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domingo, 4 de octubre de 2026

Los tres altares de la memoria: de la nostalgia literaria a la presencia real

Ruan


Angel Badillo Lagos

¡Hermosa la pluma del mensajero que trae buenas nuevas!

 La memoria suele entenderse como un simple archivo del cerebro, destinada a conservar los datos de la vida cotidiana. Sin embargo, al contemplarla desde el arte, la mística y la fe, aparece bajo una luz mucho más profunda. La memoria no solo conserva lo vivido, también participa en la manera en que una persona interpreta su historia, se relaciona con el pasado y se abre a la trascendencia; hagamos un recorrido ascendente por tres dimensiones de la memoria. Primero, el filtro humano descrito por la literatura de Gabriel García Márquez; después, la purificación espiritual planteada por San Juan de la Cruz; finalmente, el misterio del Memorial de la Santa Eucaristía.

Gabriel García Márquez comprendió como pocos la profunda relación entre memoria, identidad y relato. Para el Nobel colombiano, la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. No solamente importa lo sucedido, sino también la manera en que cada persona reconstruye lo vivido.

García Márquez tiene razón al describir cómo el corazón filtra la memoria para sanar la vida física, no obstante, San Juan de la Cruz eleva esta facultad a una dimensión espiritual. Esta acumulación de recuerdos —incluso los aparentemente buenos— puede convertirse en un obstáculo para la unión divina. Si la memoria está saturada de imágenes, apegos y ataduras del pasado, no queda espacio libre para Dios. Es aquí donde San Juan de la Cruz introduce la purificación de la memoria a través de la noche oscura.

Mediante un vaciamiento activo y pasivo, el alma debe despojarse de toda dependencia de los recuerdos y de las formas sensibles. En el silencio interior, la memoria se aquieta, olvida sus propias criaturas y queda libre de amarras. Al vaciar la memoria de contenidos limitados y caducos, Dios la transforma por completo y la llena de una luz nueva y de un amor transformante. La memoria ya no añorar el pasado, sino que es purificada para quedar suspendida en la virtud teologal de la esperanza.

El recorrido alcanza su punto culminante al pasar de la memoria como facultad humana a la memoria entendida, desde la fe cristiana, como memorial. En la Última Cena, Jesucristo pronuncia las palabras que transforman para siempre este concepto: "hagan esto en memoria mía".

Aquí la memoria deja de ser únicamente una facultad humana destinada a traer el pasado al presente. En la tradición cristiana, el memorial posee un sentido mucho más profundo, pues no se limita a recordar intelectualmente un acontecimiento, sino que hace presente sacramentalmente la realidad celebrada.

Por ello, la fe católica, el memorial de la Santa Eucaristía no es un simple recordatorio ni una representación simbólica de un acontecimiento pasado. Es una realidad sacramental viva y sustancial.

Aquí se encuentra la diferencia decisiva entre recordar y hacer memoria en sentido sacramental. La memoria humana mira hacia un acontecimiento que ya sucedió; el memorial litúrgico hace presente sacramentalmente el acontecimiento salvífico. No se trata de evocar a un ausente, sino de entrar en comunión con Cristo, realmente presente en la Eucaristía.

El ser humano es olvidadizo por naturaleza. Puede olvidar su dignidad, sus promesas e incluso el amor de Dios. Por eso la Eucaristía constituye, para la fe cristiana, una memoria viva de la entrega de Cristo y de la alianza establecida con Dios.

La Eucaristía se convierte así en el punto culminante de este recorrido. La memoria humana puede reinterpretar el pasado; la memoria espiritual puede ser purificada de sus apegos; pero el memorial eucarístico conduce más allá de ambas dimensiones. En él, la memoria se abre a la eternidad y permite recibir sacramentalmente a Aquel que entregó su vida por la salvación del mundo.