Por Miguel Ángel
Cristiani G.
La comparación inevitable hoy es con Puebla.
Mientras Veracruz sigue discutiendo diagnósticos y promesas,
el estado vecino presenta resultados medibles. Para esta temporada de Semana
Santa 2026, el gobierno poblano proyecta la llegada de “950 mil visitantes”, lo
que representa un crecimiento del “8.69 por ciento respecto a 2025” y una
derrama económica superior a “mil millones de pesos”.
No se trata de un milagro turístico. Se trata de planeación.
El gobernador “Alejandro Armenta Mier” ha planteado una
estrategia clara: turismo, seguridad y coordinación institucional. No es un discurso
nuevo, pero sí una política pública aplicada con orden.
El llamado ““Operativo de Vacaciones Seguras de Semana Santa
2026”“ contempla el despliegue de “más de 4 mil elementos de seguridad”,
integrados por la “Secretaría de Seguridad Pública de Puebla”, la “Secretaría
de la Defensa Nacional”, la “Secretaría de Marina”, la “Guardia Nacional” y
policías municipales.
No es menor el dato.
La seguridad turística dejó de ser una improvisación para
convertirse en una estrategia estructural.
El propio secretario de Seguridad Pública poblano, el
vicealmirante “Francisco Sánchez González”, ha confirmado que incluso los
corredores carreteros clave, como la autopista México-Puebla-Veracruz, están
bajo vigilancia coordinada.
El mensaje es simple pero contundente: “el turismo necesita
seguridad para existir”.
Pero Puebla no se quedó únicamente en patrullas y
operativos.
La “Policía Estatal Turística de Puebla” se ha convertido en
una herramienta estratégica de atención al visitante. Tan solo en marzo ha
brindado atención a “49 mil 811 turistas”, entre locales, nacionales e
internacionales.
Y aquí aparece otro detalle que revela visión institucional.
Los elementos de esta policía no solo vigilan: “orientan,
guían, traducen y acompañan al visitante”. Hablan inglés, francés, chino
mandarín, ruso e incluso véneto-italiano. Además, manejan lenguas originarias
como náhuatl, mazateco, totonaco y mixteco, y dominan el lenguaje de señas
mexicano.
Ese modelo no es un lujo: es una inversión en hospitalidad.
La secretaria de Desarrollo Turístico de Puebla, Carla
López-Malo Villalón, estima una “ocupación hotelera superior al 75 por ciento”,
que en los “12 Pueblos Mágicos” podría alcanzar el “95 por ciento”.
Las cifras hablan por sí solas.
A esto se suman eventos emblemáticos como la “Procesión de
Viernes Santo”, considerada una de las más importantes de América Latina dentro
del turismo religioso.
El turismo, como cualquier industria seria, necesita
“producto, promoción y protección”.
Puebla entendió esa ecuación.
Y todavía hay más.
El estado fue reconocido como “mejor destino de Turismo
Comunitario” en los “Food and Travel Reader Awards 2025”, gracias a más de “280
experiencias turísticas comunitarias” donde los visitantes conviven con
cafetaleros, mezcaleros, artesanos y cocineras tradicionales.
Es decir, el turismo se convirtió en economía local.
Ahora volvamos a Veracruz.
Un estado que posee cuatro sitios patrimonio de la humanidad
cercanos —entre ellos el Centro Histórico de Veracruz y zonas arqueológicas como
El Tajín—, que tiene rutas cafetaleras, zonas arqueológicas, manglares,
cascadas, reservas naturales, gastronomía reconocida y una historia que
literalmente inició la nación mexicana.
Y sin embargo, seguimos dependiendo de “temporadas
vacacionales improvisadas”, campañas de promoción dispersas y políticas
públicas que cambian cada sexenio como si el turismo fuera un experimento y no
una industria estratégica.
Mientras Puebla integra seguridad, cultura, comunidad y
promoción, Veracruz suele fragmentar sus esfuerzos entre dependencias que rara
vez coordinan estrategias de largo plazo.
La diferencia no es geográfica.
Es política.
La planeación turística exige continuidad institucional,
inversión en infraestructura, capacitación profesional, promoción internacional
y, sobre todo, “seguridad pública confiable”.
El turismo no llega por decreto ni por discursos
entusiastas.
Llega cuando el visitante sabe que puede viajar seguro,
encontrar servicios de calidad y vivir experiencias auténticas.
Puebla está apostando por eso.
Veracruz, en cambio, aún parece debatirse entre el potencial
y la realidad.
Y la historia demuestra que el potencial, cuando no se
administra con inteligencia, termina convirtiéndose en una simple anécdota.
Porque en turismo —como en política— no gana quien presume
lo que tiene, sino quien sabe organizarlo, protegerlo y convertirlo en
desarrollo para su gente.
Y mientras Puebla convierte su estrategia turística en
derrama económica real, Veracruz sigue preguntándose por qué su riqueza natural
no se traduce en prosperidad.

























































