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viernes, 29 de agosto de 2025

Tuxpan: ¿polo de desarrollo o polo de promesas?

 

Por Miguel Ángel Cristiani

Desafortunadamente abundan las declaratorias solemnes y los acuerdos firmados con tinta burocrática que, en el papel, suenan a modernidad, progreso y bienestar. La más reciente joya de este repertorio oficial es la Declaratoria del Polo de Desarrollo Económico para el Bienestar (PODECOBI) Tuxpan, Veracruz, publicada en el Diario Oficial de la Federación el pasado martes 26 de agosto. Una superficie de poco más de 235 hectáreas en la costa norte de Veracruz ha sido bendecida, según el discurso gubernamental, como epicentro de inversiones, empleos dignos y cadenas productivas. Pero la pregunta incómoda —la que todo ciudadano debería hacerse— es: ¿estamos ante un verdadero proyecto de desarrollo o frente a una más de esas quimeras que terminan en terrenos baldíos y elefantes blancos?

La declaratoria se ampara en el Plan México 2025-2030, presentado por la presidenta de la República como la ruta para colocar a México entre las diez principales economías del mundo. Palabras mayores. La idea, en teoría, es fortalecer el mercado interno, impulsar la innovación y la industria nacional y generar empleos bien remunerados. Tuxpan aparece como pieza estratégica por su puerto, su cercanía a la Ciudad de México y su vocación agroindustrial y energética.

En el papel, no hay fisuras: ubicación privilegiada, conectividad marítima y terrestre, vocaciones productivas que van de la logística al sector textil, y hasta el visto bueno ambiental de la Semarnat. Pero la historia del desarrollo regional en México está plagada de decretos similares que terminaron en fracaso: basta recordar el Plan La Chontalpa en Tabasco en los años sesenta, los polos de crecimiento industrial en los setenta, o más recientemente las Zonas Económicas Especiales (ZEE) impulsadas en 2016 y canceladas por el actual gobierno en 2019. Todas prometían dinamismo económico, todas juraban empleo y bienestar; ninguna cumplió.

Tuxpan no es ajeno a estas dinámicas. Desde hace décadas se le presenta como la “joya logística del Golfo”: puerto cercano al centro del país, conexión carretera hacia la capital, vocación petrolera y agroindustrial. Sin embargo, la realidad es que el rezago social sigue marcando la vida cotidiana de sus habitantes. Según el Coneval, Veracruz mantiene índices de pobreza superiores al 50%. En Tuxpan, las comunidades indígenas, invisibilizadas en la declaratoria oficial, sobreviven con carencias estructurales en salud, educación y servicios básicos.

El acuerdo publicado asegura que el INPI no detectó afectaciones a comunidades indígenas, y por lo tanto no era necesario realizar consulta previa. La afirmación es jurídicamente impecable, pero políticamente preocupante: se opta por la salida fácil antes que por el diálogo real con la población, que a fin de cuentas será la primera en experimentar los impactos —positivos o negativos— de este proyecto.

Tampoco es menor el asunto ambiental. Aunque la Semarnat determinó que el polígono es viable y no colinda con áreas naturales protegidas, lo cierto es que se ubica en un corredor bioclimático relevante para la conectividad ecológica regional. Se habla de vegetación secundaria y de la necesidad de cambio de uso de suelo, pero la experiencia enseña que los “estudios técnicos justificativos” suelen ser más un trámite que una garantía real de sustentabilidad.

La memoria colectiva recuerda lo ocurrido con otros megaproyectos energéticos y portuarios en el país: devastación ambiental, comunidades desplazadas y beneficios concentrados en unos cuantos inversionistas. Tuxpan no debería repetir esa historia.

El acuerdo establece que las actividades productivas prioritarias serán la logística, la agroindustria, la industria ligera, la textil especializada y, cómo no, la energética. No cabe duda: Tuxpan se perfila como nodo de la nueva estrategia de industrialización mexicana. Pero la pregunta sigue en el aire: ¿qué parte de esa riqueza se traducirá en bienestar tangible para la población local? ¿O será, como tantas veces, un polo de beneficios fiscales para grandes corporaciones, mientras los pobladores siguen atrapados en el círculo de la pobreza y la migración?

El reto es monumental. Si este PODECOBI se limita a maquillar estadísticas de inversión extranjera directa, el resultado será un espejismo más. Si en cambio logra articular a los pequeños productores, generar empleos con salarios dignos y respetar el medio ambiente, podría ser una palanca real de transformación.

La declaratoria del Polo de Desarrollo Económico para el Bienestar Tuxpan representa una oportunidad, sí, pero también un enorme riesgo. La historia enseña que los planes sexenales suelen naufragar cuando se topan con la corrupción, la improvisación o el simple desinterés político.

La ciudadanía tiene derecho a dudar, a exigir transparencia, a demandar que las promesas no se queden en boletines oficiales. Porque el verdadero bienestar no se decreta en el Diario Oficial: se construye con empleos estables, con servicios de calidad, con respeto a la dignidad de la gente.

La disyuntiva está planteada: o Tuxpan se convierte en motor de desarrollo regional, o en otro monumento a las promesas incumplidas del poder.