Por Miguel Ángel Cristiani G.
No hay peor certificado de incompetencia para un
gobierno que aquel que no expide la oposición, sino la realidad.
La cancelación de la Expo Internacional de Ganado
Cebú de Tuxpan “La puerta de las Huastecas”, de la tradicional cabalgata y de
la subasta ganadera no es un ajuste de agenda ni una decisión administrativa.
Es el acta de defunción de una de las tradiciones más importantes de Tuxpan. La
feria no murió por falta de organización ni por ausencia de participantes.
Murió porque el miedo terminó cobrando derecho de piso.
Y cuando el miedo cancela una tradición, significa
que la autoridad ya canceló su obligación.
Durante décadas, la Expo Ganadera colocó a Tuxpan
en el mapa nacional. Era un escaparate para la ganadería veracruzana, un motor
económico para hoteles, restaurantes, comercios, transportistas y cientos de
familias que encontraban en esos días una oportunidad para mejorar sus
ingresos. Hoy todo eso queda archivado bajo un argumento que ningún gobierno
quisiera escuchar: las presuntas extorsiones.
No estamos hablando de rumores de café. Estamos
hablando de un evento que simplemente dejó de ser viable porque quienes debían
participar concluyeron que el riesgo era mayor que el beneficio. Cuando un
productor teme más al delincuente que a las pérdidas del mercado, el Estado ha
dejado de cumplir su función elemental.
Lo verdaderamente insultante no es únicamente la
cancelación. Lo insultante es el contraste.
Mientras empresarios, ganaderos y comerciantes
hacen cuentas sobre las pérdidas económicas que dejará la suspensión de la
feria, el gobierno municipal parece vivir en una realidad paralela, entretenido
en remodelaciones y proyectos que podrán ser muy vistosos para la fotografía
oficial, pero absolutamente irrelevantes frente al problema que hoy asfixia a
Tuxpan.
Porque ningún edificio remodelado espanta a los
extorsionadores.
Ninguna fachada recién pintada devuelve la
confianza a los inversionistas.
Ningún discurso en un boletín optimista convence al
turista que todos los días observa cómo Tuxpan aparece en las noticias por
ejecuciones, secuestros, robos o cobros de piso.
La política de la apariencia nunca ha sustituido a
la política de resultados.
Y sin embargo, pareciera que algunos gobiernos
siguen convencidos de que administrar la imagen pública es más importante que
recuperar la seguridad pública.
La tragedia de Tuxpan no comenzó con la cancelación
de la feria. La cancelación es apenas la consecuencia visible de un deterioro
que lleva meses creciendo. Los delitos de alto impacto han ido erosionando la
confianza ciudadana mientras el discurso oficial insiste en vender una
normalidad que simplemente ya no existe.
La inseguridad tiene una característica
devastadora: no solo arrebata vidas. También destruye economías, cancela
inversiones, vacía hoteles, cierra negocios, obliga a modificar costumbres y
termina expulsando las tradiciones que daban identidad a una comunidad.
Eso es exactamente lo que acaba de ocurrir.
Y lo peor es que las consecuencias no terminarán
cuando concluya la temporada ferial. La imagen de Tuxpan como destino turístico
y de inversión recibe un golpe que tardará años en corregirse. La confianza es
un patrimonio colectivo que se construye lentamente y se pierde en cuestión de
días.
Resulta inevitable preguntarse si las autoridades
dimensionan el tamaño del daño. Porque mientras el gobierno presume obras, la
realidad presume miedo. Mientras los funcionarios hablan de transformación y
progreso, los ciudadanos hablan de sobrevivir. Mientras el poder corta listones
y se pasea por las colonias, la delincuencia corta de tajo las tradiciones.
La función de un gobierno no consiste en
administrar ceremonias, sino en garantizar condiciones para que la sociedad pueda
trabajar, producir y vivir en paz. Todo lo demás es propaganda.
Y la propaganda tiene un límite muy claro: jamás
podrá ocultar una feria cancelada.
Cuando un gobierno
presume banquetas, mientras el crimen cancela las tradiciones, ya no administra
un municipio: simplemente certifica que perdió el control de la calle.
