(primera parte)
Dr. Rafael Vela Martínez
Mientras el país discute con inquietud el futuro de su relación comercial con Estados Unidos y Canadá, en Veracruz prevalece una calma que puede resultar engañosa. El 1 de julio de 2026, Estados Unidos se negó a prorrogar el T-MEC en sus términos actuales. El tratado continúa vigente, pero la revisión conjunta quedó abierta y, durante la semana del 20 de julio, México y Estados Unidos celebran una tercera ronda bilateral sobre acero y aluminio, industria automotriz, seguridad económica, trabajo, agricultura y servicios de pago electrónico. La presión impulsada por el presidente Donald Trump no es un episodio retórico: puede modificar costos, reglas de origen, acceso a mercados y decisiones de inversión durante los próximos años.
¿Por qué esta discusión parece generar menos tensión en Veracruz que en los estados industriales del norte y el Bajío? Una explicación está en la estructura productiva estatal. Veracruz participa poco en el esfuerzo exportador nacional y su economía descansa abrumadoramente en unidades pequeñas, mercados locales y actividades familiares. Pero esa aparente protección tiene un reverso: aquello que hoy reduce la exposición directa también evidencia nuestra débil inserción en las cadenas de mayor productividad. La revisión del T-MEC no debería observarse desde la indiferencia, sino asumirse como una oportunidad extraordinaria para transformar la planta productiva veracruzana.
Los Censos Económicos 2024 del INEGI registraron 313,234 unidades económicas del sector privado y empresas paraestatales en Veracruz durante 2023. De ellas, 96.7% eran micro establecimientos con hasta diez personas ocupadas. Estas unidades concentraban 57.4% del empleo, pero generaban apenas 22.9% de los ingresos. En el extremo opuesto, las empresas grandes representaban solo 0.1% de los establecimientos, empleaban 14% del personal y aportaban 36% de los ingresos; sin embargo, una economía de microempresas, no es una economía insignificante.
Por otra parte, la comparación resume el problema estructural de Veracruz, ya que dispone de una extensa base empresarial y laboral, pero gran parte de ella opera con baja productividad, escaso capital, poco acceso a tecnología, débil vinculación con universidades y limitada capacidad para certificar, empacar, financiar, transportar y vender fuera de su entorno inmediato. No se trata de menospreciar a la microempresa: es la principal infraestructura económica y social de la entidad. El desafío consiste en dejar de administrarla como sinónimo de subsistencia y convertirla en el punto de partida de cadenas regionales de valor.
Los datos de exportación confirman la baja integración. Según el INEGI, las exportaciones atribuibles a Veracruz sumaron alrededor de 4,270 millones de dólares en 2025, apenas 0.7% del total de las entidades federativas. En el tercer trimestre de ese año, 71.5% de las exportaciones estatales correspondió a manufacturas, 9.3% a minería y 9.2% a actividades agropecuarias; sin embargo, esa plataforma industrial sigue concentrada en pocas empresas, ramas y territorios. Veracruz no está desconectado del comercio exterior, pero la mayoría de sus unidades económicas permanece lejos de él.
La experiencia de la COVID-19 ayuda a entender esta paradoja, aunque debe examinarse con precisión. En 2020, el PIB de Veracruz cayó 8.1% en términos reales, frente a una contracción nacional de 8.7%. No fue un daño menor: las manufacturas retrocedieron 11.4%, la construcción 14.4%, los transportes 16.7%, el comercio minorista 9.8% y los servicios de alojamiento y preparación de alimentos 31.2%. Además, el Estudio sobre la Demografía de los Negocios documentó la desaparición de decenas de miles de establecimientos en la entidad. Lo distintivo fue que las actividades primarias crecieron 3.7% y que una parte de la economía familiar conservó capacidad de adaptación mediante redes locales, trabajo propio y menores costos fijos. Es correcto hablar de ciertos amortiguadores, pero no de inmunidad. La lección es más profunda: una economía dispersa y familiar puede resistir de manera distinta a una economía dominada por grandes plantas, pero también tarda más en recuperar productividad, salarios y acceso a mercados cuando carece de política industrial.
El Atlas Agrícola del Estado de Veracruz 1960-2022, elaborado por un servidor y la Dra. Josefa Carolina Fortuno Hernández, ofrece evidencia decisiva. Veracruz posee volumen, diversidad y especialización suficientes para construir una estrategia exportadora agroindustrial. En 2022 produjo 4,536,694 toneladas de limón, naranja, piña y plátano; solo la naranja alcanzó 2,062,261 toneladas y la piña 734,657 toneladas. Los cítricos mantuvieron balances alimentarios superavitarios durante los últimos veinte años. El inventario de exportaciones del Atlas muestra que, en 2023 y a precios constantes de 2018, los principales rubros agrícolas y derivados fueron los cítricos, con 217.9 millones de pesos; el azúcar de caña y remolacha, con 215.7 millones; el café, con 196.0 millones; el extracto de café, con 73.8 millones; los jugos de frutas, con 35.9 millones, y la pimienta, con 35.7 millones. También aparecen raíces y tubérculos, verduras frescas o refrigeradas, frutas tropicales, productos vegetales procesados, vainilla y preparaciones alimenticias.
La lectura relevante no es solo cuánto se exporta, sino en qué condición se vende. Buena parte del potencial permanece en productos primarios o con transformación limitada, mientras los segmentos de mayor valor —extractos, concentrados, aceites, alimentos funcionales, conservas, empaques especializados, marcas territoriales y servicios logísticos— tienen una presencia menor o irregular. Veracruz produce; el problema es que transforma poco, integra débilmente a sus productores y microempresas, y captura una fracción insuficiente del valor final, debido en gran medida a la desconexión que existe entre sus centros de investigación y desarrollo tecnológico de la Universidad Veracruzana (UV) y sus unidades de producción, algo que incluso parece NO importarle al actual Gobierno del estado y menos a su Congreso Legislativo.
A nivel de corolario se puede señalar que la baja integración exportadora de Veracruz amortigua algunas presiones externas, pero también revela el rezago que puede condenar a la economía estatal a permanecer al margen de la transformación productiva de América del Norte. Lo que se debe destacar es que la revisión del T-MEC abre una ventana de transformación para Veracruz, pero ese tema lo abordaremos en la segunda parte de este artículo.
