IMPRONTA
Carlos Miguel Acosta Bravo
La política migratoria del presidente Donald Trump
no solo está cambiando el discurso, está cambiando los números. Según un
análisis del Center for Immigration Studies (CIS) basado en la Current
Population Survey (CPS) del Census Bureau, la población nacida en el extranjero
cayó 2.9 millones entre enero de 2025 y julio de 2026, después de un
crecimiento de 8.3 millones en el periodo 2023–2025. Es la primera reducción
sostenida desde la década de 1930 y revela un fenómeno claro, menos entradas,
más salidas y mayores controles en la frontera y al interior del país.
Un “efecto pinza” está disuadiendo
entradas y obligando salidas, el descenso no es casual. El gobierno del
Presidente Trump activó un “efecto pinza” que combina disuasión en la frontera
con presión operativa al interior. Por un lado, consiste en sellar la frontera
—con mayor presencia operativa (10,000 militares mexicanos y estadounidenses) ,
retornos expeditos y restricciones de entrada— redujo el flujo neto de nuevos
migrantes. Por el otro, los operativos del ICE, las auditorías a empleadores y
la ampliación de criterios de detención elevaron el costo de permanecer en
EE.UU., incentivando salidas voluntarias y reduciendo la permanencia de
indocumentados.
El Departamento de Seguridad Nacional reportó cerca
de 3 millones de extranjeros que han abandonado los Estados Unidos en el primer año de la administración. Alrededor
de 675,000 deportaciones obligadas y 2.2
millones de “autodeportaciones” salidas voluntarias bajo presión operativa y
riesgo de detención. El resultado es una migración neta negativa. El total de
la población extranjera que registró Estados
Unidos pasó de aproximadamente 53.3 millones a 50.5 millones, y el CIS estima
que la población indocumentada bajó de 15.8 a 13.5 millones.
No solo indocumentados,
también cayó la población legal y temporal. La caída de 2.9 millones no se
explica únicamente por deportaciones. Incluye a residentes permanentes,
visitantes de larga estancia y naturalizados. Restricciones administrativas y
mayor escrutinio en visas de trabajo, estudio y turismo disminuyeron entradas
netas de extranjeros con estatus legal. Familias mixtas y titulares de visas
optaron por salir o no renovar ante un entorno de mayor fiscalización y riesgo
de cambios regulatorios. La narrativa de “cero tolerancia” y la visibilidad de
operativos redujeron la percepción de permanencia segura, afectando decisiones
de migrar o quedarse.
La lectura correcta a esta
corriente migratoria es que es el flujo neto, no solo deportaciones aumentaron.
Es crucial entender que el dato de 2.9 millones no equivale a “2.9 millones deportados”
sino que la variación neta refleja menos llegadas y menos salidas por
deportaciones, emigración voluntaria, legalizaciones y mortalidad. La CPS tiene
un margen de error más o menos 1 millón
al 90% de confianza para el total de extranjeros, pero la magnitud y
persistencia del descenso sugieren un cambio estructural, no solo ruido
estadístico.
Una caída de esta escala tiene efectos inmediatos
en sectores intensivos en mano de obra migrante -construcción, agricultura,
servicios, hostelería- y puede presionar salarios al alza en el corto plazo,
pero también reducir la oferta laboral y el consumo en regiones dependientes de
migrantes. Demográficamente, frena el crecimiento poblacional y el dinamismo de
la fuerza de trabajo, con posibles impactos en la recaudación fiscal y la
sostenibilidad de programas sociales en estados con alta concentración de extranjeros.
Para México y Centroamérica, el mensaje es claro,
la puerta se estrechó. Para EE.UU., el dilema es más complejo. ¿Se puede
mantener un modelo económico que depende de mano de obra migrante mientras se
aplica una política de “cero tolerancia”? ¿Quién llenará los huecos en sectores
productivos críticos si la migración neta se vuelve negativa de forma
sostenida?
Más allá del debate político, el número indica un
giro histórico, por primera vez desde los años 30, EE.UU. se registró una
reducción sostenida de su población extranjera. Las consecuencias económicas,
sociales y demográficas definirán la agenda migratoria de los próximos años. La
pregunta no es solo si la política funciona para reducir la migración
indocumentada -los datos sugieren que sí-, sino si el costo en crecimiento,
dinamismo y cohesión social es sostenible a largo plazo.
La política migratoria de Trump está logrando su
objetivo numérico. Pero como toda política pública, su éxito debe medirse
también en sus efectos colaterales. Y ahí, los números y la actividad económica
dónde su mano de obra es fundamental, apenas comienza a contarse la historia
completa.
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cacostabravo@yahoo.com.mx
Maestro en Comunicación por la Universidad
Iberoamericana. Formó parte del cuerpo
académico de la Licenciatura en Comunicación en esa institución, así como de la
Universidad Anáhuac, campús norte.
