BITÁCORA POLÍTICA
Por Miguel Ángel Cristiani G.
Hay que darse tiempo para pueblear. A veces, a
pocos kilómetros de la capital veracruzana, se encuentran historias de trabajo,
tradición y esfuerzo que merecen ser contadas.
Este fin de semana visitamos San Pablo Coapan,
comunidad del municipio de Naolinco, ubicada a unos 45 kilómetros de Xalapa,
donde los campos ya se encuentran en plena floración para recibir a quienes
buscan las flores que adornarán los altares de Todos Santos.
Del 17 de octubre al 2 de noviembre se celebrará el
Festival del Cempasúchil, una oportunidad para conocer los cultivos de esta
comunidad y apoyar directamente a las familias campesinas que los hacen
posibles.
De acuerdo con la Asociación de Productores
Agropecuarios y Floricultores, alrededor de 60 familias ofrecen más de 50 mil rollos
de flores de temporada, entre cempasúchil, terciopelo, sempiterna y girasol,
cultivadas en poco más de 25 hectáreas.
Durante el recorrido por sus calles empedradas,
Saúl Llera Araujo, Lizhet Barradas Martínez y Demetrio Martínez, presidente,
secretaria y tesorero de la organización, respectivamente, describieron el
espectáculo como un mar de color naranja que perfuma la tierra.
Y vaya que tienen razón.
Los sembradíos se extienden por distintos puntos de
la comunidad y convierten el paisaje rural en un atractivo para visitantes de
Veracruz y otros estados del país. Según los productores, también han recibido
turistas procedentes de Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Japón, Rusia,
Alemania y Canadá.
Pero San Pablo Coapan no vive solamente de sus
flores.
Está el pan tradicional recién salido del horno de
don Carlos, la gastronomía local y la hospitalidad de sus habitantes, que
reciben al visitante con la sencillez propia de las comunidades donde todavía
se conserva el gusto por compartir.
Entre los lugares de interés se encuentran la
antigua iglesia de Santa María Magdalena, del siglo XVII, el Cerro de la Cruz y
una zona identificada como arqueológica.
Detrás del atractivo turístico existe, además, una
economía rural que merece reconocimiento. Los floricultores calculan que la
actividad genera más de mil 800 empleos directos y aproximadamente mil 300
indirectos, desde la preparación de las parcelas y el cuidado de las plantas
hasta el corte y la comercialización.
El proceso comienza meses antes de la cosecha. En
julio se preparan las tierras y los semilleros; durante agosto se trasplantan
las plantas a los surcos, donde reciben los cuidados necesarios hasta su corte
en octubre y noviembre. Todo depende también de las condiciones del clima y de
las lluvias.
Las mujeres desempeñan un papel fundamental en
estas labores y participan igualmente en otros cultivos, como café, maíz, caña
de azúcar y frijol, además de las actividades de crianza de animales de
traspatio.
La lección es sencilla: detrás de cada flor que
llega a un altar hay trabajo, inversión, conocimiento campesino y familias que
esperan recuperar el fruto de varios meses de esfuerzo.
La visita también nos permitió disfrutar de la
hospitalidad de Saúl Yera, quien
nos abrió las puertas de su casa para compartir los platillos tradicionales de
la gastronomía de San Pablo Coapan. Son esos gestos de generosidad los que
hacen que recorrer las comunidades veracruzanas sea mucho más que una
excursión: es encontrarse con su gente, sus costumbres y su manera de entender
la vida.
Y entre los atractivos productivos de la comunidad
también destaca Finca Elizote,
que comercializa su café bajo la marca Caliexca,
presente en las redes sociales. Calificado entre los cinco mejores del mundo, una
muestra más de que el trabajo de las familias campesinas de San Pablo Coapan no
se limita al cultivo de flores de temporada, sino que abarca otras actividades
agrícolas con potencial para generar ingresos y dar a conocer la producción
local.
Así, entre los campos de cempasúchil, el café y la
gastronomía tradicional, San Pablo Coapan tiene mucho que ofrecer a quienes
buscan conocer el Veracruz rural y respaldar directamente a sus productores.
Por eso, quienes visiten San Pablo Coapan durante
el festival pueden hacer algo más que tomarse fotografías entre los sembradíos:
comprar directamente a los productores, consumir en los establecimientos
locales y conocer una comunidad que busca convertir sus tradiciones en
oportunidades de desarrollo.
Porque el turismo rural tiene sentido cuando
beneficia a quienes mantienen vivo el campo.
Pancho López, el filósofo
ateniense xalapeño, seguramente diría:
«¡Qué bueno que vengan a tomarse la foto entre las
flores, pero que no se les olvide comprar un rollo, llevarse un café y comer en
el pueblo! Porque de aplausos y fotografías no viven las familias campesinas».

















































































