DE PRIMERA MANO
Hay que
reconocerlo: esta vez sí hubo sorpresa.
Después de todo
lo que apuntaba hacia Jorge Martínez Martínez como el favorito de
Rectoría —su voto en favor de la prórroga de martincillo el espurio, su
lealtad probada al aparato sindical, su condición de operador político con
deudas cobradas—, la designación recayó finalmente en José Luis Zamora
Valdés.
Zamorita
bebé, como lo llaman sus propios alumnos, es el nuevo director de la
Facultad de Derecho de la Universidad Veracruzana, la sorpresa, sin embargo,
tiene límites: lo que cambió fue el nombre, no la lógica del sistema que lo
produjo.
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Lo que vino antes
de la designación oficial merece consignarse, porque dice mucho sobre el
talante de quienes aspiran a conducir una institución jurídica. Tanto Zamorita
bebé como Jorge Martínez, antes de que se hiciera pública la
decisión de Rectoría y antes incluso de que iniciara formalmente el actual
ciclo escolar, ya se comportaban como directores en funciones.
Cada uno en su
círculo, cada uno con sus operadores, ambos dando señales, recibiendo visitas,
tomando posiciones, como dos alumnos de prepa disputando la presidencia del
comité estudiantil, los dos candidatos se proclamaban ganadores antes de que
nadie hubiera anunciado resultado alguno.
En una Facultad
donde se supone que se enseña el valor de los procedimientos, del debido
proceso, de la legitimidad institucional, esa conducta no es un detalle menor,
es una declaración de principios involuntaria: aquí el cargo se disputa como
botín, no como responsabilidad.
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Zamorita bebé
llegó al cargo con la espada desenvainada; una de sus primeras acciones fue
poner el ojo en las designaciones de plazas de tiempo completo por asignación que
su antecesora Araceli Reyes López realizó durante los últimos meses de
su gestión; esas plazas, asignadas por la vía discrecional que caracterizó la
administración saliente, comenzaron a ser cuestionadas de inmediato: a quienes
las recibieron ya se les han pedido.
El nuevo
director no tardó ni en acomodarse en la silla para iniciar ese ajuste de
cuentas; lo que se presenta como auditoría o corrección institucional tiene
otro nombre más preciso: revanchismo.
La cantidad de
personas que Araceli Reyes lastimó durante su gestión —académicos
ignorados, procesos viciados, favores distribuidos con criterios opacos,
contratos y plazas como moneda de lealtad— es tan grande que el nuevo director
encontró un terreno fértil para cobrar facturas ajenas y propias al mismo
tiempo.
La herencia negra
de Araceli no es sólo una Facultad sin liderazgo académico; es una institución
con una deuda social interna enorme, y esa deuda ahora se convertirá,
previsiblemente, en el argumento para justificar cada movimiento político de la
nueva administración.
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Cuatro años al
frente de una institución universitaria son tiempo suficiente para dejar obra:
investigación impulsada, juristas formados, vínculos académicos construidos,
posicionamiento de la escuela en el debate jurídico regional, sin embargo, con Araceli
Reyes en la Facultad de Derecho, nada de eso ocurrió.
Lo que Araceli
deja no alcanza para llenar una mano, como dice la canción de Antonio Aguilar,
“lo que pasó en este mundo/nomás el recuerdo queda/ya muerto voy a llevarme/
nomás un puño de
tierra”.
Las plazas que
repartió en los últimos meses, los favores que cobró o dispensó, los viajes
financiados con fondos estudiantiles sin criterios claros, la opacidad como
método de gobierno, eso tampoco es legado, es pasivo, que ahora es problema de quien
llegó a sucederla.
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Para documentar
el optimismo, Zamorita bebé, es un sobrenombre que no es gratuito
ni cruel: es diagnóstico.
Cuando los
propios estudiantes de una Facultad ubican a su nuevo director con un apodo que
combina el diminutivo con la infantilización, están diciendo algo que los
formalismos institucionales no permiten decir en voz alta.
No le tienen
respeto, no en el sentido del temor que impone la autoridad arbitraria, sino en
el sentido más profundo: no lo reconocen como figura de autoridad intelectual o
moral.
José Luis Zamora
Valdés llega con una trayectoria que la propia comunidad describe con
precisión brutal: tiene su plaza de tiempo completo, pero no investiga. No
publica. No exige.
Ha ocupado su
lugar en la institución sin dejar huella académica verificable. Es, en el
vocabulario universitario, un profesor que está sin estar. Y ese es el hombre
que ahora encabeza la formación jurídica de cientos -quizá miles- de
estudiantes veracruzanos.
La pregunta que
nadie en la facultad parece querer responder en voz alta es la más elemental -¿Qué
puede hacer como director alguien que no ha demostrado saber hacer nada como
académico?-, -¿Con qué autoridad va a exigir investigación si nunca investigó?-,
-¿Con qué argumento va a promover la excelencia docente si su propio desempeño
no la ilustra?-
Zamorita
bebé no es una burla pasajera; es el nombre con el que una generación
entera de estudiantes de Derecho recordará a quien los encabezó.
En una Facultad
que ya perdió su posicionamiento externo, que ya no es consultada ni convocada,
que ya no forma juristas sino egresados, el nuevo director tendrá que trabajar
muy duro, sólo para que su sobrenombre no se convierta en epitafio.
¡Qué barbaridad!
deprimera.mano2020@gmail.com
