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domingo, 5 de abril de 2026

Cristo, único Señor de la vida y la muerte


Ruan Ángel Badillo Lagos

¡Hermosa la pluma del mensajero que trae buenas nuevas!

La resurrección de Jesús no es solo un dato histórico; es la primicia de los que duermen, fundamento de la esperanza en el último día y, aun antes de ese momento, invita a habitar la vida desde una certeza nueva. Si creemos en Él, aunque se haya muerto, se vivirá. Esta afirmación se presenta como invitación a participar, desde ahora, en el misterio de la vida nacida cuando el pecado queda vencido.

El misterio pascual brilla en esta noche como el día, a fin de preparar el encuentro en la sagrada cena con el Cordero de Dios, quien carga y quita el pecado del mundo. Cristo, victima pascual, ha sido inmolado. La pascua se vive en comunidad y de forma personal. ¿Cómo es posible? Al morir al pecado y resucitar a una vida nueva.

La resurrección, glorificación del Hijo por el Padre mediante la acción del Espíritu, manifiesta el sello de Dios sobre la obra iniciada en la encarnación, continuada en lacruz y consumada en la resurrección. Cristo, cabeza y salvador, jueces y Señor de vivos y muertos, retorna al Padre; desde ahí concede a la humanidad el Espíritu prometido, revelación plena del sentido de la vida terrena. Esta manifestación continúa en la Iglesia, testimonio y medio de salvación. Así, por su poder divino, surge un pueblo nuevo, es decir, los bautizados.

En efecto, se es testigo porque se ha pasado de la muerte a la vida. Esta declaración, lejos de reducirse a exhortación moral, constituye una invitación radical a reconocer el inicio de la vida plena en el encuentro con Cristo, capaz de iluminar cada rincón del ser. Por eso hoy resuena una voz directa y confrontadora: despierta, tú que duermes. Levántate y abandona la mazmorra, porque la luz de Cristo desea iluminar. No basta proclamar la fe; conviene vivirla de modo que cada día se transforme en oportunidad de renacer. Ser cristiano implica participar en la pascua de forma explícita y cotidiana, vida nueva abierta a la esperanza, al amor y a la verdad que salva. En esa presencia, cada gesto, cada palabra y cada silencio adquieren sentido más profundo, es decir, ser, con humildad y servicio, testigos de la resurrección en un mundo que a veces parece haber olvidado la promesa de la vida.

¡No se permita la parálisis!

He aquí la invitación a la misión, llevar el anuncio de la buena nueva de que Jesús ha resucitado y, con su fuerza, participar en esa vida nueva; de este modo, es posible dar vida a un mundo renovado, de paz y unidad, desde cada ámbito ya sea familiar, vecinal, laboral y todo lugar de paso. Hoy se requieren personas decididas y valientes, quienes no avergüencen de la fe en Jesucristo, testigos files de su resurrección. ¡Cristo ha resucitado! ¡Felices Pascuas!