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lunes, 2 de febrero de 2026

La silla vacía y el ruido que deja: Adán Augusto y el temblor morenista en Veracruz

Por Miguel Angel Cristiani G

Hay renuncias que no se explican por lo que dicen, sino por lo que provocan. La salida de Adán Augusto López Hernández como coordinador de los senadores de Morena no es un simple movimiento interno ni un trámite burocrático de partido; es una sacudida política con réplicas claras en los estados, y en Veracruz, particularmente, el eco es más fuerte, más incómodo y más revelador.

Desde hace décadas he visto ir y venir coordinadores, líderes parlamentarios y jefes políticos. Algunos se van con discreción; otros, dejando incendios. Adán Augusto se va dejando una estela de preguntas, tensiones internas y reacomodos que exhiben la fragilidad de un movimiento que se vendió como monolítico, pero que hoy cruje por dentro.

En Veracruz, la renuncia no es anecdótica. Adán Augusto fue —y sigue siendo— un referente de poder dentro de Morena. Su influencia no se limitaba al Senado: alcanzaba a gobernadores, operadores políticos, estructuras territoriales y aspirantes que, en voz baja o abierta, lo veían como un árbitro confiable y un eventual factor de equilibrio.

Su salida del liderazgo parlamentario rompe ese eje. ¿Consecuencia inmediata? Un vacío de interlocución. Los senadores veracruzanos de Morena pierden a un coordinador con oficio político probado, con línea directa con Palacio Nacional y con capacidad de contención interna. Lo que viene es una etapa de mayor fragmentación, donde los grupos locales —ya de por sí confrontados— buscarán imponer agenda, posiciones y candidaturas sin un mando claro que ordene la tropa.

No es un secreto que en Veracruz Morena no es un bloque homogéneo. Conviven ahí el morenismo fundacional, los recién llegados, los pragmáticos reciclados del viejo régimen y los operadores regionales con intereses propios. Adán Augusto, con todos sus claroscuros, funcionaba como un dique. Su renuncia abre la compuerta.

En términos legislativos, la consecuencia será una menor capacidad de gestión para el estado. Menos acuerdos, menos prioridad presupuestal y más ruido interno. En política, la ausencia de liderazgo no se llena con discursos, sino con disputas. Y esas disputas suelen cobrarse factura en recursos, obras y atención federal.

En el plano electoral, el impacto es aún más delicado. Veracruz se encamina a un proceso sucesorio complejo, con aspirantes adelantados, encuestas amañadas y una militancia cada vez más escéptica. La salida de Adán Augusto debilita a un grupo y fortalece a otros, pero sobre todo acelera la lucha interna sin reglas claras. Morena corre el riesgo de repetir lo que tanto criticó del PRI: fracturas internas disfrazadas de unidad discursiva.

Hay también una lectura nacional que no debe soslayarse. La renuncia envía un mensaje: el poder en Morena ya no se concentra, se dispersa. Y cuando el poder se dispersa sin institucionalidad sólida, surgen los caudillismos locales, las decisiones improvisadas y los errores estratégicos. Veracruz, con su historial de crisis políticas y gobernantes erráticos, no está para experimentos.

Desde la ética pública, el tema exige algo más que grilla. La ciudadanía veracruzana no votó por pugnas internas ni por ajustes de cuentas entre corrientes. Votó por resultados, estabilidad y congruencia. Cada renuncia de alto nivel debería explicarse con claridad y asumirse con responsabilidad, no esconderse tras comunicados ambiguos y silencios calculados.

Adán Augusto se va del Senado, pero deja un problema abierto. La pregunta no es solo quién ocupará su lugar, sino si Morena tiene la madurez política para procesar esta salida sin dañar al país y a los estados. En Veracruz, la respuesta aún no se ve clara, y cuando la política se vuelve opaca, el ciudadano siempre pierde.

Porque al final, más allá de nombres y cargos, lo que queda es una verdad incómoda: cuando el poder se mueve sin rumbo, los cimientos tiemblan… y Veracruz ya sabe demasiado bien lo que pasa cuando nadie quiere hacerse responsable del temblor.