Por Miguel Angel Cristiani G.
En un país donde la fiscalización suele naufragar
entre la simulación, el burocratismo y la impunidad, escuchar cifras claras,
procesos definidos y resultados medibles no es menor. Es, de hecho, una rareza.
Y las rarezas, cuando son virtuosas, merecen análisis crítico, no aplausos
automáticos.
El Procedimiento de Fiscalización Superior,
como lo explicó la titular del ORFIS ante el Congreso del Estado, no es un
ritual administrativo vacío. Es una ruta técnica que atraviesa planeación,
ejecución de auditorías, comprobación, integración de informes, investigación y
substanciación. Todo ello bajo principios que deberían ser obvios, pero que en
la práctica suelen ser letra muerta: legalidad, imparcialidad, definitividad y
confiabilidad.
Los números hablan. En 2025 se integró un Programa
Anual de Auditorías con 1,396 revisiones, un incremento del 15 por
ciento respecto a 2024. No es un dato ornamental: más auditorías significan
mayor cobertura, más revisión y menos espacios para la discrecionalidad. Al
concluir el procedimiento, se determinó un presunto daño patrimonial en 223
entes fiscalizables por más de 2 mil 372 millones de pesos. Otros 311
entes presentaron inconsistencias administrativas. No se trata de
acusaciones al aire: son observaciones técnicas sustentadas en documentación
revisada.
Aquí conviene detenerse. El daño patrimonial no es
sinónimo automático de culpabilidad penal, pero sí de responsabilidad
administrativa y, eventualmente, legal. La diferencia entre una fiscalización
seria y una simulada está en lo que sigue después. Y es ahí donde el ORFIS,
bajo esta gestión, ha marcado distancia.
De las 1,773 investigaciones iniciadas por
presunto daño patrimonial, sólo 309 continúan en proceso. Un avance del 83
por ciento. Traducido: expedientes que no se empolvan, procedimientos que
no se congelan, decisiones que no se postergan indefinidamente. Esto se reflejó
en 1,985 actuaciones y 1,192 actividades jurídicas y de investigación,
en coordinación con diversas instancias. La fiscalización, cuando es real, es
trabajo arduo y poco lucidor. Aquí hay constancia de ello.
Más aún: durante esta gestión se han interpuesto 181
denuncias que representan un daño patrimonial superior a 942 millones de
pesos, dentro de un universo histórico de 361 denuncias por más de 35
mil millones. El dato clave no es sólo el monto, sino la coordinación
con la Fiscalía Anticorrupción, que ha permitido depurar expedientes y
avanzar en la judicialización de carpetas. En un entorno donde las fiscalías
suelen ser el cuello de botella, esta colaboración no es un detalle menor.
La recuperación de recursos es otro indicador
incómodo para quienes prefieren la retórica a los resultados. En la etapa de
solventación se han recuperado más de 2 mil 176 millones de pesos de
cuentas públicas entre 2011 y 2024. En la etapa de investigación, desde
noviembre de 2021, otros 183 millones. El dinero público que regresa a
su cauce no es un favor del funcionario; es una obligación constitucional.
Nada de esto ocurre por generación espontánea. Hay
detrás un Plan Estratégico 2019-2026, con tres ejes claros:
fiscalización como instrumento de mejora, combate a la corrupción con
vinculación efectiva y gestión pública de calidad. Hay también sistemas
desarrollados por el propio ORFIS, registrados como propiedad intelectual, y
una apuesta por la profesionalización del capital humano. Sin estructura, sin
método y sin personal capacitado, la fiscalización es puro teatro.
¿Es perfecto el sistema? No. ¿Se erradicó la
corrupción? Tampoco. Pero hay una diferencia sustancial entre quien administra
inercias y quien construye procesos. La comparecencia de Delia Cobos no fue un
ejercicio de autoelogio, sino una rendición de cuentas con datos verificables,
documentos entregados en tiempo y procedimientos activados conforme a la ley.
En tiempos donde la desconfianza ciudadana es
justificada, la fiscalización efectiva no debe ser vista como excepción, sino
como exigencia permanente. El reto no es menor: sostener estos avances,
blindarlos de vaivenes políticos y garantizar que el trabajo técnico no sea
rehén del cálculo electoral. La rendición de cuentas no admite treguas ni
discursos huecos. O se ejerce con rigor, o se traiciona al ciudadano. Aquí, al
menos, hay señales claras de que se está haciendo lo primero.

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