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sábado, 19 de septiembre de 2026

INTELIGENCIA ARTIFICIAL: ¿CONFRONTACIÓN O ENCUENTRO?

Por Francisco Berlín Valenzuela*


En los últimos tiempos se ha hablado con frecuencia de una posible confrontación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana. Algunos observan con preocupación la paradoja que representa el extraordinario desarrollo de estas nuevas tecnologías y advierten sobre los riesgos que pueden representar para el futuro de nuestra especie.


La preocupación es legítima. Pero, a mi juicio, debemos preguntarnos si el camino correcto consiste en enfrentarnos al progreso tecnológico o, por el contrario, en aprender a conducirlo para ponerlo al servicio del ser humano.


La historia de la humanidad es, en buena medida, la historia de su capacidad para crear herramientas y utilizarlas para superar sus propias limitaciones. Desde el descubrimiento del fuego y la invención de la rueda hasta la imprenta, la electricidad, los medios de comunicación, la computadora, las tecnologías digitales y la conquista del espacio, cada generación ha recibido nuevos instrumentos que han transformado su manera de vivir.


Si la humanidad hubiera decidido detenerse ante cada innovación, por temor a sus posibles consecuencias, probablemente seguiríamos viviendo como nuestros antepasados en la Edad de Piedra.


Por ello, no considero que la inteligencia artificial deba ser vista necesariamente como enemiga de la inteligencia humana. Puede convertirse, si sabemos utilizarla con responsabilidad, en una extraordinaria herramienta para ampliar nuestras posibilidades de conocimiento, investigación, educación, creación y comunicación.


Pero existe una condición indispensable: la herramienta no debe sustituir al pensamiento.


Urge que los desarrolladores de sistemas de inteligencia artificial, se pongan de acuerdo para establecer las bases de un juego limpio en este trascendental campo, que asegure su empleo positivo y sea una garantía para el avance integral de la humanidad, a fin de evitar errores y el uso mal intencionado de tan extraordinario avance tecnológico.


Particularmente los jóvenes deben continuar ejercitando su mente, leyendo, estudiando, razonando, cuestionando y formando sus propios criterios. Una inteligencia artificial puede proporcionar información, analizar enormes cantidades de datos y ayudarnos a desarrollar numerosas tareas; pero corresponde al ser humano decidir qué hacer con ese conocimiento y, sobre todo, para qué hacerlo, a fin de que sea útil para su bienestar y progreso.


A propósito, viene a mi mente una frase de mis lecturas juveniles, que se me quedó grabada, del pensador francés François Rabelais, y que conserva plena vigencia:


“Ciencia sin conciencia, no es otra cosa que ruina del alma.”


La frase nos recuerda que el conocimiento, por extraordinario que sea, necesita estar acompañado por responsabilidad, valores y discernimiento. El verdadero desafío no consiste únicamente en saber hasta dónde puede llegar la inteligencia artificial, sino en preguntarnos hasta dónde debe llegar y quién debe orientar ese desarrollo.


Es deseable que las actividades que se realicen se enfoquen a vislumbrar el futuro no como una batalla entre el hombre y la máquina, sino como una especie de confrontación amistosa.


Imaginemos un ring de boxeo. En una esquina, la inteligencia humana; en la otra, la inteligencia artificial. Ambos contendientes llevan guantes, pero ninguno pretende destruir al otro. Se trata de una justa deportiva, de un encuentro entre dos formas diferentes de inteligencia que ponen a prueba sus capacidades.


Al terminar la exhibición, el réferi levanta las manos de ambos y pronuncia su veredicto:


“¡Esta pelea ha sido magistral y, por sus bondades y méritos, se declara un EMPATE!”


Ese empate tendría un significado especial. No representaría una derrota de la inteligencia humana ni una victoria de la inteligencia artificial. Significaría que ambas poseen cualidades diferentes y que pueden complementarse.


La inteligencia humana tiene conciencia, sensibilidad, experiencia, imaginación, capacidad moral y libertad para decidir los fines que persigue. La inteligencia artificial puede ofrecer velocidad, capacidad de procesamiento, memoria, análisis y herramientas que antes se desconocían y parecían imposibles.


Una puede ayudar a la otra.


El verdadero peligro, por tanto, no está necesariamente en que exista una inteligencia artificial cada vez más poderosa, sino en que el ser humano deje de utilizar la suya propia.


El desafío de la humanidad, insisto, consiste en seguir avanzando en todos los órdenes de la existencia, sin abandonar aquello que nos distingue como seres humanos: la capacidad de pensar, de crear, de amar, de soñar y de elegir nuestro propio camino.


No debemos ir contra el progreso de nuestra especie. Debemos procurar que ese progreso tenga sentido humano.


La inteligencia artificial puede ayudarnos a abrir nuevas puertas, pero será siempre necesario que exista una orientación humana capaz de decidir hacia dónde abrirlas.


Por las ideas expresadas, considero que el propósito último de todo este extraordinario desarrollo científico y tecnológico no debe ser que la máquina llegue a superar al hombre, ni que el hombre consiga dominar a la máquina. El verdadero propósito debería ser que ambos contribuyan a que la humanidad pueda llegar más lejos, caminando juntos hacia un futuro promisorio.


Porque, al final de todo, el gran reto seguirá siendo el mismo que ha acompañado al ser humano desde que levantó por primera vez la mirada hacia el cielo y se decidió a dar un gran salto:


seguir avanzando siempre hasta sentirse feliz y realizado al poder tocar con la palma de sus manos las estrellas, en su anhelado deseo de la conquista espacial.


Doctor en Derecho, catedrático universitario, autor de libros de Derecho y Ciencia Política, Fundador de El Colegio de Veracruz.