Ruan Angel Badillo Lagos
¡Hermosa la pluma del mensajero que trae buenas nuevas!
Hoy se contempla el misterio sencillo y sublime que proclama la fe, todo fue hecho en el Verbo y por el Verbo. ¿Quién es el Verbo? El Verbo hecho carne es Jesús, Hijo de Dios. Antes de todo comienzo, el Verbo estaba con Dios y era Dios; por él empezaron a existir todas las cosas. Esta no es una frase solemne sin consecuencias, sino la clave que explica la belleza y la coherencia del universo.
Imaginemos un músico con su lira bien templada. Toma tonos graves, agudos e intermedios y, con sabiduría, los une en una melodía que eleva el espíritu. Así obra la Sabiduría de Dios, tiene en sus manos el universo entero como una lira; enlaza cielo, atmósfera y tierra; asocia lo visible y lo invisible; gobierna todo con su voluntad amorosa. Mientras pone en movimiento las criaturas, el Verbo permanece inmutable junto al Padre, eterno y cercano, trascendente y, a la vez, íntimo a cada ser.
Nada escapa a su compás. Todo vive, se sostiene y alcanza su plenitud por don suyo. Cuando cada criatura obra según su naturaleza —cuando el río corre, el astro gira, la semilla germina y el corazón humano ama la verdad y el bien— el universo entero canta. De la diversidad surge una sola armonía, una armonía verdaderamente divina.
Para comprenderlo mejor, puede pensarse en un gran coro. Niños, jóvenes, mujeres y hombres, cada uno aporta su timbre, su rango, su límite y su don. Bajo la batuta de un director nadie lo canta todo, pero todos cantan algo y lo hacen bien. Así resplandece la unidad, no anulando la diferencia, sino ordenándola. También puede observarse el propio cuerpo. Ante un mismo estímulo los sentidos despiertan a la vez; el ojo ve, el oído oye, la mano toca, el olfato huele, el gusto saborea y hasta los pies se ponen en camino. Una sola alma armoniza tantas acciones diversas. Pues bien, lo que el alma es al cuerpo, el Verbo lo es a la creación entera.
Esta verdad nos invita a tres actitudes:
1. Adoración. Reconocer que el ser humano no es el centro, sino parte de una sinfonía mayor. Al doblarse la rodilla ante el Verbo todo encuentra su tono justo.
2. Obediencia creadora. Si cada ser alcanza su plenitud al actuar según su naturaleza, también la persona florece al vivir la verdad de la vocación. La libertad no es ruido sino afinación; no es capricho, es consonancia con el Director.
3. Caridad ordenada. En la Iglesia y en la sociedad la paz no nace de uniformar, sino de concertar. Respetar la diferencia, buscar el bien común y poner los dones al servicio de todos. Así, la vida cotidiana se convierte en música.
El Verbo no solamente dio inicio a la obra; la sostiene ahora y la conduce a su cumplimiento. Si se acoge su mandato único —amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo— la existencia, con sus notas graves del dolor y sus agudos de alegría, compondrá una melodía digna del Autor.
Quede, entonces, esta súplica: Verbo eterno del Padre, afina el corazón, ordena en tu paz, enseña a cantar la propia parte con humildad y ardor. Que en ti, por ti y para ti, toda la vida suene en armonía.
