Por Miguel Angel Cristiani G.
Hay nombres que nunca se van de la política
veracruzana; se esconden, se repliegan, esperan… y regresan cuando el tablero
comienza a moverse. En estos días, entre el ruido incesante de las benditas
redes sociales y los pasillos donde aún se toman decisiones reales, vuelve a
escucharse uno con insistencia: Pepe Yunes.
No se trata de nostalgia ni de ocurrencias
digitales. El comentario recurrente es que el político peroteño podría
reaparecer en las boletas para la gubernatura de Veracruz. ¿La plataforma? Un proyecto
que avanza con discreción, pero con método: Somos México, movimiento en
proceso de convertirse en partido político nacional.
Conviene poner los pies en la tierra. “Somos
México” no es aún partido, pero ya superó varios filtros técnicos del Instituto
Nacional Electoral: número de asambleas estatales, afiliaciones y
estructura mínima. En Veracruz, aseguran contar con cerca de 20 mil afiliados y
presencia en municipios clave como Xalapa, Córdoba, Orizaba, Coatzacoalcos y
Papantla. No es una cifra menor ni un dato decorativo; es músculo territorial
en formación.
El dictamen del INE, se dice, podría emitirse en un
par de meses. De concretarse, el movimiento pasaría de la fase romántica —la de
los manifiestos y las buenas intenciones— a la cruda realidad de la competencia
electoral. Y es ahí donde el nombre de Pepe Yunes vuelve al centro de la
conversación, no como accidente, sino como cálculo.
Yunes no es un improvisado. Ha sido senador,
diputado federal y candidato a gobernador. Conoce las entrañas del sistema, sus
vicios y sus inercias. Para bien o para mal, representa una política
profesional que hoy muchos desprecian en el discurso, pero extrañan en los
hechos. Su eventual postulación para 2030 no sería un salto al vacío, sino el
intento de capitalizar experiencia en un contexto de hartazgo ciudadano.
Detrás de “Somos México” aparecen figuras que
buscan vestir al proyecto de respetabilidad académica y perfil ciudadano, como Carlos
Luna y Raúl Arias Lovillo, ambos exrectores universitarios. Su
participación no es anecdótica: apunta a un discurso de reconstrucción
institucional, de contrapesos y de racionalidad pública frente a la política de
consigna.
El mensaje implícito es claro: primero consolidar
el partido, luego construir la candidatura. No al revés. Una ruta que contrasta
con la costumbre nacional de fabricar siglas desechables al servicio de
ambiciones personales. Aquí, al menos en el papel, se plantea un proceso más
ordenado, más largo, más exigente.
Ahora bien, no hay que engañarse. Veracruz no es un
laboratorio académico; es un campo minado por intereses, clientelas y memorias
recientes de corrupción, violencia y simulación. Pensar que una nueva etiqueta
partidista resolverá por sí sola el desencanto ciudadano sería insultar la
inteligencia del elector. El reto no es solo registrarse ante el INE, sino
convencer a una sociedad cansada de promesas recicladas.
Pepe Yunes carga también con su propio expediente.
Para algunos, representa seriedad y capacidad técnica; para otros, es parte de
una clase política que ya tuvo su oportunidad. Esa tensión será inevitable y,
si el proyecto es serio, deberá enfrentarse sin maquillaje ni propaganda hueca.
Lo que sí es un hecho es que el tablero político
comienza a moverse con más anticipación de lo habitual. 2030 parece lejano,
pero en política cuatro años pasan en un suspiro. Quien no empieza a construir
hoy, mañana solo reaccionará.
La pregunta de fondo no es si Pepe Yunes puede
volver a ser candidato, sino si Veracruz está dispuesto a discutir, con madurez
y sin fanatismos, qué tipo de liderazgo necesita para salir del pantano en el
que lleva años atrapado.