Las noticias de Veracruz en Internet


viernes, 2 de enero de 2026

La boya que encalló en Coatzacoalcos… y lo que realmente nos está diciendo


Por Miguel Ángel Cristiani 

Hay imágenes que dicen más de lo que aparentan. Una boya metálica, enorme, oxidada por el salitre y golpeada por el oleaje, amaneció en la playa de Coatzacoalcos el primer día de 2026. Mientras turistas y curiosos corrían a fotografiarse con el “hallazgo”, a mí me pareció que esa estructura varada era algo más que un objeto arrastrado por los vientos del Norte: era un símbolo. Un recordatorio incómodo de lo que estamos dejando a la deriva en Veracruz: la previsión, la responsabilidad ambiental, la gestión pública del riesgo y, sobre todo, la conciencia de que el clima ya no es una anécdota meteorológica, sino un desafío que exige gobiernos serios y ciudadanos informados.


El hecho es simple: una boya de aproximadamente cuatro metros de altura y dos de ancho fue empujada a la arena por los fuertes vientos y marejadas que azotaron la región en los últimos días de 2025. Nadie sabe —o nadie ha informado con claridad— de dónde proviene, quién es responsable de ella y bajo qué protocolos se actuará. Mientras tanto, se convirtió en atractivo turístico improvisado. Y aunque el humor y la curiosidad popular siempre han sido rasgos amables de nuestra sociedad, aquí conviene preguntarnos: ¿por qué normalizamos lo anormal? ¿Por qué convertimos en postal lo que debería ser tema de análisis público?


No es la primera vez. Hace apenas unos meses, una estructura completa perteneciente a un restaurante de Tuxpan se desprendió durante un temporal, viajó por el río, salió al Golfo de México y terminó… adivine dónde: en Coatzacoalcos. Otra vez fue motivo de fotos, risas, asombro y anécdota. Otra vez se habló más de la “rareza” que de las razones profundas que lo hicieron posible: infraestructura vulnerable, fenómenos climáticos cada vez más extremos, falta de control, prevención relajada, autoridades que reaccionan pero rara vez prevén.


Porque aquí está el punto central: esto no es casualidad, ni “magia” de las corrientes marinas, ni capricho poético del destino que, según la mitología prehispánica, hizo partir a Quetzalcóatl desde estas tierras. Esto es consecuencia. Consecuencia de un clima que ha cambiado, que se intensifica, que ya no respeta temporadas predecibles. Consecuencia de costas impactadas, de políticas ambientales que se discuten más en discursos que en acciones, y de una cultura pública que se acostumbra peligrosamente a vivir reaccionando.


Coatzacoalcos no puede seguir siendo la sala de espera de lo que el mar devuelve. No basta con recoger, desmontar, retirar y mandar de regreso los objetos perdidos. El fenómeno obliga a algo más profundo: evaluación de riesgos, protocolos claros, coordinación institucional, planeación urbana responsable, supervisión de infraestructura costera privada y pública, educación comunitaria sobre fenómenos naturales. Y, sobre todo, información transparente. Porque cuando la gente no sabe, llena los huecos con ironías, mitos o indiferencia.


Vivimos en una época en la que hablar de “cambio climático” ya no es discurso académico ni preocupación de ambientalistas. Lo vemos en los frentes fríos más intensos, en lluvias irregulares, en huracanes más agresivos, en costas erosionadas, en comunidades vulnerables. Veracruz, con su vasta franja costera, está en primera línea. Y un estado en primera línea necesita gobiernos que piensen en primera línea: con políticas públicas reales, con recursos bien aplicados, con prevención como política permanente, no como discurso de emergencia.

Por supuesto, siempre habrá quienes digan: “No pasó nada, solo es una boya”. Esa es la comodidad discursiva de la negación. Pero negar la señal no borra el mensaje. Hoy es una estructura metálica inofensiva; mañana puede ser basura marina tóxica, un contenedor con sustancias peligrosas, restos de infraestructura dañada que afecten a la población o al ecosistema. Y cuando eso suceda —porque la lógica indica que el riesgo existe— será demasiado tarde para decir que nadie lo advirtió.

Este episodio debería servir, entonces, para algo más que para llenar álbumes fotográficos. Debería invitar a las autoridades a actuar con visión y responsabilidad; a los especialistas, a participar más activamente en el debate público; y a la ciudadanía, a comprender que proteger el entorno no es moda, es supervivencia civilizada. Porque cuidar nuestras playas no es solo limpiarlas después de las vacaciones: es exigir políticas que prevengan, estructuras que resistan y gobiernos que respondan antes, no después.

Coatzacoalcos siempre ha sido un puerto con historia, con simbolismo, con identidad. No merece convertirse en el basurero accidental del Golfo de México ni en escenario ocasional de espectáculos fortuitos arrastrados por el viento. Merece respeto, planeación y futuro. Y ese futuro —si queremos que exista— empieza aceptando que el mar nos está hablando. La pregunta es si tendremos la madurez cívica para escucharlo… o si seguiremos conformándonos con sonreír frente a la cámara mientras la realidad, silenciosa y contundente, encalla a nuestros pies.