Bitácora Política:
Por Miguel Ángel Cristiani
En política, el silencio no es
neutral: es complicidad diferida. Y cuando finalmente se rompe, no siempre lo
hace por convicción, sino por conveniencia. Esa es la lectura obligada de las
recientes declaraciones de Atanasio García Durán, padre del exgobernador
Cuitláhuac García Jiménez, quien ha decidido —tarde y sin rubor— emitir
críticas sobre la administración estatal que encabeza Rocío Nahle García.
La respuesta oficial no se hizo esperar: “no hay problema”, dijo la
gobernadora, reduciendo el episodio a una simple opinión personal, sin mayor
trascendencia.
Y entonces vienen las preguntas que incomodan, las que no caben en el
boletín oficial:
¿Por qué Atanasio García no salió en su momento a calificar —con la
misma vehemencia— la actuación de su propio hijo durante seis años al frente
del gobierno?
¿Dónde estaba esa voz crítica cuando Veracruz acumulaba rezagos, omisiones y
promesas incumplidas?
¿El silencio de ayer fue prudencia… o complicidad?
Y ahora que ha decidido hablar:
¿Se trata de una preocupación genuina por el rumbo del estado o de una maniobra
para volver al radar político?
¿Busca reflectores, posiciones, una diputación, un cargo que lo reinstale en el
circuito del poder, como en los viejos tiempos?
¿Con qué autoridad moral se erige en crítico quien guardó silencio absoluto
durante todo un sexenio?
¿Acaso pretende diluir —esos sí documentados— los cuestionamientos derivados de
la Cuenta Pública del gobierno anterior?
No se trata de un pleito menor ni de un diferendo personal. El problema
de fondo es estructural: en Veracruz, como en muchas entidades del país, la
política sigue operando bajo lógicas patrimoniales, donde la familia y la
cercanía pesan más que la responsabilidad pública. Las lealtades no se
construyen sobre resultados, sino sobre silencios; no sobre instituciones, sino
sobre vínculos personales.
Ahí radica la contradicción más grave. Legalmente, Atanasio García tiene
todo el derecho de opinar. Pero éticamente, su irrupción tardía es
insostenible. Porque criticar después de haber callado no es un acto de
valentía, sino de cálculo político. Es la cómoda posición de quien observa
desde la grada lo que ayudó a construir desde el palco.
El trasfondo es más delicado de lo que se admite. Morena en Veracruz
enfrenta tensiones internas que comienzan a aflorar. No son nuevas, pero ahora
son visibles. Y cuando las diferencias se ventilan públicamente, cuando los
silencios se convierten en reproches y las lealtades en reclamos, lo que está
en juego no es solo la estabilidad de un gobierno, sino la credibilidad de todo
un proyecto político.
Porque la ciudadanía no olvida. Y cada declaración, cada silencio, cada
omisión, se acumula en la memoria pública como evidencia. No basta con invocar
la unidad ni con minimizar la crítica: se requiere consistencia, congruencia y,
sobre todo, responsabilidad.
Veracruz no necesita más discursos tranquilizadores ni ajustes de
cuentas disfrazados de opinión. Necesita claridad, autocrítica y un compromiso
real con la rendición de cuentas. Lo demás es simulación.
Porque cuando el silencio se rompe demasiado tarde y la crítica llega
sin autoridad moral, lo que se exhibe no es valentía política, sino la
bancarrota ética de quienes hoy pretenden reescribir lo que ayer decidieron
callar.
