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viernes, 6 de febrero de 2026

Del petróleo al plato: la diplomacia del susto

 

Del petróleo al plato: la diplomacia del susto

Por Miguel Angel Cristiani G.

Hay decisiones de Estado que no se anuncian con fanfarrias porque delatan miedo, cálculo y, a veces, subordinación. Cambiar petróleo por frijoles no es una anécdota logística: es un mensaje político. Y cuando el mensaje se manda en voz baja, conviene escuchar con atención.

Durante años, México envió millones de litros de petróleo a Cuba bajo el paraguas de la “ayuda humanitaria”. No era un secreto ni un acto aislado: formaba parte de una relación histórica, ideológica y estratégica que sobrevivió a cambios de gobierno y a presiones externas. Hoy, sin reconocimiento oficial, el guion cambia. El crudo deja de fluir; en su lugar, salen buques con alimentos, enseres e insumos esenciales desde el puerto de Veracruz. La presidenta Claudia Sheinbaum lo anunció con cuidado: ayuda sí, petróleo no.

¿Casualidad? En política exterior, las casualidades suelen tener pasaporte. Versiones persistentes —que no desmentidos contundentes— señalan que la administración de Donald Trump advirtió a México que debía cesar los envíos de crudo a la isla. No es una orden escrita; es una advertencia entendida. Washington no necesita levantar la voz cuando basta con fruncir el ceño.

El operativo es visible. La Secretaría de Marina carga ayuda humanitaria en Veracruz con destino a Cuba. Buques zarpan esta misma semana. El discurso es noble: alimentos para quien los necesita. El fondo es menos romántico: evitar fricciones con el vecino incómodo. Como diría Pancho López, el filósofo ateniense xalapeño, no conviene jalar la cola al gato. El problema es que, al cambiar petróleo por frijoles, no dejamos de jalarla: la misma gata, solo que revolcada.

La diplomacia del susto suele vestirse de pragmatismo. “No es claudicación, es realismo”, dirán. Pero el realismo sin principios termina siendo servilismo con agenda. México tiene derecho a ayudar a Cuba sin pedir permiso, del mismo modo que Estados Unidos tiene derecho a incomodarse. La diferencia la marca la dignidad con la que se sostienen las decisiones.

El contexto importa. Veracruz no es cualquier puerto. Por ese mismo malecón desembarcaron tropas estadounidenses en 1914, bajo el pretexto de un agravio diplomático menor y con el verdadero objetivo de presionar al gobierno mexicano en plena Revolución. La historia no se repite como farsa; a veces vuelve como advertencia. Que hoy salgan buques con ayuda humanitaria desde el mismo punto no es irrelevante: la geografía también tiene memoria.

A ese simbolismo se suma un dato inquietante, comentado en corrillos políticos y periodísticos: el sobrevuelo reciente de una aeronave estadounidense sobre territorio veracruzano. No hay versión oficial que explique motivos, ni obligación de hacerlo si se trata de operaciones rutinarias. Pero en el clima actual, el silencio alimenta suspicacias. La política exterior no se conduce con guiños ambiguos cuando la historia pesa tanto.

Conviene distinguir hechos de interpretaciones. Hecho: México envía alimentos y deja de enviar petróleo. Hecho: el anuncio lo hace la presidenta y lo ejecuta la Marina. Hecho: la relación Washington–La Habana sigue siendo un tema sensible para Estados Unidos. Interpretación: México ajusta su política para evitar un conflicto mayor. Juicio de valor: ese ajuste debilita la noción de soberanía energética y de autonomía diplomática que tanto se presume en el discurso.

Nadie pide imprudencias. Nadie propone desafíos inútiles. Pero la política exterior de un país no puede moverse al ritmo de advertencias extraoficiales ni de miradas torvas desde el norte. Menos aún cuando se trata de decisiones que comprometen recursos estratégicos y mensajes simbólicos. Si la ayuda a Cuba es humanitaria, lo era también el petróleo que alimentaba plantas eléctricas y hospitales. Cambiar la forma no cambia el fondo; solo tranquiliza a quien vigila.

El rigor exige preguntar: ¿hubo presión formal? ¿Se evaluaron alternativas? ¿Qué se gana y qué se pierde? ¿Quién decide y con qué criterios? El silencio oficial no es prudencia; es opacidad. Y la opacidad, en democracia, siempre se cobra intereses.

México tiene una tradición diplomática de principios: no intervención, autodeterminación de los pueblos, solución pacífica de controversias. No son consignas de museo; son herramientas para navegar aguas turbulentas sin perder el rumbo. Usarlas selectivamente equivale a renunciar a ellas.

Al final, el problema no es mandar alimentos a Cuba —eso honra—, sino hacerlo como sustituto forzado de una decisión soberana, porque cuando un país cambia petróleo por frijoles para no incomodar, termina pagando el plato con su dignidad.