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martes, 14 de abril de 2026

Cuando la guerra se cobra en la tortillería

 

Por Miguel Ángel Cristiani G. 

La guerra en Medio Oriente no se ve en las calles de Xalapa, pero ya se siente en la panadería, en la carnicería y, sobre todo, en la tortillería: ahí se libra, peso a peso, la verdadera “geopolítica” del mexicano de a pie.

 

En marzo, el INEGI confirmó lo que millones de familias ya sabían desde la alacena cada vez más vacía: la canasta alimentaria subió 8.1 por ciento en zonas urbanas y 7.9 por ciento en las rurales. Dicho en términos más claros: los alimentos están encareciéndose casi al doble del ritmo de la inflación general.

 

Mientras los discursos oficiales hablan de “estabilidad”, la realidad es otra. Hoy una persona en una ciudad necesita alrededor de 2 mil 571 pesos mensuales solo para alimentarse, y cerca de 4 mil 940 pesos si se agregan transporte, vivienda, salud y otros gastos básicos. En el medio rural la cifra baja, pero la angustia es la misma: 1 mil 940 pesos para comer y 3 mil 553 para sobrevivir.

 

No son números fríos de una tabla estadística. Son la línea delgada que separa a millones de mexicanos entre comer tres veces al día o empezar a saltarse una comida.

 

No es casual que el jitomate —ese ingrediente humilde que vive en el pico de gallo, en el caldo, en el huevo con salsa y hasta en el bolillo con frijoles— se haya disparado más de 120 por ciento en apenas un año. Que un solo producto pueda empujar hacia arriba el costo de toda la alimentación revela algo más profundo: la fragilidad estructural de nuestro sistema agroalimentario.

 

Dependemos de pocos cultivos, de pocos insumos… y de decisiones tomadas a miles de kilómetros de nuestras milpas.

 

Mientras tanto, en los foros internacionales, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Programa Mundial de Alimentos advierten que el encarecimiento del petróleo, el gas y los fertilizantes —consecuencia directa de los conflictos geopolíticos— está presionando al alza los precios de los alimentos a nivel global.

 

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura reporta ya varios meses de incremento en su índice de precios, impulsado por el alza del trigo, los aceites vegetales y el azúcar, todos impactados por el costo de la energía y los fertilizantes.

 

No se trata de una percepción ni de una alarma mediática.

 

Es una tendencia global.

 

Y las tendencias globales, tarde o temprano, aterrizan en la mesa de la cocina mexicana.

 

México no está en la guerra, pero se comporta como si estuviera sentado en la primera fila de los daños colaterales. Más del 70 por ciento de los fertilizantes que utiliza el campo mexicano son importados. En los primeros meses de 2026, las compras al exterior crecieron más de 30 por ciento en un mercado internacional ya tensionado por conflictos y especulación.

 

Eso significa una cosa muy sencilla: producimos alimentos con insumos que no controlamos.

 

Cuando el precio de la urea, el fosfato diamónico o el fosfato monoamónico sube entre 40 y 50 por ciento en poco más de un año, el golpe no se queda en los laboratorios de química agrícola: termina reflejándose en el costo de sembrar maíz, frijol o trigo.

 

Y cuando producir una hectárea de maíz cuesta miles de pesos más que antes, el productor enfrenta un dilema brutal: subir el precio, dejar de sembrar o migrar.

 

En cualquiera de los tres casos, la factura llega a la mesa del consumidor.

 

Por eso la cadena maíz–tortilla es el verdadero sismógrafo social del país.

 

Cuando la tortilla sube, el malestar se siente inmediatamente.

 

En varias regiones del país el kilo ya aumentó entre uno y dos pesos en lo que va del año, y los industriales advierten que podrían venir incrementos adicionales si el gas, la harina y los insumos continúan presionados.

 

Para muchos funcionarios hablar de “dos pesos más” parece irrelevante.

 

Pero para una familia que compra dos o tres kilos diarios, esos dos pesos representan la diferencia entre completar la semana o empezar a comprar fiado.

 

El problema es que el gobierno parece más ocupado en administrar el discurso que en resolver el fondo del asunto.

 

Se multiplican los programas asistenciales, los subsidios de emergencia y las transferencias directas que ayudan a paliar el día, pero no corrigen la raíz estructural del problema: un campo abandonado, una política de fertilizantes reactiva y una dependencia externa que se tolera porque resulta políticamente más rentable repartir apoyos que construir soberanía alimentaria.

 

Es cierto: México aún no enfrenta una crisis alimentaria abierta. Los inventarios internacionales de cereales se mantienen relativamente estables y parte de las alzas responde a factores estacionales.

 

Pero minimizar el problema con ese argumento es como decirle a un paciente con hipertensión que todavía no sufre un infarto.

 

Las crisis alimentarias no empiezan de golpe.

 

Empiezan lentamente… en el precio del jitomate, en el costo del fertilizante, en el peso que sube el kilo de tortilla.

 

Los datos del INEGI no son un escándalo mediático: son una señal de alerta temprana.

 

Ignorarlos sería un acto de irresponsabilidad política.

 

Porque la historia económica demuestra algo muy simple: cuando la comida se vuelve cara, la estabilidad social comienza a volverse frágil.

 

Y al final del día, la geopolítica no se mide en mapas ni en tratados diplomáticos, sino en algo mucho más sencillo y brutal: lo que una familia puede —o ya no puede— poner sobre la mesa.

 

**Porque cuando el precio de la tortilla se convierte en asunto de guerra internacional, lo que realmente está en conflicto no es el mercado… sino la dignidad alimentaria de un país.**