DE PRIMERA MANO
*Y sí, se fue a “codear con los de
arriba”
*Felipe Pineda, escupir al cielo
Por Omar Zúñiga
Hay decisiones políticas que se explican
solas y hay otras que, entre más se justifican, más dudas existen, la de Claudia
Sheinbaum pertenece a lo segundo.
El 11 de junio pasado, la presidenta de
México decidió no presentarse en el estadio Azteca para el partido inaugural de
la Copa del Mundo entre el Tri y Sudáfrica, en un acto por demás demogogo, regaló
el boleto protocolario número 0001 a una joven veracruzana, y ella se fue a ver
el juego -ni siquiera al Zócalo- por el temor a los profes, sino al Deportivo
Los Galeana en la alcaldía Gustavo A. Madero y explicó, con la retórica ya
conocida y gastada de la Cuarta Transformación, que "no necesitamos
codearnos arriba" y que un boleto de ciento veinte mil pesos era
inaccesible para "el pueblo".
Bonito discurso, pero no por justo y
bien trovado deja de ser puro cuento.
Porque el mismo pueblo al que dice representar
tenía derecho a ver a su jefa de Estado sentada en las gradas de su propio
país, en su propio Mundial, celebrando -junto a millones de mexicanos- el
arranque de un torneo que México coorganizó con Estados Unidos y Canadá.
Ningún presidente de un país sede había
faltado a esa cita desde 1930. Sheinbaum rompió esa traadición y, de paso, se
ahorró algo que ningún mandatario eludió y le entró: la posibilidad de la
rechifla.
Gustavo Díaz Ordaz se paró en el Estadio
Azteca para inaugurar el Mundial México 70, con el país todavía sangrando:
Miguel de la Madrid hizo lo mismo en el Mundial de 1986, en plena crisis
económica y con la memoria fresca del terremoto del 85 y la respuesta
gubernamental que tanto se le criticó; Paloma-Cordero-tu-esposo-es-un-culero,
fueron parte de las arengas del respetable.
Ninguno de los dos, vaya ni siquiera el
Nerón de Macuspana, le rehuyeron a la plaza pública; se expusieron al juicio de
la gente, abucheo incluido, porque entendían que ese momento no era solo
deportivo: era un examen de aceptación popular que ningún aparato de
comunicación social podía maquillar.
Sheinbaum pudo y lo evitó.
*****
El maldito “pero” de siempre llegó
cuando la misma presidenta que no fue a ver jugar a México en su país, sí fue este
domingo a la final del Mundial en el estadio de los Gigantes, en East
Rutherford, Nueva Jersey, porque recibió una invitación directa de Donald
Trump.
La Presidencia lo presentó como un
"evento de Estado" (ajá), en el que también estuvo el primer ministro
canadiense Mark Carney, incluso el rey Felipe VI de España.
No fue a apoyar a su propia selección
jugando en casa, sino a presenciar una final entre España —un país que todavía
tiene rey— y Argentina, gobernado por Javier Milei conocido ultraderechista.
Ahora todo tiene sentido: no era
cuestión de "no codearse arriba", era cuestión de con quién codearse
y en qué momento conviene.
Y aquí es donde entra la pregunta
incómoda, la que muchos analistas y no pocos operadores políticos formulan en
corto: ¿fue realmente el precio del boleto lo que mantuvo a Sheinbaum lejos del
Azteca, o fue el temor a un abucheo que hoy, con el humor social que priva en
el país por la violencia, la desaparición de personas, la crisis del sector
salud y el hartazgo de la CNTE, transportistas y campesinos, se antojaba
altamente probable? La respuesta parece obvia.
La lectura política real es que la
presidenta prefirió no arriesgarse a que millones de espectadores presenciaran
en vivo lo que ninguna encuesta oficialista puede editar: la reacción
espontánea de una multitud.
Y hay una segunda lectura, más incómoda
todavía, que corre por los mismos pasillos donde se comenta la primera, que
este viaje a Estados Unidos —cordial, protocolario, sonriente junto al
presidente que más ha golpeado retóricamente a México— no es ajeno al
expediente que sigue abierto en cortes y agencias estadounidenses sobre
presuntos vínculos de funcionarios y personajes cercanos a Morena y a la propia
4T con estructuras de huachicol fiscal y crimen organizado.
No hay prueba de que un viaje
protocolario compre inmunidad ni buena voluntad judicial, y hay que decirlo con
toda claridad, pero en el ajedrez político nada es casual, y la generosidad
diplomática hacia quien tiene la sartén por el mango en Washington rara vez es
gratuita.
Sheinbaum construyó su narrativa de
austeridad y cercanía con el pueblo evitando un estadio en México.
Esa misma narrativa se cae a pedazos cuando
acepta, sin pretexto de boleto caro ni de solidaridad con "el
pueblo", volar a Nueva Jersey a sentarse en un palco a prueba de balas junto
al hombre que representa exactamente lo contrario de lo que la 4T dice
combatir.
No fue al Azteca por miedo al abucheo,
al escrutinio público pero sí fue a Nueva Jersey porque ahí no hay pueblo que
la abuchee, solo protocolo, cámaras internacionales y un anfitrión al que, por
lo visto, sí conviene complacer.
*****
Hay dichos que no fallan, y el que abre
esta reflexión —“cuando la perra es brava, hasta a los de la casa muerde”—
parece escrito para retratar el momento que vive el diputado local de la 4T Felipe
Pineda Barradas.
En medio del discurso institucional que celebraba
el fin de la bursatilización, Pineda decidió romper filas y arremeter
públicamente contra Fidel Herrera Beltrán, el movimiento, más que
temerario, resulta revelador.
Quien conoce el mapa político veracruzano
y mucho más de la zona de la Cuenca, sabe que el peso del “Tío Fide” no se mide
-obvio- por cargos vigentes ni por presencia mediática cotidiana, sino por una
red de lealtades, operadores y memoria política que sigue activa décadas
después de su paso por el poder formal.
Que Pineda —avecindado en Cosamalopan aunque
originario de Perote— haya decidido cargar contra esa figura justo cuando el
discurso oficial pedía cohesión, sugiere una lectura menos ideológica y más
táctica: no es un exabrupto, es una apuesta.
La pregunta que se impone es la obligada:
¿busca Pineda dinamitar la alianza vigente para forzar su propio
posicionamiento rumbo a la candidatura a diputado federal, todavía distante en
el calendario pero ya presente en el cálculo de varios actores? Si esa es la
intención, el riesgo es doble.
Por un lado, desafiar a quien conserva
capital político real dentro de la coalición puede leerse como un intento de
diferenciación ante las bases más críticas y por otro, puede interpretarse como
una fractura prematura que el propio proceso interno podría cobrarle caro.
Los golpes hacia adentro rara vez son
gratuitos en la política veracruzana. O se calculan con precisión quirúrgica
para capitalizar un vacío de liderazgo, o terminan por aislar al que los
propina.
Pineda, con este exabrupto quedabien, ha
revelado más su ambición que su estrategia y en un terreno donde Tío Fide sigue
siendo un actor vigente con aliados, subestimar ese peso podría no ser un error
de cálculo, sino un boleto de salida anticipado de la contienda que dice
perseguir.
¡Qué barbaridad!
deprimera.mano2020@gmail.com
