
que queda es una verdad incómoda: cuando el poder se mueve sin rumbo, los
cimientos tiemblan… y Veracruz ya sabe demasiado bien lo que pasa cuando nadie
quiere hacerse responsable del temblor.





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