Ruan Angel Badillo Lagos
¡Hermosa la pluma del mensajero que trae
buenas nuevas!
A veces, en el ajetreo diario del trabajo, las
cuentas por pagar y el ruido de la calle, resulta fácil sentir la vida
fragmentada. Existe el riesgo de dividir la existencia en dos ámbitos. Por un
lado, la terca realidad de las deudas, los baches del camino y las tensiones
del hogar; por otro, el refugio silencioso de la oración. Pareciera que el
templo y la calle pertenecen a mundos distintos, esto obliga a elegir entre ser
ciudadanos con los pies en la tierra o creyentes con la mirada en las nubes.
Sin embargo, en el fondo del corazón permanece la certeza de que el ser humano
fue diseñado para volar alto y, para lograrlo, necesita dos alas indisolubles,
es decir, el desarrollo de la humanidad mediante la recta razón y el
crecimiento del espíritu por la fe.
En medio del cansancio provocado por el ruido
exterior, surgió la necesidad de entrar en la intimidad del oratorio personal.
Tras la postración y la renovación de las promesas bautismales mediante una
humilde oración de renuncia llegó el silencio frente a la cruz. En esa
desnudez, durante la reflexión sobre la gran historia de la Iglesia, Dios
regaló una intuición profunda y cercana. Al contemplar espiritualmente la
monumental Suma Teológica de santo Tomás de Aquino, surgió una
comprensión nítida de aquella obra, convertida en el siglo XIII en una síntesis
monumental de la fe. El doctor Angélico logró unir la lógica del entendimiento
con el misterio divino, esto demostró cómo la gracia no destruye la naturaleza
humana, sino que la sana, la asume y la perfecciona amorosamente.
En la intimidad de aquel coloquio con el Señor
también se hizo evidente una verdad, la revelación divina no es un hecho
estático ni permanece congelada en el tiempo. Dios tiene una pedagogía de la
gradualidad y se desvela mediante un proceso continuo, acompañando el caminar
del hombre a lo largo de la historia. Así, bajo el impulso del Concilio
Vaticano II, el diseño divino encontró una nueva expresión en un instrumento
fundamental de la era, el catecismo de la iglesia católica. Este texto reúne,
de manera bella, estructurada y orgánica, los elementos necesarios para
desplegar el vuelo simultáneo de las dos alas en pleno siglo XXI.
La paradoja más hermosa de nuestro tiempo
radica en el destino de este nuevo compendio, concebido no para permanecer
guardado en las frías estanterías de un claustro académico, sino para llegar a
la vida cotidiana. El catecismo posee un aroma entrañablemente familiar,
cercano a toda persona, casero y secular. Presenta la revelación al ciudadano
común, quien enfrenta los desafíos del santuario familiar, la honestidad en sus
tratos y el dominio del propio carácter ante las provocaciones diarias. Su
lectura y asimilación en pequeñas dosis de fe viva permiten descubrir un manual
de salud mental y ecología relacional para el hogar.
Empuñar hoy esta hermosa palabra en la prensa y
en la plaza pública significa continuar la obra de santo Tomás en la
cotidianidad de Xalapa. Desde la unidad entre razón y fe, el cuidado justo de
nuestra tierra y la apertura del alma al infinito, resulta posible edificar una
verdadera civilización del amor. Es tiempo de bajar de la cumbre, poner las
manos en el arado y levantar, mediante los actos cotidianos, una muralla de paz
capaz de dejar un legado imperecedero.
Abstract
Daily life and faith are not opposing
realities, but rather two inseparable dimensions of human development. Drawing
on the thought of St. Thomas Aquinas and the impetus of the Second Vatican
Council, the catechism of the catholic church offers guidance on integrating
reason and spirit into daily challenges. Bringing its teachings into the home
and public life helps build more just relationships, strengthen peace, and
contribute to a true civilization of love.
