Ruan
Angel Badillo Lagos
¡Hermosa
la pluma del mensajero que trae buenas nuevas!
Gabriel García
Márquez comprendió como pocos la profunda relación entre memoria, identidad y
relato. Para el Nobel colombiano, la vida no es la que uno vivió, sino la que
uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. No solamente importa lo
sucedido, sino también la manera en que cada persona reconstruye lo vivido.
García
Márquez tiene razón al describir cómo el corazón filtra la memoria para sanar
la vida física, no obstante, San Juan de la Cruz eleva esta facultad a una
dimensión espiritual. Esta acumulación de recuerdos —incluso los aparentemente
buenos— puede convertirse en un obstáculo para la unión divina. Si la memoria
está saturada de imágenes, apegos y ataduras del pasado, no queda espacio libre
para Dios. Es aquí donde San Juan de la Cruz introduce la purificación de la
memoria a través de la noche oscura.
Mediante
un vaciamiento activo y pasivo, el alma debe despojarse de toda dependencia de
los recuerdos y de las formas sensibles. En el silencio interior, la memoria se
aquieta, olvida sus propias criaturas y queda libre de amarras. Al vaciar la
memoria de contenidos limitados y caducos, Dios la transforma por completo y la
llena de una luz nueva y de un amor transformante. La memoria ya no añorar el
pasado, sino que es purificada para quedar suspendida en la virtud teologal de
la esperanza.
El recorrido
alcanza su punto culminante al pasar de la memoria como facultad humana a la
memoria entendida, desde la fe cristiana, como memorial. En la Última Cena,
Jesucristo pronuncia las palabras que transforman para siempre este concepto:
"hagan esto en memoria mía".
Aquí la
memoria deja de ser únicamente una facultad humana destinada a traer el pasado
al presente. En la tradición cristiana, el memorial posee un sentido mucho más
profundo, pues no se limita a recordar intelectualmente un acontecimiento, sino
que hace presente sacramentalmente la realidad celebrada.
Por ello,
la fe católica, el memorial de la Santa Eucaristía no es un simple recordatorio
ni una representación simbólica de un acontecimiento pasado. Es una realidad
sacramental viva y sustancial.
Aquí se
encuentra la diferencia decisiva entre recordar y hacer memoria en sentido
sacramental. La memoria humana mira hacia un acontecimiento que ya sucedió; el
memorial litúrgico hace presente sacramentalmente el acontecimiento salvífico.
No se trata de evocar a un ausente, sino de entrar en comunión con Cristo,
realmente presente en la Eucaristía.
El ser
humano es olvidadizo por naturaleza. Puede olvidar su dignidad, sus promesas e
incluso el amor de Dios. Por eso la Eucaristía constituye, para la fe
cristiana, una memoria viva de la entrega de Cristo y de la alianza establecida
con Dios.
La
Eucaristía se convierte así en el punto culminante de este recorrido. La
memoria humana puede reinterpretar el pasado; la memoria espiritual puede ser
purificada de sus apegos; pero el memorial eucarístico conduce más allá de
ambas dimensiones. En él, la memoria se abre a la eternidad y permite recibir
sacramentalmente a Aquel que entregó su vida por la salvación del mundo.
