DE PRIMERA MANO
Por Omar Zúñiga
Ante tal atrocidad, el país enteró se
recetó una carta abierta a Donald Trump escrita con la prosa encendida
que heredó de su padre: llamó a los funcionarios del Departamento de Estado
“jefes de pandillas” y calificó la medida de “canallada” con tintes
“hitlerianos”.
Sobra decir que nadie recuerda haber
visto tanto dramatismo cuando se trató de explicar el origen de una casa, un
negocio o un contrato, ¡ni de los chocolates!
Pero no hay que perder de vista lo
esencial: ni el subsecretario Christopher Landau, autoproclamado
“Quitavisas”, ni el secretario de Estado Marco Rubio deben explicaciones
a nadie.
Rubio lo dijo con la frialdad de quien
no necesita levantar la voz: una visa no es un derecho, es una decisión
soberana de otro país; Landau, por su parte, contestó al hijo del expresidente
con una ironía que dolió más que cualquier comunicado; dijo en su cuenta de X “¿Estás
disfrutando el show?, rellena tus palomitas. Amarás la siguiente parte”.
Ese desprecio no es casualidad; es la
lectura que Washington ha hecho, desde hace meses, de la actual política
mexicana como un teatro de familias que se reparten el poder y exigen, además,
que se les trate con reverencia.
El narco detrás, la espada de Damocles
al acecho..
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De eso se trata realmente esta historia:
de un clan que construyó su relato político sobre la “austeridad republicana” y
el sacrificio del “pueblo bueno”, mientras sus hijos se trasladaban en vuelos
privados, hacían negocios con amigos de conveniencia y aspiraban a curules sin
más mérito que el apellido.
El propio expresidente, Andrés Manuel
López Obrador, gobernó seis años exigiendo pobreza franciscana a los demás
y construyendo, desde La Chingada, una corte familiar que hoy reclama impunidad
como si fuera derecho de nacimiento.
El Nerón de Macuspana no incendió
Tabasco, pero sí incendió las instituciones que debían vigilar a su propia
familia, y ahora su hijo se sorprende de que otro gobierno —extranjero, además—
le pida cuentas que el suyo nunca le exigió.
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Para documentar el optimismo, las
preguntas incómodas no vinieron de Washington: llevan meses circulando en
México. ¿De dónde salió el patrimonio de un exsecretario de Organización de
Morena que aspira a una diputación por Tabasco? ¿Qué relación guarda con el
huachicol fiscal que ha golpeado a media administración portuaria del país?
¿Por qué figuran su nombre y el de su círculo cercano en señalamientos de
tráfico de influencias que ningún fiscal mexicano se ha atrevido a investigar?
Andy exige a Trump que le explique por qué le quitaron la visa; el país entero
sigue esperando que él explique por qué merecía conservarla.
Y aquí es donde Morena, como partido,
comete un error que le costará y caro: en lugar de exigir a su propio militante
que responda con documentos y no con cartas, cerró filas como clan de la mafia.
La presidenta Claudia Sheinbaum
calificó la medida de injerencia política; el Comité Ejecutivo Nacional de
Morena emitió un comunicado hablando de soberanía nacional y de “tutelajes”
extranjeros; Fernández Noroña ofreció, cómo no, “toda su solidaridad”.
Misma maquinaria retórica que convocó,
el mismo fin de semana, a 202 asambleas informativas para “combatir la
desinformación de la derecha” y “fortalecer la revolución de las conciencias”.
La soberanía nacional, sin embargo, no
se defiende protegiendo a un solo apellido; se defiende exigiéndole que rinda
cuentas ante instituciones mexicanas, no ante Trump ni ante nadie.
La oposición, previsiblemente, se lanzó
con el mismo oportunismo con el que Morena se victimiza: el PRI lo llamó
“narcojunior”, la senadora panista Lilly Téllez lo acusó de ser
“huachicolero, cabecilla del narcopacto”, y el PAN pidió a la Fiscalía General
de la República y a la Unidad de Inteligencia Financiera que lo investiguen.
Puede haber más golpeteo que rigor en
esas frases, pero el hecho de que un exdirigente nacional de Morena tenga que
responder públicamente sobre huachicol y contratos, y no lo haga, dice más de
la debilidad de su defensa que cualquier adjetivo que le endilgue Alito
Moreno.
*****
Al final, la carta de Andy revela lo que
siempre ha sido esta familia: una dinastía que confundió gobernar con heredar,
y que ahora descubre que ni el poder ni el apellido compran inmunidad fuera de
las fronteras que controlaron durante seis años.
Que Trump conteste o no es lo de menos;
la pregunta que Veracruz y México deberían hacerle a Andy —y que Morena debería
exigirle antes que la Casa Blanca— no es si Rubio y Landau actuaron con motivos
políticos.
Es de dónde salió todo lo que hoy
defiende con tanta furia.
¡Qué barbaridad!
deprimera.mano2020@gmail.com
