Ruan Angel Badillo Lagos
¡Hermosa la pluma del mensajero que trae buenas nuevas!
Tomar decisiones acertadas en un mundo ruidoso, caótico y acelerado es uno de los mayores retos cotidianos de la existencia humana. La prisa suele ser una pésima consejera, pues empuja a elegir desde el impulso, el miedo o la ansiedad del momento. Por eso, ante cualquier encrucijada, el primer paso para evitar el error consiste en aprender a detenerse y analizar las opciones con calma. La quietud mental no significa inacción ni cobardía; por lo contrario, representa el espacio necesario para sopesar los distintos caminos con claridad, silenciar las voces del entorno y conectar con la verdad más profunda antes de dar el siguiente paso, teniendo los criterios de Dios como referente.
Para que una elección sea verdaderamente correcta y sostenible en el tiempo, debe ir más allá del beneficio inmediato o del egoísmo. El auténtico discernimiento ocurre al alinear conscientemente las decisiones con la fe y el bien mayor. La fe aporta la certeza de un orden divino, un propósito superior y un tiempo específico detrás de cada circunstancia. Por su parte, la búsqueda del bien mayor recuerda que las acciones individuales deben construir algo positivo y ético tanto para uno mismo como para quienes rodean. Al añadir a estos dos pilares la decisión de hacer la voluntad de Dios, el miedo al futuro se desvanece, pues surge la certeza de caminar sobre terreno firme y con trascendencia espiritual.
Este proceso de análisis profundo requiere, de manera inevitable, aprender a dejar de lado lo efímero. La sociedad de consumo bombardea constantemente con promesas de éxito rápido, placeres pasajeros y una validación superficial destinada a caducar pocos minutos después. Al basar las elecciones en lo temporal, el futuro termina construyéndose sobre arena movediza. Discernir con madurez implica tener la valentía de renunciar a aquello que brilla hoy, pero se desvanece mañana. En su lugar, conviene elegir aquello que realmente alimenta el alma, fortalece el carácter, respeta los valores esenciales y perdura a lo largo del tiempo.
Asimismo, este ejercicio otorga la lucidez necesaria para identificar con precisión la etapa de la vida que se está transitando. Todo tiene su tiempo y su hora bajo el sol, el tiempo de nacer y el de morir, el de llorar y el de reír. No es posible actuar en el invierno de la vida utilizando las mismas herramientas de la primavera. Al comprender el contexto actual y aceptar la circunstancia presente, las dificultades temporales dejan de ser motivo de lamento. En su lugar, surge una pregunta esencial, ¿qué puede hacerse hoy para aprovechar al máximo esta experiencia y extraer de ella una lección valiosa? Toda circunstancia, por oscura o compleja que parezca, contiene la materia prima necesaria para la propia evolución personal.
Al final, decidir con calma, fe y desapego de lo superficial permite habitar con plenitud el momento presente. No siempre existe el poder de elegir las circunstancias externas, pero siempre permanece la libertad de decidir cómo responder ante ellas. Al buscar el bien mayor en cada elección, cada decisión se convierte en una semilla noble que, a su debido tiempo y bajo el cuidado del orden divino, dará los frutos necesarios para transformar la vida y conducirla hacia aquello que verdaderamente importa, es decir, hacer la voluntad de Dios.
Abstract
Discernment requires taking the time to pause, calmly analyze each decision, and avoid acting on impulse, fear, or anxiety. Faith and the pursuit of the greater good allow us to make choices that go beyond immediate benefits, guided by enduring values and God’s will. It is also necessary to acknowledge the current stage of life, accept its circumstances, and find in every experience an opportunity for learning and growth. Although it is not always possible to control external circumstances, we retain the freedom to choose how to respond and to direct each decision toward a transcendent purpose.
