DE PRIMERA MANO
*La fábula
de Gargamel
Un boletín
fechado en la Ciudad de México le puso ayer por la tarde, el primer nombre
oficial a la muerte de Zenyazen Escobar García.
La FGR informó
que, tras más de 150 diligencias, inspecciones y peritajes, y en coordinación
con la Fiscalía General del Estado de Veracruz, “las principales líneas de
investigación apuntan a un suicidio”. El texto es cuidadoso, casi notarial, y
ahí radica su fuerza y su límite al mismo tiempo:
“De un
análisis individual, integral y sistemático de los indicios, dictámenes,
exámenes y testimonios con los que se cuenta, las principales líneas de
investigación avanzan, coinciden y apuntan en el sentido de haberse tratado de
una muerte por suicidio.”
La FGR cuida
no cerrar la puerta del todo: aclara que las investigaciones continuarán y que
no se descarta, eventualmente, la posibilidad de otros móviles.
Es la
fórmula de siempre, la que permite avanzar una hipótesis sin comprometerse con
ella para siempre, pero políticamente el mensaje ya viajó: el diputado federal
de Morena por el distrito 16 de Córdoba, secretario de Educación en el gobierno
del inútil (AMLO dixit) de Cuitláhuac García, se quitó la vida el 4 de
septiembre en La Gloria, municipio de Puente Nacional, al volante del automóvil
de su hija.
Frente a
esta información, la gobernadora Rocío Nahle respondió, otra vez, con la
palabra que ha usado desde el primer día, un lacónico “lamentable”.
Lo dijo
cuando se conoció el hallazgo del cuerpo, lo repitió en el velorio, lo repitió
cuando le preguntaron por el retén que operaba cerca del lugar y que fue
retirado horas antes, y lo repite hoy, ante la conclusión preliminar de la FGR.
Es una
palabra que sirve para todo porque no compromete con nada: cabe igual para un
suicidio que para un homicidio, para una negligencia que para una ejecución.
Y ahí es
donde hay que detenerse y preguntarle a la gobernadora, sin ánimo de morbo, qué
es lo que en el fondo esperaba que dijera ese boletín.
Porque la
circunstancia en la que fue hallado Zenyazen—un disparo, un arma entre las
piernas, un vehículo sin daños visibles, un retén desmontado poco antes en la
misma ruta, una carretera que atraviesa una de las zonas más disputadas
política y criminalmente del corredor Xalapa-Veracruz— no apuntaba de manera
obvia hacia el desenlace que hoy sostiene la FGR.
Dadas esas
condiciones, lo razonable era no descartar, desde el primer momento, la
hipótesis de un homicidio doloso, incluso la de una ejecución con apariencia de
suicidio, un recurso que en Veracruz no es precisamente novedoso.
No hay que
olvidar el contexto inmediato de Zenyazen en los días previos a su muerte: la
disputa abierta por el reparto de direcciones y de obra pública en el
ayuntamiento de Córdoba, los señalamientos cruzados con el alcalde y con
operadores locales, las presiones internas de una bancada morenista donde las
posiciones para 2027 ya se cocinan a fuego lento.
Ninguno de
esos elementos prueba nada por sí solo, pero todos, juntos, deberían haber
obligado a la autoridad a moverse con el mismo cuidado con el que hoy redacta
un boletín, no después de que la hipótesis del suicidio ya se instaló en la
conversación pública, sino desde el primer minuto.
Queda, pues
la pregunta, ¿qué es lo que orilla a un hombre en apariencia exitoso —con
cargo, con historia, con una carrera que lo llevó de las luchas magisteriales a
una Secretaría de Despacho y luego a San Lázaro— a segar su propia vida.
Si la FGR confirma
su hipótesis, esa pregunta le pertenece más a la salud mental, a las presiones
invisibles de la clase política, al costo humano de una carrera construida a
punta de lealtades y traiciones, que a la nota roja.
Y si no la
tiene, entonces el boletín de esta tarde no cerró nada: apenas aplazó, con
parsimonia institucional, la pregunta más incómoda de todas.
*****
Gargamel llevaba un
par de años tendiendo trampas para los pitufos. Dos años de fracasos idénticos.
Y en ese lapso, ni una sola vez se le ocurrió preguntarse por qué la trampa
fallaba. Prefería preguntarse quién tenía la culpa de que fallara —que es una
pregunta mucho más cómoda, porque la respuesta nunca es uno mismo.
Azrael, su gato, puso
el dedo en la llaga
—Amo, la
jaula tiene un hoyo en el fondo, ¡por ahí se escapan siempre!, dijo
entusiasmado.
Pero Gargamel
no vio el hueco, evaluó a Azrael.
—¡Traidor!
¡Te compró Papá Pitufo! ¡Siempre supe que ese maullido tuyo sonaba a soborno!
No arregló
la jaula, pero sí encontró a un culpable, para Gargamel eso siempre fue
suficiente —gritar, echar culpas, descalificar, vilipendiar, ofender, pero confundía
haber gritado con haber resuelto algo.
El patrón
se volvió costumbre, cuando el conjuro fallaba, no era el conjuro: era el libro
de hechizos, saboteado por brujas envidiosas; cuando la poción explotaba, no
era su responsabilidad: era el caldero, fabricado por herreros a sueldo de los
pitufos; cuando Azrael, ya harto, dejó de avisarle, Gargamel ni
lo notó: para entonces prefería el silencio de un gato adulador al ruido de un
gato honesto.
Un
cortesano mudo le molestaba menos que un consejero con razón.
Un búho lo
observó durante años sin que nadie le preguntara su opinión, hasta que decidió
dársela de motu proprio:
—Líder, -le
djio al hechicero-, no eres una víctima del bosque. Eres alguien que jamás
revisó una sola trampa porque siempre encontró a quién culpar antes de
encontrar la falla, y ahora cuando te señalan los errores, vas como plañidera.
Te quedaste
solo no porque el mundo conspirara contra ti, sino porque alejaste a cada uno de
los que se atrevieron a decirte dónde estabas fallando.
Gargamel, fiel a sí
mismo, también le gritó al búho y remató, ya sin público, murmurando que el
bosque entero estaba comprado.
Moraleja:
no es que el poder vuelva estúpido a nadie, es que la estupidez, cuando tiene
poder, jamás necesita corregirse a sí misma —le basta con gritarle al espejo.
¡Qué barbaridad!
deprimera.mano2020@gmail.com
