IMPRONTA
Carlos Miguel Acosta Bravo
La marcha del Centro de Alta Especialidad (CAE) de
Xalapa hacia la plaza Lerdo no fue solo una protesta por insumos faltantes; fue
un síntoma de un problema mayor: la erosión de la confianza en el hospital de
tercer nivel más importante de Veracruz. Lo que comenzó como reclamos por
carencias de material quirúrgico y medicamentos se transformó en un
cuestionamiento profundo a la capacidad operativa, la seguridad clínica y la
gobernanza del nosocomio, tras las declaraciones del delegado estatal del IMSS
Bienestar, Roberto Ramos Alor: “si no quiere operar, pues que no opere,
al fin de cuentas nosotros tenemos en las manos su evaluación”.
Desde hace semanas, médicos residentes, personal de
enfermería, administrativo y familiares de pacientes han denunciado la falta de
insumos básicos: gasas, suturas, soluciones, cubrebocas y medicamentos
esenciales. Esta carencia ha obligado a cancelar o posponer procedimientos de
alta especialidad, exponiendo a pacientes a riesgos por retrasos y atendiendo
casos complejos en condiciones subóptimas.
La respuesta institucional a estas denuncias, lejos
de tranquilizar, exacerbó el conflicto. En una reunión interna, Ramos Alor
vinculó la disposición de operar con la evaluación del personal, generando la
percepción de que el sistema de calificaciones se usa como mecanismo de presión
ante la denuncia pública.
La crisis del CAE revela fallas estructurales que
van más allá del desabasto coyuntural, la seguridad del paciente. Un hospital
de alta especialidad debe garantizar la disponibilidad de materiales críticos.
El desabasto sostenido sugiere que el CAE no está operando como un centro de
salud resolutivo confiable para casos complejos en Veracruz.
El clima laboral y autoridad clínica, la
advertencia sobre “tener en las manos su evaluación” se interpreta como una
amenaza que desincentiva la denuncia interna y debilita la autonomía clínica,
al vincular el desempeño académico-laboral a la disposición de operar en
condiciones precarias.
La gobernanza y transparencia, la necesidad de
protestas públicas y la difusión de videos de confrontación indican fallas en
los canales institucionales de diálogo y en la rendición de cuentas sobre el
abasto, alimentando la percepción de opacidad en la gestión.
Poner en riesgo la formación de especialistas, los
residentes señalan que la carencia de insumos afecta su formación y el
cumplimiento de programas académicos, lo que compromete la calidad futura de
los servicios de alta especialidad en la entidad.
Poner en riesgo la credibilidad institucional, aunque
IMSS Bienestar a nivel nacional se deslindó de las expresiones de Ramos Alor y
anunció “medidas correctivas”, sin precisar sanciones concretas, y reportó un
surtimiento de 4 millones de piezas entre el 31 de agosto y el 7 de septiembre,
las protestas continuaron. Para el personal y familiares, esto no resuelve la
percepción de desabasto crónico y gestión deficiente.
El episodio del CAE no cuestiona solo la falta de
gasas o suturas; cuestiona un modelo de gestión que, en la percepción del
personal y la ciudadanía, prioriza el control administrativo sobre las
condiciones clínicas mínimas. Cuando la evaluación del personal se convierte en
moneda de cambio ante la denuncia de carencias, se rompe el pacto fundamental
entre institución y trabajador de la salud: la prioridad es el paciente, no la
jerarquía.
Veracruz merece un hospital de tercer nivel que
funcione como tal, con insumos, con transparencia y con una gestión que
proteja, no que amenace, a quienes tienen en sus manos la vida de los
veracruzanos. La marcha a plaza Lerdo fue un mensaje claro, el bisturí no puede
pesar menos que la evaluación.
Maestro en comunicación por la Universidad
Iberoamericana, de la cual formó parte del cuerpo académico de la licenciatura
en comunicación.
