Ruan Ángel Badillo Lagos
¡Hermosa la pluma del mensajero que trae
buenas nuevas!
El
credo, o profesión de fe, constituye la síntesis de la fe cristiana. La iglesia
católica lo utiliza para expresar qué se cree, cómo se cree y a quién se adora.
Se fundamenta en el Credo de los Apóstoles y el Credo niceno-constantinopolitano.
Ambos revelan a un Dios único en tres personas, es decir, Padre, Hijo y
Espíritu Santo. También subrayan la comunión eclesial y la fidelidad a la
enseñanza apostólica.
La fe
en el Dios Uno y Trino constituye el misterio central, pues Dios es uno en
esencia y tres personas distintas, o sea, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta
realidad no implica división, sino comunión de una sola naturaleza divina. El
Padre es fuente de toda paternidad y misericordia; además, Dios actúa como
Padre por creación y adopción en Cristo. El Hijo, Jesucristo, Verbo encarnado,
es Dios hecho hombre para revelar y realizar la salvación de la humanidad; su
vida, muerte y resurrección abren la vida eterna a quienes creen en Él. El
Espíritu Santo, dador de vida, guía a la Iglesia, santifica, fortalece la fe y
une a los creyentes en la comunión eclesial. La fe trinitaria estructura la
oración, la liturgia y la vida moral cristiana, y revela a Dios como relación
amorosa, llamada dirigida a la humanidad hacia esa apertura trascendente.
María
es una creatura, no una diosa; conviene reconocerla como madre de Jesús y, por
extensión, madre de quienes creen. Su papel resulta singular en la encarnación
y en la salvación. No es Dios ni objeto de adoración; recibe, en cambio, devoción
profunda. La adoración pertenece exclusivamente a Dios. María permanece cual
modelo de fe y obediencia. Su sí a la voluntad divina manifiesta apertura a la
acción salvadora de Dios en la vida de cada creyente. Por ello, la devoción a
María conduce a una mayor imitación de Cristo y refuerza la centralidad de Dios
en la vida de fe, sin desplazar la adoración debida al Creador.
La
Santa Iglesia constituye una familia de fe, cuerpo de Cristo, cuyos miembros
participan de su vida. La confesión de fe sitúa a la Iglesia como comunidad creyente
en Dios Uno y Trino, bautizada y unida por la Palabra y la Eucaristía. La enseñanza
apostólica se conserva y se interpreta a través de la jerarquía —obispos,
sacerdotes— y la Sagrada Tradición, en comunión con el Magisterio. Los
sacramentos, especialmente la Eucaristía, fortalecen la fe y la unidad con Dios
y con la comunidad, y forman misioneros y testigos. Esta fe se expresa en la
evangelización, la caridad y la búsqueda de justicia, siempre en comunión con
la Iglesia. La Trinidad inspira una vida de oración dirigida al Padre, por
medio del Hijo y guiada por el Espíritu Santo; por ello, creer en Dios Uno y
Trino resulta fundamental, pues impulsa hacia la verdad, la bondad y la
justicia, siguiendo a Cristo, con la intercesión y el ejemplo de María.
