Ruan Angel Badillo Lagos
¡Hermosa la pluma del mensajero que trae buenas nuevas!
Se viven tiempos de contrastes. En Xalapa, el frío hermana bajo el mismo cielo y, a la vez, las prisas vuelven extraños a quienes lo habitan. Entre el bullicio de los jueves de mercado de San José, el ajetreo de la avenida Lázaro Cárdenas y el sosiego del Parque Juárez, podría parecer un avance de la obscuridad, es decir, la desconfianza, la desesperación y la polarización. Sin embargo, existe una luz inextinguible. Primero, la luz de Cristo; segundo, la luz presente en la dignidad xalapeña, en la solidaridad y en el orgullo por la cultura y la naturaleza.
Esa luz aparece al saludar a quien barre las calles en la madrugada húmeda y fría, compartir un café, al conversar con respeto en el camión rumbo al trabajo o en la fila de una clínica. Se aviva en la universidad pública y privada, en cada recinto. Brilla en manos trabajadoras y en quienes protegen parques y jardines. No es un destello heroico, sino la constancia de muchas personas, sostén de la ciudad.
Acercarse a esa luz no exige perfección, sino decisión. Cuatro aspectos merecen atención:
1. Mirar. Detenerse y reconocer la propia identidad. Ver a Xalapa con amor, junto a sus pendientes, sus avenidas arboladas y su cultura viva, así como sus problemas reales y sus soluciones posibles.
2. Escuchar. Abrir espacios donde todas las voces cuenten, desde la última colonia hasta las Ánimas. Escuchar a jóvenes en busca de oportunidades, a mayores que guardan memoria y a quienes trabajan en el comercio y en el servicio público.
3. Cuidar. Elegir acciones concretas que mejoren hoy la vida de alguien como, por ejemplo, acompañar un trámite, apoyar el tianguis, participar en jornadas de mejoramiento urbano, respetar los pasos peatonales y el uno por uno.
4. Apertura. Abrir las puertas del corazón a Dios, quien atiende y transforma con su luz.
La luz inextinguible requiere participación. La esperanza en Xalapa no es pasiva; implica trabajo compartido. Esa luz necesita alimento constante. Ningún cambio ocurrirá de un día para otro, aunque cada gesto suma claridad en calles, escuelas y hogares. La situación resulta difícil, mas no imposible. Las familias batallan para llegar al fin de mes; la juventud espera oportunidades. Resulta urgente devolver la esperanza a Xalapa mediante cordialidad sin ingenuidad, entendida como estrategia cívica capaz de desarmar la crispación y permitir la construcción de una ciudad mejor.
La luz inextinguible se nutre de verdad y justicia; no maquilla los problemas, los enfrenta y busca soluciones. Conviene hacer la vida más cálida. Cuidar el agua, respetar la ciudad arbolada, privilegiar el transporte público y una movilidad responsable —peatonal, vehicular, en motocicleta y en bicicleta—, apoyar la cultura y, sobre todo, acompañar a personas vulnerables. Todo ello enciende la luz y permite dejarse iluminar por la luz de Cristo.
No corresponde esperar la acción ajena. La luz inextinguible está en manos xalapeñas. Cuando muchas manos la sostienen deja de ser un destello frágil y se transforma en horizonte claro. Avanzar hacia él exige paso firme y corazón abierto, con la certeza humilde de merecer cuidado lo común. En tiempos de contrastes, elegir la luz constituye deber y una oportunidad. ¡Xalapa, ilumínate!
