Por Miguel Ángel Cristiani G.
Desde su fundación, en tiempos del que después sería el
mejor Rector de la UV Roberto Bravo Garzón, la Facultad de Economía ha sido un
espacio crítico. No es una exageración: de sus aulas han egresado académicos,
analistas y servidores públicos que no han tenido reparo en cuestionar al
poder, venga de donde venga. Quizá por eso —dicen en los pasillos
universitarios— la celebración de su aniversario no parece despertar el
entusiasmo institucional que sí se ha visto cuando otras dependencias
universitarias cumplen años.
Tradicionalmente, cuando una facultad o instituto de la
Universidad Veracruzana conmemora un aniversario significativo, la Rectoría
suele respaldar los festejos con recursos para su organización. No es un
privilegio: es una práctica institucional que reconoce la importancia académica
y simbólica de cada entidad universitaria.
Pero esta vez la historia parece distinta.
En la Facultad de Economía no hay subsidio rectoral para los
festejos. La decisión ha obligado a algo que, aunque digno, resulta revelador:
“una coperacha universitaria”.
Profesores, alumnos y egresados están poniendo de su propio
bolsillo para que el aniversario no pase desapercibido. Algunos estudiantes
aportan 20 o 30 pesos; docentes contribuyen con 300; egresados de distintas
generaciones hacen colectas entre colegas para enviar recursos a los
organizadores. El objetivo es tan elemental como simbólico: poder pagar desde
materiales hasta el café de los recesos académicos.
Así, mientras en los discursos oficiales se exalta el valor
de la educación superior, en la práctica quienes sostienen la celebración son
los mismos universitarios que creen en ella.
El programa académico, por cierto, está lejos de ser menor.
El martes 21 iniciará con la inauguración formal y una mesa de debate titulada
“La economía mexicana, una visión a futuro“, coordinada por la doctora Nayeli
León, con la participación de especialistas como Rolando Boza, Katia Romero y
Job Hernández.
Habrá también un panel sobre “Mujeres Economistas”,
coordinado por la doctora Beatriz Lira, con académicas como Elia Marúm, Gisela
Morales y Angélica Gutiérrez; además de conferencias magistrales sobre
educación superior, democracia y desarrollo sustentable.
Destacan, entre otros, el economista “José Blanco”, quien
dictará la conferencia “El colapso en curso” , y el investigador “Alberto
Olvera”, que abordará un tema de enorme actualidad: ““De Trump al crimen
organizado: los retos existenciales de la democracia en México”.
No faltarán reflexiones sobre los planes de estudio de la
licenciatura en Economía, debates sobre la economía veracruzana, la
presentación de libros y un reconocimiento a profesores jubilados que dedicaron
su vida a la docencia y a la investigación.
Es decir: “un programa académico robusto”, digno de
cualquier universidad pública.
Sin embargo, detrás de la agenda intelectual flota un tema
inevitable: la figura del rector “Martín Aguilar Sánchez”, invitado a la inauguración
como una cortesía institucional.
En los círculos universitarios se comenta que su asistencia
es poco probable. La razón no es menor: evitar preguntas incómodas sobre la
polémica “prórroga en su cargo”, cuya legalidad ha sido cuestionada por diversos
sectores académicos.
El rectorado enfrenta así un dilema clásico de la política
universitaria: cuando la autoridad se vuelve objeto de debate dentro de la
propia universidad, el silencio deja de ser neutral.
La paradoja es evidente. La Facultad de Economía celebra
seis décadas de pensamiento crítico, pero lo hace prácticamente sin respaldo
institucional y con el riesgo de que la máxima autoridad universitaria prefiera
no aparecer para no enfrentar cuestionamientos.
En cualquier universidad democrática, la crítica es parte
del ecosistema intelectual. Pretender administrarla con presupuestos o
silencios suele producir el efecto contrario: fortalecerla.
Porque al final, cuando los estudiantes ponen de su bolsillo
para sostener la vida académica, lo que queda al descubierto no es la pobreza
financiera, sino la pobreza política de quienes deberían defender la autonomía
universitaria.
“Y cuando una universidad obliga a sus alumnos a pagar el
café de sus propios debates, lo que en realidad está sirviendo no es
austeridad, sino una amarga taza de incongruencia institucional.”
