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lunes, 27 de julio de 2026

Boca del Río lo que pasa cuando las tradiciones se privatizan

Por Miguel Ángel Cristiani G.

Hay errores de gobierno que pueden corregirse con dinero. Otros requieren tiempo. Pero existe una clase de decisiones que dejan cicatrices más profundas, porque afectan algo que no tiene presupuesto ni decreto que lo reponga: el sentido de pertenencia de una comunidad.

Eso parece estar ocurriendo con las tradicionales Fiestas de Santa Ana, en Boca del Río.

Desde antes de que iniciaran los festejos ya circulaba en los cafés políticos una frase que muchos consideraron exagerada: "Nos robaron la fiesta". Hoy esa expresión abandonó las conversaciones de sobremesa para instalarse en las redes sociales, donde decenas de boqueños manifiestan el mismo sentimiento: la celebración sigue existiendo, pero dejó de sentirse como propia.

Conviene detenerse en esa percepción. No se trata únicamente de una crítica a la organización del evento ni de una inconformidad pasajera por la logística. Lo que aflora es una preocupación mucho más profunda: la pérdida del vínculo entre una tradición centenaria y la comunidad que la hizo posible.

Las Fiestas de Santa Ana nunca fueron solamente un programa artístico ni una cartelera de espectáculos. Fueron, durante generaciones, una manifestación de identidad colectiva. En ellas convivían la devoción religiosa, la convivencia familiar, la gastronomía, la música popular y la participación espontánea de un pueblo que encontraba en esos días una oportunidad para reafirmar su historia.

Las tradiciones sobreviven porque la gente las hace suyas. No porque las organice el gobierno.

Sin embargo, en los últimos años comienza a imponerse una lógica distinta. Las festividades populares dejan de concebirse como patrimonio cultural para convertirse en productos de entretenimiento. El éxito ya no parece medirse por el grado de participación ciudadana, sino por el número de visitantes, la derrama económica o el tamaño del espectáculo.

Desde luego que el turismo es importante. Nadie puede negar el impacto económico que generan eventos de esta naturaleza para hoteles, restaurantes y comercios locales. Sería absurdo plantear una falsa disyuntiva entre tradición y desarrollo económico. Ambos pueden convivir.

El problema aparece cuando el equilibrio se rompe y la lógica comercial termina desplazando a la esencia popular de la celebración.

Los espacios preferentes, las zonas VIP, los accesos restringidos y la segmentación del público pueden ser herramientas válidas para financiar un evento, pero también envían un mensaje que no debe subestimarse: hay quienes participan y hay quienes solamente observan. Poco a poco, la fiesta deja de ser de todos para convertirse en un espectáculo administrado.

Y esa percepción pesa.

Porque las tradiciones no son propiedad del ayuntamiento en turno, ni de un comité organizador, ni de un patrocinador. Son patrimonio emocional de la comunidad. Cada generación las recibe como herencia y tiene la responsabilidad de transmitirlas a la siguiente sin despojarlas de su esencia.

Quizá por eso la inconformidad que hoy se escucha merece algo más que una respuesta defensiva. No bastará con presentar cifras de asistencia ni balances financieros. Tampoco con argumentar que el nuevo formato fue exitoso desde el punto de vista turístico. Hay aspectos que no caben en una hoja de Excel.

¿Cómo se mide el orgullo de un pueblo? ¿Qué indicador refleja el sentimiento de quienes crecieron asistiendo a una celebración que ahora sienten ajena? ¿Qué estadística puede sustituir la memoria colectiva?

Las autoridades municipales harían bien en escuchar con atención ese reclamo. Pero también la Iglesia, depositaria de una tradición que nació alrededor de la figura de Santa Ana, tendría que participar en una reflexión sobre el rumbo que están tomando estos festejos. Las mejores decisiones públicas suelen surgir cuando existe disposición para escuchar, no cuando se descalifica toda crítica como resistencia al cambio.

Modernizar una tradición no significa despojarla de su alma. Toda celebración evoluciona con el paso del tiempo; lo que no puede perder es aquello que le da sentido. Si la comunidad deja de reconocerse en ella, el riesgo no es solamente una baja en la participación. El verdadero riesgo es que la fiesta sobreviva... mientras la tradición desaparece.

Porque una fiesta puede llenarse de escenarios, pantallas, artistas y patrocinadores. Lo único que nunca podrá comprarse es el cariño de un pueblo que siente que aquello que heredó de sus abuelos ya no le pertenece.

Las tradiciones no mueren cuando cambia el programa de una fiesta; comienzan a morir cuando el pueblo deja de reconocerse en ellas.