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miércoles, 18 de febrero de 2026

Veracruz muy lejano de esta realidad actual

 

Por Miguel Ángel Cristiani G.

En Washington D.C., durante el NVIDIA GTC 2025, Jensen Huang, fundador y CEO de NVIDIA, pronunció una frase que debería retumbar en todos los despachos gubernamentales del mundo: “Quien controle la infraestructura de la inteligencia artificial controlará el progreso industrial y científico del siglo XXI.” Una advertencia y, al mismo tiempo, un mapa del futuro. Sin embargo, mientras en el norte se discuten los nuevos cimientos de la civilización digital, en México —y particularmente en Veracruz— seguimos debatiendo sobre temas que en el contexto global suenan a pasado remoto.

Huang presentó una visión donde la inteligencia artificial ya no es un software ni una moda, sino la nueva infraestructura estratégica del planeta. Habló de tres ejes de cambio que transformarán la economía global: la computación acelerada, las fábricas de IA y gemelos digitales, y la infraestructura soberana de IA. Todo esto se traduce en una nueva forma de producir, aprender, comunicar y gobernar. Es, literalmente, una nueva Revolución Industrial. Pero, ¿dónde estamos nosotros en esa historia?

En México, y sobre todo en regiones como Veracruz, la brecha tecnológica amenaza con convertirse en una frontera insalvable. Aquí, mientras los países desarrollados invierten miles de millones en centros de datos, conectividad 6G y desarrollo de talento especializado, seguimos padeciendo apagones, falta de conectividad rural y presupuestos públicos que destinan más recursos a la propaganda que a la ciencia.

El mensaje del GTC 2025 es claro: la inteligencia artificial será el nuevo motor económico del mundo. Las naciones que no construyan su propia infraestructura de IA quedarán relegadas a ser simples consumidores de tecnología extranjera, dependientes, vulnerables y sin soberanía digital. México, con su potencial geográfico, su juventud y su relación comercial con América del Norte, podría ser protagonista. Pero no lo será si persiste la inercia del rezago educativo, la improvisación política y la falta de visión estratégica.

En América Latina, existen ya propuestas concretas para no quedar fuera del nuevo orden digital: la creación de un Consorcio Latinoamericano de IA Acelerada, la instalación de Centros de IA Industrial, el impulso de fábricas de inteligencia artificial aplicadas a la manufactura, el agro y la energía. Sin embargo, ninguna de estas ideas tiene eco en la política mexicana actual. Mientras el mundo construye gemelos digitales para diseñar fábricas, ciudades o ecosistemas enteros, aquí seguimos batallando con trámites en papel, sistemas obsoletos y una burocracia incapaz de entender que el futuro ya llegó.

El desafío no es menor. La IA acelerada —basada en GPU, CUDA y co-diseño extremo— multiplica por diez la eficiencia de los procesos industriales. No se trata solo de robots o algoritmos; se trata de una nueva energía: la energía cognitiva. Huang lo explicó con claridad: el nuevo oro digital no son los datos, sino los tokens de IA que producen valor cognitivo. En otras palabras, el conocimiento automatizado y la capacidad de aprendizaje de las máquinas serán los recursos más codiciados del siglo XXI.

Y mientras tanto, ¿qué hacemos en Veracruz? El estado que alguna vez fue emblema de modernidad portuaria y educativa parece haberse desconectado del mapa de la innovación. Las universidades públicas carecen de infraestructura para investigación en IA, los jóvenes talentos migran por falta de oportunidades y la política local continúa atrapada en una lógica de sobrevivencia, no de desarrollo.

Lo más grave es que ni siquiera se ha abierto el debate sobre soberanía digital. La inteligencia artificial, sin una estrategia nacional, puede convertirse en una nueva forma de dependencia: tecnológica, económica y cultural. Si no definimos políticas públicas que protejan los datos, incentiven la producción local de hardware y fortalezcan la educación técnica, estaremos condenados a importar no solo tecnología, sino decisiones.

Veracruz debería ser un punto de partida, no un rezago. Con su capacidad agroindustrial, su infraestructura energética y su red portuaria, podría convertirse en un laboratorio de IA aplicada al campo, a la logística y al medio ambiente. Pero para eso se necesita visión, liderazgo y, sobre todo, conocimiento. La computación acelerada no se construye con discursos ni con fotos en redes sociales; se construye con inversión, formación técnica y colaboración entre universidades, empresas y gobiernos.

En el fondo, el mensaje de Jensen Huang no es tecnológico, sino político: el futuro será de quien tenga la capacidad de pensar más rápido, de aprender más profundo y de decidir con autonomía. México aún puede subirse a esa ola, pero el tiempo corre. Y si seguimos atrapados en la mediocridad burocrática, pronto veremos cómo el progreso pasa de largo, mientras nosotros seguimos esperando que alguien más nos conecte al siglo XXI.

Porque el verdadero atraso no está en la falta de computadoras, sino en la falta de visión.