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martes, 28 de julio de 2026

La educación no admite improvisados

Por Miguel Ángel Cristiani G.

En política suele decirse que nadie es indispensable. Es cierto. Lo preocupante no es que un funcionario se vaya; lo verdaderamente grave es que parezca dar exactamente lo mismo quién llegue.

La salida de Claudia Tello de la Secretaría de Educación de Veracruz era un desenlace anunciado. Durante meses, su permanencia fue objeto de rumores constantes. Las redes sociales la "renunciaron" en innumerables ocasiones antes de que la decisión se hiciera oficial. Esta vez, sin embargo, el relevo dejó de ser especulación para convertirse en realidad.

Su paso por la dependencia difícilmente podrá recordarse por logros de fondo. En cambio, sí quedará asociado a un ambiente permanente de confrontación con sindicatos, trabajadores y distintos actores del sistema educativo. Resulta complicado encontrar un periodo reciente en el que la Secretaría de Educación haya enfrentado tantas protestas, bloqueos y tomas de instalaciones en tan poco tiempo.

No se trata únicamente de un problema de carácter o de operación política. La Secretaría de Educación no es una oficina administrativa cualquiera. Maneja el presupuesto más grande del gobierno estatal y tiene bajo su responsabilidad el futuro académico de más de dos millones de estudiantes, miles de escuelas y decenas de miles de trabajadores.

Gobernar esa estructura exige experiencia administrativa, capacidad de negociación y conocimiento profundo del sistema educativo.

Por eso el relevo no debería analizarse únicamente desde la óptica de las amistades políticas o de las cuotas de poder.

Las primeras reacciones que generó el nombramiento de Raquel Bonilla apuntan precisamente hacia esa preocupación. Más allá de las descalificaciones apresuradas que suelen inundar las redes sociales, comenzó una pregunta legítima: ¿cuál es el perfil profesional de quien asumirá una de las responsabilidades públicas más importantes de Veracruz?

Toda persona merece el beneficio de la duda. Nadie debería ser juzgado antes de ejercer el cargo. Sin embargo, ese beneficio no exime al gobierno de una obligación elemental: explicar por qué una persona fue considerada la mejor opción.

La transparencia comienza desde el nombramiento.

En cualquier democracia madura, cuando se designa al responsable de un área estratégica, se presenta su trayectoria, su preparación académica, su experiencia profesional y los resultados que respaldan su llegada. No se trata de un trámite protocolario. Es un acto de rendición de cuentas.

Bastaba una explicación clara para evitar que las especulaciones ocuparan el espacio de la información.

Pero el problema rebasa incluso este nombramiento.

Veracruz parece haber normalizado que las dependencias públicas sean ocupadas bajo criterios de cercanía política antes que de capacidad técnica. Esa práctica no comenzó en el actual gobierno. Viene de administraciones anteriores y ha sobrevivido a distintos colores partidistas.

La Secretaría de Educación quizá sea el mejor ejemplo.

La historia reciente demuestra que los cambios de secretario rara vez han significado una transformación de fondo. Cambian los nombres, cambian los equipos, cambian los discursos, pero los conflictos con el magisterio, la burocracia, la infraestructura escolar y los resultados educativos permanecen prácticamente intactos.

Mientras tanto, Veracruz continúa rezagándose en indicadores educativos que deberían ser motivo de preocupación permanente.

El verdadero debate no consiste en defender o atacar a quien llega. Consiste en preguntarnos si algún día dejaremos de considerar la educación como un espacio para recompensar lealtades políticas y empezaremos a tratarla como la política pública más importante para el futuro del estado.

Raquel Bonilla tiene ahora la oportunidad de demostrar, con resultados, que las dudas iniciales eran infundadas. Gobernar una institución tan compleja exige mucho más que cercanía con el poder; exige liderazgo, capacidad técnica y sensibilidad para reconstruir una relación deteriorada con el sector educativo.

Porque los gobiernos cambian cada seis años, los secretarios van y vienen, los partidos se alternan en el poder... pero las generaciones de estudiantes que pierden oportunidades por decisiones equivocadas ya no recuperan el tiempo perdido.

Cuando la política convierte la educación en un premio de lealtades y no en una responsabilidad de capacidades, el costo termina pagándolo toda una generación de veracruzanos.