Ruan Angel Badillo Lagos
¡Hermosa la pluma del mensajero que trae buenas nuevas!
En las tierras de México, las madres buscadoras caminan al amanecer con palas y varillas, guiadas por el amor y la memoria. Sin esperar a nadie, han convertido la esperanza en método y la dignidad en oficio cotidiano frente al silencio y la violencia. Cansadas de llorar se aferran a la promesa que dice: “bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación”. No se cruzan de brazos; se ponen en marcha.
La salida al alba
Al amanecer, cuando el frío cala en los huesos y la neblina roza el suelo, ya avanzan. No esperan permiso ni escolta, se reconocen por la voz quebrada y las manos curtidas, por los nombres grabados en el pecho a modo de brújula. Llegan en camionetas viejas, con termos de café y una esperanza intacta. Nadie las preparó para esta tarea.
El método del amor
El ritual resulta sencillo y esperanzador. Primero, mirar. Luego, tantear con varillas la piel del campo, escuchar la respuesta de la tierra. Las herramientas caben en un maletero, palas, cubrebocas, guantes, botellas con líquido capaz de revelar lo invisible. Sin embargo, la guía no figura en ningún manual. Es el amor vuelto método. Amor hecho obra, capaz de leer la humedad y distinguir olores insoportables. Amor que no se detiene cuando el viento sopla en contra.
La vida entre silencios
En descansos breves comparten pan y silencios. Evocan uniformes escolares guardados en cajas, carcajadas ausentes en la casa. Se sostienen de los hombros para no caer, pronuncian nombres de hijos que no llegan. El mundo se divide en dos tiempos, es decir, antes de la desaparición, cuando la vida seguía horarios; después, cuando el tiempo se partió y cada hora pertenece a la búsqueda.
Cuando la tierra responde
El campo no siempre ofrece respuestas. A veces entrega indicios mínimos capaces de encender la esperanza; otras, abre la puerta del horror. Cuando la varilla vibra y el olor asciende desde el fondo la jornada se vuelve filo. No surge heroísmo en ese instante, sino que se experimenta un golpe seco en el pecho, un rezo mudo, la urgencia de resguardar lo hallado con el respeto negado en vida.
La búsqueda que no duerme
La noche cae y regresan con el cuerpo exhausto y el corazón en vilo. En casa lavan la tierra de las manos, gesto semejante al intento de volver a un mundo ajeno. Preparan mochilas para el siguiente día, organizan mensajes, sostienen a quienes hoy no pudieron salir. La búsqueda no termina al apagar la linterna, continúa en oficinas, pasillos interminables, escritorios incapaces de comprender. Aprendieron el lenguaje áspero de los trámites y las firmas; no renuncian, sin embargo, al único diccionario esencial, es decir, el nombre propio del hijo.
La esperanza como herramienta
En estos caminos comprendieron que la esperanza no es sentimiento blando. Es una herramienta tosca, pesada, cargada al hombro con dolor. Lámpara breve, suficiente para dar el siguiente paso. Lloran y Dios consuela. Porque así se sabe: “bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación”.
