Por: Cesar A. Vázquez Lince
Biniza: En política no hay casualidades.
En política no hay casualidades, sólo
jugadas bien pensadas. Y Gerardo Fernández Noroña lo sabe de memoria. Justo
cuando se tambalea por el escándalo de la residencia valuada en 12 millones
de pesos —un golpe directo a la credibilidad de quien por años se vendió
como paladín de la austeridad—, de pronto el escenario cambia: un zafarrancho
en el Senado con “Alito” Moreno. Empujones, manotazos, gritos. Ni un solo
puñetazo real, pero suficiente para que el show mediático corriera por redes y
noticieros. Resultado: la casa pasa a segundo plano y Noroña queda como
“víctima” de la élite priista.
Esto no es novedad en su manual de
supervivencia política. Recordemos que Noroña ha hecho del espectáculo su
escudo: desde colarse con mantas al pleno, irrumpir en conferencias a gritos,
hasta simular confrontaciones para victimizarse. Siempre el mismo patrón: provocar,
generar caos y salir con reflector de mártir. Su estilo es la teatralidad, y
cada acto busca lo mismo: desviar el foco de la crítica y concentrarlo en su
figura.
- Aquel
episodio donde intentó entrar a Palacio Nacional con desplantes de
“revolucionario incomprendido”.
- Sus
gritos y manotazos en la tribuna, buscando la foto, no la propuesta.
- Las
ofensas calculadas contra medios y rivales, con las que siempre termina
disfrazándose de perseguido político.
Robert Greene en sus 48 leyes del poder
describe este truco en la Ley 6: Corteja la atención a cualquier precio.
Noroña la aplica al pie de la letra. Sabe que el olvido mata más que el
desprestigio, y que un escándalo fabricado puede ser más rentable que una
defensa seria. Mientras la opinión pública se entretiene con los empujones,
nadie pregunta de dónde salió el dinero de esa residencia.
El timing no pudo ser más oportuno.
El pleito ocurre justo en el ocaso de su presidencia en el Senado, y la
narrativa mediática se concentra en el “valiente tribuno” agredido, en vez de
en el político cuestionado por enriquecimiento. Es la vieja fórmula de la
cortina de humo: convertir la debilidad en un acto de “resistencia”.
Noroña no improvisa. Lo suyo es un guion
repetido: cada vez que la realidad lo arrincona, inventa un ring. Y mientras la
prensa compra el show, la rendición de cuentas se posterga.
El
Lince ve el patrón: no fue pleito, fue montaje. Y como todo montaje, sirve para
algo: como oxígeno, porque Noroña sabe que mientras se hable de su figura,
aunque sea por un zafarrancho, se opaca el tema de fondo: el dinero, la
opulencia, las contradicciones de quien se dice hombre del pueblo pero vive
como potentado.
Al final, Noroña no es un mártir: es un actor
de reparto en su propio circo. Porque sin circo no hay Noroña.