Por Miguel Ángel Cristiani
Desafortunadamente abundan las declaratorias solemnes y los acuerdos
firmados con tinta burocrática que, en el papel, suenan a modernidad, progreso
y bienestar. La más reciente joya de este repertorio oficial es la Declaratoria
del Polo de Desarrollo Económico para el Bienestar (PODECOBI) Tuxpan, Veracruz,
publicada en el Diario Oficial de la Federación el pasado martes 26 de agosto.
Una superficie de poco más de 235 hectáreas en la costa norte de Veracruz ha
sido bendecida, según el discurso gubernamental, como epicentro de inversiones,
empleos dignos y cadenas productivas. Pero la pregunta incómoda —la que todo
ciudadano debería hacerse— es: ¿estamos ante un verdadero proyecto de desarrollo
o frente a una más de esas quimeras que terminan en terrenos baldíos y
elefantes blancos?
La declaratoria se ampara en el Plan México 2025-2030,
presentado por la presidenta de la República como la ruta para colocar a México
entre las diez principales economías del mundo. Palabras mayores. La idea, en
teoría, es fortalecer el mercado interno, impulsar la innovación y la industria
nacional y generar empleos bien remunerados. Tuxpan aparece como pieza
estratégica por su puerto, su cercanía a la Ciudad de México y su vocación
agroindustrial y energética.
En el papel, no hay fisuras: ubicación privilegiada, conectividad marítima y
terrestre, vocaciones productivas que van de la logística al sector textil, y
hasta el visto bueno ambiental de la Semarnat. Pero la historia del desarrollo
regional en México está plagada de decretos similares que terminaron en
fracaso: basta recordar el Plan La Chontalpa en Tabasco en los
años sesenta, los polos de crecimiento industrial en los
setenta, o más recientemente las Zonas Económicas Especiales
(ZEE) impulsadas en 2016 y canceladas por el actual gobierno en 2019. Todas
prometían dinamismo económico, todas juraban empleo y bienestar; ninguna
cumplió.
Tuxpan no es ajeno a estas dinámicas. Desde hace décadas se le presenta como
la “joya logística del Golfo”: puerto cercano al centro del país, conexión
carretera hacia la capital, vocación petrolera y agroindustrial. Sin embargo,
la realidad es que el rezago social sigue marcando la vida cotidiana de
sus habitantes. Según el Coneval, Veracruz mantiene índices de pobreza
superiores al 50%. En Tuxpan, las comunidades indígenas, invisibilizadas en la
declaratoria oficial, sobreviven con carencias estructurales en salud,
educación y servicios básicos.
El acuerdo publicado asegura que el INPI no detectó afectaciones a
comunidades indígenas, y por lo tanto no era necesario realizar consulta
previa. La afirmación es jurídicamente impecable, pero políticamente
preocupante: se opta por la salida fácil antes que por el diálogo real con
la población, que a fin de cuentas será la primera en experimentar los
impactos —positivos o negativos— de este proyecto.
Tampoco es menor el asunto ambiental. Aunque la Semarnat determinó que el
polígono es viable y no colinda con áreas naturales protegidas, lo cierto es
que se ubica en un corredor bioclimático relevante para la conectividad
ecológica regional. Se habla de vegetación secundaria y de la
necesidad de cambio de uso de suelo, pero la experiencia enseña que los
“estudios técnicos justificativos” suelen ser más un trámite que una garantía
real de sustentabilidad.
La memoria colectiva recuerda lo ocurrido con otros megaproyectos
energéticos y portuarios en el país: devastación ambiental, comunidades
desplazadas y beneficios concentrados en unos cuantos inversionistas. Tuxpan no
debería repetir esa historia.
El acuerdo establece que las actividades productivas prioritarias serán la
logística, la agroindustria, la industria ligera, la textil especializada y,
cómo no, la energética. No cabe duda: Tuxpan se perfila como nodo de la
nueva estrategia de industrialización mexicana. Pero la pregunta sigue
en el aire: ¿qué parte de esa riqueza se traducirá en bienestar tangible para
la población local? ¿O será, como tantas veces, un polo de beneficios fiscales
para grandes corporaciones, mientras los pobladores siguen atrapados en el
círculo de la pobreza y la migración?
El reto es monumental. Si este PODECOBI se limita a maquillar estadísticas
de inversión extranjera directa, el resultado será un espejismo más. Si en
cambio logra articular a los pequeños productores, generar empleos con salarios
dignos y respetar el medio ambiente, podría ser una palanca real de
transformación.
La declaratoria del Polo de Desarrollo Económico para el Bienestar
Tuxpan representa una oportunidad, sí, pero también un enorme riesgo.
La historia enseña que los planes sexenales suelen naufragar cuando se topan
con la corrupción, la improvisación o el simple desinterés político.
La ciudadanía tiene derecho a dudar, a exigir transparencia, a demandar que
las promesas no se queden en boletines oficiales. Porque el verdadero bienestar
no se decreta en el Diario Oficial: se construye con empleos estables, con
servicios de calidad, con respeto a la dignidad de la gente.
La disyuntiva está planteada: o Tuxpan se convierte en motor de
desarrollo regional, o en otro monumento a las promesas incumplidas del poder.