IMPRONTA
Carlos Miguel Acosta Bravo
La
reapertura del Estrecho de Ormuz ha evitado, por ahora, una crisis energética
de gran escala. Sin embargo, sería un error interpretar este hecho como el
inicio de una etapa de estabilidad. El mercado energético global no está en
emergencia, pero tampoco en equilibrio. Se encuentra, más bien, en una zona
incómoda, tenso, volátil y profundamente condicionado por factores
estructurales que no desaparecerán en el corto plazo.
El
problema de fondo es claro. La energía —particularmente el petróleo y el gas—
sigue atrapada entre dos fuerzas contradictorias. Por un lado, persiste una
alta demanda global impulsada por economías como China e India. Por el otro, la
oferta enfrenta restricciones derivadas de tensiones geopolíticas, recortes de
producción por parte de la OPEP+, conflictos como la guerra en Ucrania y años
de baja inversión en exploración. A esto se suma la transición energética, que
ha reducido el apetito por invertir en combustibles fósiles sin que las
energías limpias puedan todavía sustituirlos plenamente.
El
resultado es un mercado que ha incorporado lo que podría llamarse un “riesgo
geopolítico permanente”. Aunque el flujo de petróleo por Ormuz se haya
restablecido, el simple antecedente de su interrupción basta para mantener una
prima de incertidumbre en los precios.
En
este contexto, el escenario del petróleo es relativamente claro. En el corto
plazo, los precios seguirán siendo volátiles y altamente sensibles a cualquier
noticia internacional. En el mediano plazo, es probable que se mantengan en
niveles elevados, sostenidos por una demanda robusta. Y en el largo plazo,
aunque la transición energética podría ejercer presión a la baja, lo hará de forma
lenta e insuficiente para provocar una caída drástica.
Esto
tiene implicaciones directas y profundas en la economía real, particularmente
en los combustibles. La gasolina y, sobre todo, el diésel no solo son insumos
energéticos, son la columna vertebral del sistema productivo. El impacto es
especialmente severo en el sector agrícola. El diésel mueve la maquinaria, el
transporte encarece la distribución de alimentos y el gas natural —base de los
fertilizantes— determina los costos de producción.
La
cadena es sencilla pero contundente, sube el petróleo, sube el diésel. Sube el
diésel, suben los costos agrícolas; suben los costos, suben los alimentos; y
con ello, la inflación. No se trata de una inflación impulsada por el consumo,
sino por los costos estructurales de producir y transportar bienes básicos.
Los
efectos de esta dinámica varían según el país, pero ninguno queda exento. En
Estados Unidos, el precio de la gasolina influye directamente en la inflación y
condiciona la política monetaria. En Europa, países como España e Irlanda
enfrentan una alta dependencia energética externa que presiona tanto a hogares
como a industrias. En México, aunque los subsidios amortiguan parcialmente el
impacto en los combustibles, estos generan presión sobre las finanzas públicas
y no logran contener el aumento en los costos logísticos y agrícolas.
A
esto se suma un actor menos visible, pero igualmente determinante, el gas
natural. Tras la reconfiguración del mercado energético europeo, el gas se ha
vuelto más escaso y costoso a nivel global. Y dado que los fertilizantes
nitrogenados dependen directamente de este insumo, su encarecimiento golpea la
rentabilidad agrícola y, eventualmente, la disponibilidad de alimentos.
La
consecuencia es una inflación persistente y globalizada. La energía está
presente en cada etapa de la economía: transporte, industria, agricultura y
generación eléctrica. Por ello, cuando su precio sube, lo hace todo lo demás.
Frente
a este panorama, los escenarios posibles son tres. El optimista depende de una
estabilidad sostenida en Medio Oriente y de la ausencia de nuevos conflictos
bélicos, lo que permitiría una moderación gradual de los precios. El escenario
base —el más probable— anticipa tensiones intermitentes, precios relativamente
altos y una inflación que disminuye lentamente, pero sin desaparecer. El
escenario negativo, en cambio, contempla una nueva crisis geopolítica, un
repunte del petróleo por encima de los 100 dólares y una nueva ola
inflacionaria global. Habrá que esperar cuál es el destino del anunciado nuevo
impuesto de 2mdd que Irán anunció cobraría todos los buques petroleros que
circulen por el estrecho de Ormuz.
La
lección es clara. La reapertura del Estrecho de Ormuz ha evitado una crisis
inmediata, pero no ha resuelto el problema de fondo. La energía seguirá siendo
cara, volátil y un factor determinante en la inflación mundial.
Y,
en última instancia, el sector más vulnerable seguirá siendo el agrícola.
Porque detrás de cada litro de combustible caro y de cada tonelada de
fertilizante encarecido, hay algo más tangible, alimentos más costosos en la
mesa de millones de personas. Esa es la verdadera dimensión de la crisis
energética actual, no solo afecta mercados, sino la vida cotidiana.
Mañana
la segunda parte que la dedicaremos a
inflación en México!!
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cacostabravo@yahoo.com.mx
Maestro en
Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Formó parte del cuerpo académico en comunicación en la
Ibero y en la Universidad Anáhuac, campus norte CDMX.
