Por Miguel Ángel Cristiani
Hay gobiernos que inauguran obras.
Otros inauguran ocurrencias.
Y el Ayuntamiento de Tuxpan,
encabezado por Daniel Cortina Martínez, parece empeñado en inaugurar una nueva
modalidad de política cultural: presentar un libro, presumir que fue un éxito
y, cuando comienzan las críticas, apagar el micrófono.
Así de sencillo.
Desde las redes oficiales del
Ayuntamiento se calificó como “exitosa” la presentación del libro Tecomar, de
Carlos Viveros Figueroa.
El pequeño detalle es que quienes
estuvieron ahí cuentan una historia bastante diferente.
Porque si por “éxito” se entiende
que el público cuestione al autor, que especialistas en la materia señalen
inconsistencias, que familiares de protagonistas de aquella historia
contradigan la versión presentada, que los organizadores entren en pánico y
terminen apagando el micrófono a uno de los participantes, entonces
efectivamente estamos ante un éxito.
Un éxito municipal.
De esos que solamente funcionan
en los boletines oficiales.
La escena más vergonzosa ocurrió
cuando intervino Omar Olvera de Luna, reconocido especialista en Derecho
Portuario, quien cuestionó públicamente el contenido de la obra y expuso
argumentos sobre lo que consideró inconsistencias y graves faltas a la verdad
histórica.
¿La respuesta del Ayuntamiento?
¿Un debate?
¿Una explicación documental?
¿Una réplica académica?
No.
Le apagaron el micrófono.
Magnífica aportación del área de
Cultura.
Seguramente alguien debió pensar
que, al cortar el sonido, también desaparecían los argumentos.
Como si la verdad histórica
funcionara con interruptor.
Como si el conocimiento jurídico
se pudiera desconectar desde una consola.
Como si el público tuxpeño fuera
tan ingenuo que, al dejar de escuchar al crítico, automáticamente aceptaría la
versión del libro.
Pero ocurrió exactamente lo
contrario.
La censura improvisada convirtió
una presentación literaria en un espectáculo político.
Y entonces comenzaron a aparecer
más voces.
Familiares de Peter Harmsen
Garms, señalado como socio mayoritario de Tecomar S.A. de C.V., cuestionaron la
versión expuesta en el libro y defendieron públicamente la participación de
otros socios y de sus equipos jurídicos y de gestión en el proceso que llevó a
Tuxpan a incursionar en el manejo de contenedores.
Es decir, la historia que
pretendía presentarse como una verdad escrita terminó convertida en una disputa
pública sobre quién hizo qué.
Y cuando el Ayuntamiento quiso
contener la situación, tampoco pudo.
Juan Pablo Alcántar tomó el
micrófono para intervenir, pero el público, ya encendido, terminó
interrumpiéndolo.
Otros asistentes también lanzaron
cuestionamientos y calificativos contra el autor.
Hasta que llegó el momento
sublime de la cultura municipal:
Se acabó la función.
Se terminó antes de tiempo la
presentación y se despidió al público.
No porque el debate hubiera
concluido.
Sino porque, al parecer, ya no
aguantaban ni lo duro ni lo tupido.
Y luego, desde la oficina
correspondiente, se publicó que había sido una “exitosa presentación”.
¡Qué imaginación!
Quizá en el Ayuntamiento confundieron
una presentación de libro con una conferencia de prensa controlada.
En una presentación seria se
presentan ideas y se aceptan preguntas.
En una presentación democrática
se escucha al público.
En una presentación académica se
confrontan documentos y argumentos.
Pero en Tuxpan parece que
descubrieron otro método:
si no te gusta la pregunta, apaga
el micrófono.
El problema es que eso no
solamente exhibe al organizador.
También exhibe al gobierno.
Porque una administración
municipal que presume pertenecer a la transformación debería entender que la
crítica no es una agresión.
Es parte de la democracia.
Y si los funcionarios encargados
de la cultura pierden la compostura ante un cuestionamiento jurídico, quizá
habría que preguntar qué clase de preparación tienen para ocupar esos cargos.
Porque de cultura podrán presumir
mucho.
De civilidad, en esta ocasión,
bastante poco.
Y todavía queda el asunto del BM
Tuxpan, buque vinculado a Tecomar cuyo hundimiento en el Atlántico derivó en
procedimientos judiciales en Estados Unidos y en reclamos por la muerte de sus
tripulantes. Durante el acto se hicieron señalamientos sobre esos antecedentes
y sobre las responsabilidades que habrían sido establecidas en dichos procesos.
Una tragedia humana de esa
magnitud no debería utilizarse como simple nota al pie de una historia
empresarial.
Detrás de los expedientes hay familias.
Detrás de los barcos hay marinos.
Y detrás de las estadísticas hay
seres humanos.
Por eso resulta todavía más
delicado que una administración municipal pretenda presentar una publicación de
esta naturaleza como parte de una historia oficial sin permitir que quienes
tienen otra versión puedan expresarla.
Porque una cosa es escribir un
libro.
Y otra muy diferente es pretender
escribir la historia de Tuxpan y esperar que nadie contradiga una sola línea.
Lo verdaderamente revelador de
aquella noche no fue el libro.
Fue el comportamiento de quienes
intentaron presentarlo.
Porque cuando un gobierno presume
que un acto fue exitoso mientras los asistentes describen un escenario de
confrontación, censura y desorden, queda una pregunta elemental:
¿Quién está informando a quién?
¿El Ayuntamiento a los tuxpeños?
¿O los tuxpeños al Ayuntamiento?
Daniel Cortina todavía no termina
su primer año y ya tiene una asignatura pendiente que no aparece en ningún
programa cultural:
aprender que gobernar también
significa saber escuchar.
Porque el micrófono se puede
apagar.
El boletín se puede maquillar.
Las fotografías se pueden
seleccionar.
Y hasta se puede escribir que
todo salió “exitosamente”.
Pero hay algo que ningún
departamento de Comunicación Social puede editar:
lo que vio y escuchó la gente.
Y si la cultura municipal
necesita apagar el sonido para poder presentar sus éxitos, entonces quizá no
estamos ante una política cultural.
Estamos ante la cultura del
apagón.
Y esa sí que merece una presentación
pública.
Aunque, por favor, que no le
apaguen el micrófono a nadie.
