Dicen los manuales de propaganda que una buena
imagen puede reescribir una biografía. Y a veces lo logra… hasta que la memoria
colectiva decide no cooperar. La fotografía difundida por Comunicación Social
del municipio de Boca del Río, donde aparece la presidenta municipal María
Josefina Gamboa Torales —Mari José Gamboa— enfundada en una sudadera con el
logotipo de la policía, flanqueada por un guardia y el inspector municipal, es
un ejemplo perfecto de ese intento.
La imagen busca proyectar autoridad, cercanía con
la corporación, control del territorio. Orden. Pero como bien reza el lugar
común —ese que a veces sí es cierto—, una imagen vale más que mil palabras…
sobre todo cuando despierta recuerdos que nadie ha logrado borrar.
Al verla circular en redes sociales, más de uno no
pensó en seguridad pública, sino en aquella madrugada de julio de 2014 en el
bulevar de Boca del Río. No por morbo, sino por memoria. Fue entonces cuando
María Josefina Gamboa atropelló y causó la muerte de una persona mientras
conducía en estado de ebriedad. El hecho no es rumor ni grilla: es un
antecedente judicial documentado. En 2016 fue declarada culpable de homicidio
culposo y condenada a 15 meses de prisión, pena que le fue conmutada conforme a
la ley.
La vida, ciertamente, da vueltas. Hoy, enero de
2026, la misma persona ocupa la presidencia municipal de Boca del Río. El dato
no es menor ni anecdótico: habla de la capacidad del sistema político mexicano
para reciclar perfiles y de la corta memoria institucional cuando el cálculo
electoral conviene.
No se discute aquí su derecho legal a participar en
la vida pública. La ley se cumplió en su momento. El punto es otro: el ético y
el simbólico. Gobernar, sobre todo en un municipio de alto perfil mediático, no
solo exige legalidad, sino autoridad moral. Y esa no se construye con sudaderas
ni sesiones fotográficas.
La trayectoria política de Gamboa es extensa:
diputada local en dos legislaturas, diputada federal, funcionaria municipal,
comunicadora de larga data. Nadie puede decir que llegó por accidente. Pero
tampoco se puede exigir al ciudadano que haga borrón y cuenta nueva cuando los
episodios del pasado han sido tan reiteradamente polémicos.
En 2019, su nombre volvió a ocupar titulares por su
participación en la comisión legislativa que debía decidir sobre el juicio
político contra Jorge Winckler, el exfiscal Yunista que había sido su abogado
defensor. El conflicto de interés fue evidente, aunque políticamente
administrado. Ese mismo año se viralizaron videos donde se le observa
agrediendo a un abogado y a personal de seguridad del Congreso, con
señalamientos explícitos de consumo de alcohol. El mote de “Lady diputada” no
surgió de la nada.
Nada de esto es linchamiento. Es contexto. Y el
contexto importa cuando se ejerce poder público. Más aún cuando se pretende
encabezar —simbólicamente— a una policía municipal, institución que debería
representar legalidad, disciplina y respeto a la ley.
La pregunta de fondo no es si Mari José Gamboa
puede gobernar. La ley ya respondió eso. La pregunta es si entiende el peso de
su historia personal en el ejercicio del cargo y si su gobierno será capaz de
actuar con prudencia, mesura y responsabilidad institucional. Boca del Río no
necesita espectáculos ni poses; necesita seguridad real, servidores públicos
sobrios y autoridad creíble.
Las imágenes oficiales no deben provocar inquietud
ni ironía, sino confianza. Cuando ocurre lo contrario, algo falla en el mensaje…
o en el mensajero. O en ambos.
Ojalá la experiencia —toda, la buena y la mala—
haya servido para madurar el ejercicio del poder. Porque Boca del Río no está
para revivir apodos ni episodios vergonzosos. Está para exigir resultados y
conducta pública intachable.
La ciudadanía observa. Y la memoria, aunque a
algunos les incomode, sigue teniendo muy buena vista.
