Sin tacto
Por Sergio González Levet
Ella le dijo:
“Tengo miedo, miedo de este aire de norte que silba y hace tronar las paredes y los techos. Tengo miedo de que una lámina se suelte y me dé en la cara o que un espectacular se caiga encima de mi carro. Pero tengo más miedo de salir a la calle y que me toque una bala del fuego cruzado entre los malosos del Mencho y las fuerzas armadas. Y más que vaya a un centro comercial y alguno de los sicarios de ese monstruo hoy muerto tire una bomba molotov o una granada o suelte una ráfaga de una ametralladora”.
Él le contestó que también tenía miedo; que el norte no le preocupaba tanto porque no era más que un fenómeno natural, de Dios, y que él aprieta pero no ahoga. Le confesó que estaba totalmente peído porque la violencia de hoy era causada por seres ¿humanos?, por hombres convertidos en bestias, en algo peor que bestias porque los animales salvajes matan para comer y para defender su vida y la de sus cachorros. Y esos delincuentes matan sin saber por qué lo hacen, sus conciencias comidas por la droga y sus cerebros hechos polvo por las sustancias que consumen para no pensar, para no sentir; para no saber, engendros del demonio, las barbaridades que le hacen a los hijos de Dios.
“Tengo miedo, mucho miedo de que mi hija vaya mañana a la escuela y llegue una célula del crimen a atacar porque sí, porque les mataron a su jefe y esos asesinos creen que alguien tiene que pagar, que inocentes tienen que sufrir por la muerte de ese gran culpable de tantos males”, se quejó ella.
Él pensó que debía consolarla, tranquilizarla, calmarla… pero en su interior bullía la rabia, rezumaba el temor, la desazón ante el peligro inminente e invisible, porque no puedes adivinar nunca de dónde saldrá una camioneta llena de criminales que buscan venganza porque el Gobierno se atrevió a matar a su líder, ése que había sido intocable, invencible, inmortal.
Y a ambos les dio miedo pensar que todo el país estaba en llamas, atacado por las cuatro letras, amenazado en sus hijos y sus abuelos, en sus mujeres indefensas. Y junto al miedo sintieron el pavor de la certeza: la violencia había ganado la batalla y se enseñoreaba de plazas y calles, de carreteras y aeropuertos.
Y no obstante, lo peor de todo era empezar a sentir que tanto crimen era algo normal, aunque nunca natural; que algunos podrían sobrevivir entre las balaceras y las desapariciones.
Pareciera que es de la naturaleza humana acostumbrarse a las peores condiciones de la bestialidad… ¡No! ¡Jamás normalicemos en nuestra mente y el corazón que las cosas tienen que seguir así de mal!
Por eso es mejor el miedo, aunque acabe con nuestra paz interna y externa, porque por más grande que sea, no podrá quitarnos nunca nuestra humanidad.
sglevet@gmail.com
