Por Miguel Ángel Cristiani G.
En Washington D.C., durante el NVIDIA GTC 2025,
Jensen Huang, fundador y CEO de NVIDIA, pronunció una frase que debería
retumbar en todos los despachos gubernamentales del mundo: “Quien
controle la infraestructura de la inteligencia artificial controlará el
progreso industrial y científico del siglo XXI.” Una advertencia y,
al mismo tiempo, un mapa del futuro. Sin embargo, mientras en el norte se
discuten los nuevos cimientos de la civilización digital, en México —y
particularmente en Veracruz— seguimos debatiendo sobre temas que en el contexto
global suenan a pasado remoto.
Huang presentó una visión donde la inteligencia artificial
ya no es un software ni una moda, sino la nueva infraestructura estratégica del
planeta. Habló de tres ejes de cambio que transformarán la economía global: la computación
acelerada, las fábricas de IA y gemelos digitales,
y la infraestructura soberana de IA. Todo esto se traduce
en una nueva forma de producir, aprender, comunicar y gobernar. Es,
literalmente, una nueva Revolución Industrial. Pero, ¿dónde estamos nosotros en
esa historia?
En México, y sobre todo en regiones como Veracruz, la
brecha tecnológica amenaza con convertirse en una frontera insalvable. Aquí,
mientras los países desarrollados invierten miles de millones en centros de
datos, conectividad 6G y desarrollo de talento especializado, seguimos
padeciendo apagones, falta de conectividad rural y presupuestos públicos que
destinan más recursos a la propaganda que a la ciencia.
El mensaje del GTC 2025 es claro: la inteligencia
artificial será el nuevo motor económico del mundo. Las naciones que no
construyan su propia infraestructura de IA quedarán relegadas a ser simples
consumidores de tecnología extranjera, dependientes, vulnerables y sin
soberanía digital. México, con su potencial geográfico, su juventud y su
relación comercial con América del Norte, podría ser protagonista. Pero no lo
será si persiste la inercia del rezago educativo, la improvisación política y
la falta de visión estratégica.
En América Latina, existen ya propuestas concretas para no
quedar fuera del nuevo orden digital: la creación de un Consorcio
Latinoamericano de IA Acelerada, la instalación de Centros
de IA Industrial, el impulso de fábricas de inteligencia artificial
aplicadas a la manufactura, el agro y la energía. Sin embargo, ninguna de estas
ideas tiene eco en la política mexicana actual. Mientras el mundo construye gemelos
digitales para diseñar fábricas, ciudades o ecosistemas enteros,
aquí seguimos batallando con trámites en papel, sistemas obsoletos y una
burocracia incapaz de entender que el futuro ya llegó.
El desafío no es menor. La IA acelerada —basada en GPU,
CUDA y co-diseño extremo— multiplica por diez la eficiencia de los procesos
industriales. No se trata solo de robots o algoritmos; se trata de una nueva
energía: la energía cognitiva. Huang lo explicó con claridad:
el nuevo oro digital no son los datos, sino los tokens de IA
que producen valor cognitivo. En otras palabras, el conocimiento automatizado y
la capacidad de aprendizaje de las máquinas serán los recursos más codiciados
del siglo XXI.
Y mientras tanto, ¿qué hacemos en Veracruz? El estado que
alguna vez fue emblema de modernidad portuaria y educativa parece haberse
desconectado del mapa de la innovación. Las universidades públicas carecen de
infraestructura para investigación en IA, los jóvenes talentos migran por falta
de oportunidades y la política local continúa atrapada en una lógica de sobrevivencia,
no de desarrollo.
Lo más grave es que ni siquiera se ha abierto el debate
sobre soberanía digital. La inteligencia artificial, sin
una estrategia nacional, puede convertirse en una nueva forma de dependencia:
tecnológica, económica y cultural. Si no definimos políticas públicas que
protejan los datos, incentiven la producción local de hardware y fortalezcan la
educación técnica, estaremos condenados a importar no solo tecnología, sino
decisiones.
Veracruz debería ser un punto de partida, no un rezago.
Con su capacidad agroindustrial, su infraestructura energética y su red
portuaria, podría convertirse en un laboratorio de IA aplicada al campo, a la
logística y al medio ambiente. Pero para eso se necesita visión, liderazgo y,
sobre todo, conocimiento. La computación acelerada no se construye con
discursos ni con fotos en redes sociales; se construye con inversión, formación
técnica y colaboración entre universidades, empresas y gobiernos.
En el fondo, el mensaje de Jensen Huang no es tecnológico,
sino político: el futuro será de quien tenga la capacidad
de pensar más rápido, de aprender más profundo y de decidir con autonomía.
México aún puede subirse a esa ola, pero el tiempo corre. Y si seguimos
atrapados en la mediocridad burocrática, pronto veremos cómo el progreso pasa
de largo, mientras nosotros seguimos esperando que alguien más nos conecte al
siglo XXI.
Porque el verdadero atraso no está en la falta de
computadoras, sino en la falta de visión.
